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La experiencia de Dios PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Viernes, 22 de Octubre de 2010 15:07

Sacerdotes y pastores, hombres de fe, sinceros y buenos, han procurado demostrarme que las religiones no están en crisis. Sostuvieron que la crisis es del hombre y no de las instituciones religiosas. Las religiones continúan vivas y actuantes en el corazón de los creyentes -dijeron-, pero los hombres mundanos que se entregan a la locura del siglo, conturban el paisaje terreno.

Es necesario que los hombres busquen a Dios, que tengan la experiencia de Dios. Y esa experiencia sólo es posible cuando el hombre se desliga del mundo para unirse a Dios, por medio de la oración y de la meditación. Hablaron de millares de personas que, en el torbellino de la vida contemporánea, procuran todos los días y a determinadas horas, el refugio de los templos o de un cuarto solitario para intentar un encuentro personal con Dios. Muchas de esas personas ya han conseguido la audiencia secreta con el Todopoderoso. Son seres felices, iluminados por la gracia divina, que sustentan con su fe inquebrantable la continuidad de las religiones y garantizan su expansión.

Es bueno que existan personas así, dedicadas vestales que cuidan del fuego sagrado. Son los últimos baluartes del formalismo religioso, flores de invernadero cultivadas en la penumbra de las naves sagradas. Cuidan de la fe como jardineros especializados que cultivan una especie vegetal extremadamente delicada. Creen que sus canteros floridos darán simientes para siembras ilimitadas por toda la superficie de la Tierra. No perciben esas almas elegidas que se cultivan exclusivamente ellas mismas, mientras ocultan con la apariencia piadosa sus conflictos profundos, con lo cual no hacen más que huir de la realidad escaldante de la vida. No esconden la cabeza en la arena, pues se hallan sumergidas de cuerpo entero en el sueño egoísta de la salvación personal. Las prácticas místicas del pasado demostraron su ineficacia en sus consecuencias. Desde Oriente a Occidente infinidad de generaciones de creyentes desfilaron sin cesar, a través de los milenios, por los templos de todas las religiones, convencidas de haber alcanzado la salvación personal, mientras hordas feroces y ejércitos en guerras de exterminio brutal cubrían el mundo de ruinas, cadáveres inocentes, sangre y lagrimas.

Los que han oído a Dios en audiencia particular no se han negado a unirse con las armas para destruir a sus hermanos considerados réprobos e infieles. Santos obispos y padres, pastores calvinistas, creyentes populares, fidelísimos y humildes, no encendieron sus lámparas votivas para iluminar las noches tenebrosas. Prefirieron encender hogueras inquisitoriales y, cuando despuntaba el día, someter piadosamente a los herejes a la muerte redentora del vil garrote, replica religiosa de la guillotina profana. Recuerdo el episodio histórico de Jerónimo de Praga. Después de haber asistido, desde las rejas de su prisión, a la muerte de su maestro Juan Huss, quemado vivo en la plaza pública, él también fue glorificado con la gracia especial de una hoguera semejante. En el momento en que las llamas comenzaban a iluminar su extraña figura, caritativamente amarrada al palenque del suplicio, -para salvación de su alma rebelde, vio a una pobre ancianita acercarse a la hoguera con un leño, tirándolo al fuego. Era su contribución piadosa a la salvación del impío. Jerónimo exclamó apenas: “¡Santa simplicidad!” Poco después estaba reducido a cenizas, para gloria de Dios, y ellas fueron arrojadas ritualmente a las aguas del Rin.

