Browse this website in:
Google
Web
Buscar en Luz Espiritual

La weblog Espirita de Mari

 

Radio Colombia Espirita

Hora local

Barcelona-España

La televisión espirita

 

La agonía de las religiones PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Viernes, 15 de Octubre de 2010 14:31

Las religiones están muriendo. Este es uno de los hechos más notables de nuestro tiempo, más precisamente, del siglo XX. El poder de las religiones no es más religioso, sino simplemente económico, político y social. Las iglesias están vacías, los seminarios son cerrados, la vocación sacerdotal desaparece, el clero de todas ellas recurre en el mundo entero a los más variados recursos para conservar sus rebaños, haciéndoles concesiones peligrosas.

Pero todos esos recursos se muestran incapaces para restablecer el prestigio y el poder religiosos, sirviendo solo de remiendos de paño nuevo en ropa vieja, según la expresión evangélica. Comienzan entonces a aparecer los sucedáneos, millares de sectas forjadas por videntes y profetas de la ultima hora, en su mayoría legos que se presentan como misioneros, taumaturgos populares, místicos improvisados y de ojos vueltos más hacia los bienes terrenos que hacia los tesoros del reino de los cielos. Esos bastardos del espíritu, que pululan por todas partes, caracterizan al fenómeno socio-cultural de la muerte de las religiones.

El hecho es bien conocido por quienes estudian la sociología de la cultura. Cuando un sistema institucional se vacía en el tiempo, tragado por la vorágine de las mudanzas culturales, los aprovechadores invaden los dominios abandonados y socorren a su modo a los huérfanos desesperados. Las grandes revoluciones políticas y sociales se muestran como tiranuelos del populacho, asumiendo las funciones de los nobles que cayeron y sustituyendo a la autoridad tradicional por el mandonismo de los clanes resucitados. Podemos aplicar a este caso una parodia de explicación metafísica del horror a lo vacuo, diciendo que las sociedades tienen horror al caos y salvan la falta de autoridad legítima -o por lo menos legitimada- a través del autoritarismo de los sátrapas. Ese evidente síntoma de agonía de las instituciones tradicionales esta presente en toda el área religiosa de nuestro tiempo. Es el carisma de las fases de mudanza. Por tanto, no hay duda de que las religiones agonizan, y el responsable de ese hecho alarmante, como siempre, es la propia victima que, por imprevisión, por abuso del poder y por apego a las comodidades institucionales se deja llevar por la ilusión de su indestructibilidad.

Las propias religiones cavaron su ruina durante el desarrollo del proceso histórico. Respaldadas en su superioridad, confiadas en el privilegio de su origen y de sus naturalezas sobrenaturales, se rehusaron a integrarse en la cultura natural, excluyéndose ellas mismas. La evolución cultural agrando progresivamente el foso entre la cultura y la religión, tomando irreversible la situación de las instituciones religiosas. Así, dialécticamente, el concepto arbitrario de lo sobrenatural, que era el fundamento de su seguridad, se convirtió en el motivo de su decadencia. En Occidente, las primeras señales de la crisis religiosa contemporánea aparecieron en plena Edad Media, con el episodio trágico-romántico de Abelardo, preanunciando la Edad de la Razón. Esa nueva etapa, que se inicio con el Renacimiento, traerá la revolución cartesiana, Rousseau, Chaumette y el culto de la Razón por la Revolución y, posteriormente, a Augusto Comte y la Religión de la Humanidad. En el año de la muerte de Auguste Comte -1857-, Hippolyte Leon Denizard Rivail iniciaba en Francia el movimiento de la Fe Racional. De tal manera Francia, que centralizaba el proceso cultural en el mundo moderno, presenta una secuencia de tentativas para la integración de la Religión en el desarrollo del sistema cultural, todas ellas rechazadas por la soberanía eclesiástica, apoyada en el concepto de lo sobrenatural. Paralelamente a los movimientos renacentistas de Francia, se desencadenó en la Alemania del siglo XVI el movimiento de la Reforma, iniciado por Lutero.

En Oriente, la reacción frente a las religiones tradicionales fue más lenta y tardía, menos precisa y definida, con menores consecuencias, que solo se fueron acentuando en el siglo XIX. No por eso deja de producir efectos que se intensificaron en el transcurso de ese siglo hasta el presente, bajo las influencias occidentales. En Rusia, bajo la inspiración francesa de Rousseau, Tolstoi promovió la revolución religiosa del siglo XIX en la línea luterana de la vuelta al Cristianismo primitivo, realizando una nueva traducción de los Evangelios con sentido místico-racional. Todos esos movimientos revelan una insatisfacción cultural en lo relacionado con la soberanía de las religiones, fundada esta sobre el concepto de lo sobrenatural, que las mantenía desligadas del proceso cultural. Todavía en el siglo XIX la obra de Renan, en Francia, conservaba la tendencia del espíritu francés, con respecto a la historia del Cristianismo, en el sentido de establecer la verdad sobre los principios de la religión dominante, apartándola del campo dudoso de lo sobrenatural. En este esbozo de un vasto panorama histórico, tenemos la visión objetiva de los procesos que venían preparando, desde fines del milenio medieval, la derrota de las religiones. En nuestro siglo, el desenvolvimiento acelerado de las ciencias, la laicización del Estado y de la educación, la disgregación de la familia, la expansión cultural y la rápida modificación de las costumbres y del sistema de vida por el impacto de la tecnología -que abraza prácticamente a todo el mundo-, fortalecieron la concepción pragmática y materialista, dando así el golpe de gracia a lo sobrenatural y a los sistemas religiosos que en él se apoyan. La etiología de la decadencia de las religiones es un hecho palpable.

Sería una locura querer negarlo. No obstante, el sentimiento religioso del hombre no fue aniquilado. Por el contrario, el subsiste y viene siendo considerado, particularmente en los países del área dominada por el marxismo, como un residuo del pasado que tendrá que desaparecer totalmente con el avance irresistible de la cultura. La propia URSS, que se excedió en campañas violentas contra la religión, se vio obligada a hacer concesiones significativas al llamado opio de los pueblos. En los Estados Unidos de América del Norte, el pragmatismo de William James y el instrumentalismo de John Dewey atemperaron la situación, permitiendo una especie de tregua en la cual, según Rhine, las concepciones antípodas del hombre -la religiosa y la científica- pueden encontrarse al pie del lecho de un moribundo sin que haya contradicción alguna. Pero las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial generaron en Alemania un movimiento de reforma radical de las teologías tradicionales, el que se proyectó en los Estado Unidos y viene penetrando sutilmente en toda América, por medio de traducciones de libros de los nuevos teólogos que anuncian la muerte de Dios y predican la novedad del Cristianismo ateo. Los teólogos, una vez más, se engañan. La teoría de la muerte de Dios, que ellos procuran inútilmente explicar como un acontecimiento actual, de nuestro tiempo, nunca se produjo ni podrá producirse.

Dios no es un ser ni es mortal, dado que es el Ser Absoluto, el Bien -según Platón-, la idea Suprema de la que derivan todas las demás ideas y, por tanto, todas las cosas y todos los seres. Los teólogos de la llamada Teología Radical de la