Todas las formas de culto, todos los ritos, todos los sacramentos, todas las ceremonias religiosas, todos los cilicios fueron empleados a través de los milenios sombríos del fanatismo religioso para salvación de la humanidad. Resulta ahora que llegamos a una etapa de descreencia generalizada, de materialismo y ateísmo oficializados, de hipocresía pragmática erigida en sustentáculo de las religiones fracasadas. Dios hablaba directamente con su siervo Moisés en el desierto: Háblale Cara a Cara, ordenando matanzas colectivas, genocidios tenebrosos, destrucción total de los pueblos que impedían el acceso de los hebreos a la tierra de los cananeos, que sería tomada a filo de espada. Dios continúa hablando en particular a sus siervos en nuestros días para sustentación de las iglesias, mientras el diablo no pierde el tiempo, fascinando a millones de almas perdidas, induciéndolas a las prácticas del terrorismo, a la matanza de seres y criaturas inocentes, a violaciones y ataques en todos los lugares de la Tierra. La experiencia de Dios sustenta a los creyentes privilegiados y alienta a las iglesias salvacionistas. Y mientras no llega la salvación, católicos y protestantes se matan gloriosamente en las luchas fratricidas de Irlanda, en plena era de las más brillantes conquistas de la inteligencia humana. ¿Que extraña experiencia es esa que no revela sus frutos, que no prueba su eficacia? ¿Dios no estará, tal vez, demasiado viejo para no percibir la inutilidad de sus métodos de salvación personal en audiencias privadas? Y sus servidores, los clérigos investidos de autoridad divina para implantar en la Tierra el reino del cielo, ¿por qué no avisan al viejo monarca de la ineficacia milenariamente probada de su técnica extremadamente lenta? ¿No sería más positivo intentar la revisión de los conceptos religiosos que nos legaron la herencia de tantos fracasos y de tan espantosa expansión del materialismo y del ateísmo en el mundo? Todas las grandes religiones afirman la omnipresencia de Dios en el Universo.

No obstante, todas consideran al mundo -creado por Dios- como profano, es decir, como una región en que las tinieblas dominan y el diablo realiza una incesante caza de las almas de Dios. Es curioso recordar que en los tiempos mitológicos el mundo era considerado sagrado, la vida una bendición, los placeres naturales y las leyes de la procreación eran gracias concedidas por los dioses a los hombres. El monoteísmo judaico, desarrollado por el Cristianismo, impregnó al mundo con la omnipresencia de Dios y el mundo se transformó en profano. Si Dios está presente en un grano de arena, en una hoja de hierba, en un hilo de nuestro cabello y en una pluma de las alas de un pájaro, ¿cómo es que, a pesar de esa impregnación divina, el hombre se enfrenta con la impureza del mundo? ¿Por qué extraños motivos necesitamos de ritos especiales para purificar la inocencia de una criatura, si Dios está presente en su mirar puro y límpido, en su lloro, en la ternura de su carita aun no afectada por las señales de las pasiones terrenas? ¿Por qué precisa el cadáver de una recomendación con aspersión de agua bendita, si la resurrección de los muertos se produce, conforme señala el apóstol Pablo en la Primera Epístola a los Corintios y como Jesús ejemplificó con su propia muerte, en el cuerpo espiritual y no en el cuerpo material? Son esos y otros muchos problemas acumulados entre los errores milenarios de los teólogos que llevan al hombre contemporáneo a la descreencia y al materialismo, al ateísmo y al nihilismo. Son todos esos errores que colocan a las religiones en crisis y las llevan a la muerte sin resurrección. Sin embargo, si consideramos, a la luz de la razón, ese extraño panorama religioso de la Tierra a través de una perspectiva histórica, comprenderemos fácilmente que los errores de ayer, sustentados hasta hoy por las religiones, fueron útiles y necesarios en los tiempos de ignorancia en que los problemas espirituales no podían ser tratados a nivel racional. Hay justificativos validos de su existencia en el pasado religioso, pero no hay justificativos posibles para que perduren, contradictoria y absurdamente, en el presente.

La tesis, más que absurda, del Cristianismo ateo, con que los teólogos rebeldes procuran hoy remendar las ropas destrozadas de las iglesias, sólo viene a sumarse a la gran confusión que reina en este momento de agonía de las religiones envejecidas. El problema de la experiencia de Dios podría ser resuelto con un mínimo de reflexión. Si Dios está en nosotros, y por eso somos dioses en potencia, según la propia expresión evangélica, ¿por qué necesitamos de una búsqueda artificial de Dios para tener la experiencia de su realidad? Si fuimos creados por Dios y si Dios puso en nosotros su marca -como afirmó Descartes-, la idea de Dios en nosotros, que es innata, ¿no traemos ya, al nacer, la experiencia de Dios? Además, ¿si durante el desarrollo de la vida humana el hombre no hace otra cosa que cumplir un designio de Dios, asistido por los Ángeles guardianes, ¿Por qué tiene él que buscar a Dios por medio de una práctica artificial y egoísta, intentando salvarse el solo en un mundo en que la mayoría se pierde irremediablemente? Moisés suponía haber oído al propio Dios en el Sinai, más el apóstol Pablo explicó que Dios le había hablado a través de mensajeros, que son Ángeles. Las personas que buscan hoy la experiencia de Dios en audiencia privada ¿serán más dignas que Moisés? ¿No será que oyen la voz de un ángel, que tanto puede ser bueno como malo, pues las mismas iglesias admiten que los ángeles caídos andan sueltos por la Tierra procurando atraer hacia el infierno las almas de Dios? ¿Quién estará libre, en esa piadosa tarea de salvarse a si mismo, de ser tentado por el diablo, que tentó al mismo Jesús en sus meditaciones solitarias en el desierto? Las prácticas místicas del pasado no sirven para la era de la razón en que nos encontramos, en la antevíspera de la era del Espíritu. Orar y meditar es, evidentemente, un ejercicio religioso respetable y necesario en todos los tiempos.

La oración nos liga a los planos superiores del Espíritu y la meditación sobre cuestiones elevadas desarrolla nuestra capacidad de comprensión espiritual. Pero el dogma de la experiencia de Dios, a través de un pretencioso coloquio directo y personal con la Divinidad, es una proposición egoísta y vanidosa. Si Dios es lo absoluto y nosotros somos relativos, ¿la humildad no nos aconseja tener mas cautela en lo concerniente a nuestras relaciones personales con la Divinidad? Son muchos los casos de perturbaciones mentales, de obsesiones peligrosas, de lamentables desequilibrios psíquicos originados por exageradas pretensiones de ciertas personas en el campo de las prácticas religiosas. La historia de las religiones está marcada por terribles experiencias en tal sentido. Basta con recordar los casos de perturbaciones colectivas en conventos y monasterios en la Edad Media, donde los excesos del misticismo transformaron a criaturas piadosas en victimas de ellas mismas, siendo sometidas por ello a la condenación de la propia iglesia a la que pertenecían y a la que procuraban servir. Los dogmas de fe, que forman la estructura conceptual de las iglesias, son las piedras que causan los tropiezos en su camino evolutivo. Partiendo del principio de que la revelación divina es la propia palabra de Dios dirigida a los hombres, las iglesias se anquilosaron en sus dogmas intocables, pues la exégesis humana no podría alterar las ordenaciones del propio Dios. En realidad, y a pesar de todo, la alteración se verificó en varios casos, pero decisiones conciliares pusieron la última palada en los cimientos de los errores cometidos. Las estructuras eclesiásticas se tornaron rígidas y las iglesias pusieron en evidencia, en su espíritu, la osamenta de piedra de sus catedrales. Se vanaglorian todavía hoy de su inmutabilidad, en un mundo en que todo evoluciona sin cesar.

Los resultados de esa actitud ilusoria y pretenciosa sólo podrán ser nefastos, como vemos actualmente en el lento y doloroso proceso de agonía de las religiones. Cayeron, así, en el pecado del apego, contra el cual los Evangelios advirtieron a los hombres. Se apegaron de tal manera a la propia vida, que perdieron la vida superior que Jesús prometió a quienes se desapegasen. Las liberalidades actuales llegaron demasiado tarde. La palabra dogma es griega y su sentido original significa opinión. Adquirió, en filosofía y religión, el sentido de principio doctrinario. En las Escrituras religiosas aparece algunas veces con el sentido de edicto o decreto de autoridades judías o romanas. Entre el dogma religioso y el filosófico hay una diferencia fundamental. El dogma religioso es de fe, principio de fe que no puede ser rechazado, pues proviene de la revelación de Dios. El dogma filosófico, en cambio, es racional, dogma de razón, es decir, principio de una doctrina racionalmente estructurada. El sentido religioso preponderó por razones de las consecuencias muchas veces desastrosas de su rigidez y de su inmutabilidad. Si hablamos, por ejemplo, de dogmática, ese termino es generalmente entendido con referencia a la estructura de los dogmas fundamentales de una religión. Por eso la adjetivación de dogmática, que implica también el masculino, como en las expresiones: Persona dogmática, posición dogmática u hombre dogmático. Significa intransigencia de opiniones. Lo mismo acontece con el sustantivo dogmatismo, que designa un sistema de opiniones intransigentes. Estas influencias religiosas en la semántica revelan la intensidad de la rigidez a la que las iglesias se han entregado, a través de los siglos y los milenios, en defensa de la supuesta eternidad de sus principios básicos. Tenemos, por tanto, en el dogma de fe, uno de los motivos fundamentales de la crisis de las religiones en nuestros días. En el Espiritismo, como en todas las doctrinas filosóficas, existen dogmas de razón, como el de la existencia de Dios, el de la reencarnación o el de la comunicabilidad de los Espíritus después de la muerte.

Muchos adeptos extrañan la presencia de esa palabra en los textos de la Doctrina, que se afirma antidogmática y abierta al libre examen de todos sus principios. Son personas todavía apegadas al sentido religioso de la palabra. No hay ninguna razón para esa extrañeza, como ya vimos, desde el punto de vista cultural. El problema de la religión en el Espiritismo ha provocado innumerables discusiones y controversias, porque esta Doctrina no se presenta como religión, en el sentido común del término. Allan Kardec, discípulo de Pestalozzi, adoptó la posición de su maestro en lo relacionado con la clasificación de las religiones. Pestalozzi admitía la existencia de tres tipos de religión: La animal o primitiva, la social y la espiritual. Pero se negaba a calificar a esta última de religión, denominándola moralidad. Eso porque la religión superior, o espiritual -según él-, sólo era profesada individualmente por la persona que superaba el ser social y lograba el desarrollo en si del ser moral. Kardec se negó a expresar religión espírita, sosteniendo que el Espiritismo es una doctrina científica y filosófica de consecuencias religiosas y morales. Más dio a esas consecuencias una enorme importancia al considerar al Espiritismo como el desenvolvimiento del Cristianismo, destinado a restablecer la verdad de los principios cristianos, desvirtuados por el proceso natural del sincretismo religioso que originó a las iglesias cristianas. Esa posición espirita mantuvo a la Doctrina y al movimiento doctrinario excluidos del campo religioso. Para los espiritas, sin embargo, esa posición de la Doctrina no es marginal, sino superior, pues el Espiritismo representaría el cumplimiento de la profecía evangélica de la religión en espíritu y verdad, que se desenvolvería bajo la égida del mismo Cristo. La religión no se organizó bajo la forma de una iglesia, pues no admite sacramentos ni adopta forma de autoridades religiosas de tipo sacerdotal. No hay bautismo ni casamiento religioso en el Espiritismo, como tampoco indulgencias ni confesiones.

Todos esos formalismos son considerados como de origen pagano o judío. Se entiende el bautismo como rito de iniciación que Jesús sustituyó por el bautismo del espíritu, según el texto del libro Hechos de los Apóstoles, en que se relata la visita de Pedro a la casa del centurión Cornelio, en el puerto de Jope, y que puede referirse a los Médiums en el momento en que se verifica en ellos, espontáneamente, la eclosión de la facultad medianímica. Esa posición espirita en el campo religioso causa numerosas dificultades a los espiritas en lo relacionado a las relaciones de las instituciones doctrinarias con los poderes oficiales, afectando el resguardo de los derechos escolares frente a la enseñanza religiosa y a la declaración de religión en los censos de población, hasta que medidas oficiales reconocieron esos derechos. En compensación, el Espiritismo quedó libre de las consecuencias de la crisis religiosa, que no lo alcanzaron. Demostraré en los capítulos siguientes la posición de la religión espírita frente a esa crisis, que es evidentemente una posición de vanguardia. Su contribución a la raciocinación de los principios religiosos, a la reintegración de la religión en el plano cultural, particularmente a lo relacionado con los problemas científicos de la actualidad, es realmente sustancial. En el campo filosófico la posición espírita es también de vanguardia, pues desde el siglo pasado su filosofía se presenta como libre de los prejuicios del espíritu de sistema, conservándose abierta a todas las renovaciones provenientes de los descubrimientos científicos logrados. Libre de la dogmática religiosa como de la filosófica, apoyada enteramente sobre la investigación científica, la Doctrina Espírita está, de hecho, por encima de la crisis de la actualidad.

J. Herculano Pires

Extraído del libro "La Agonía de las Religiones"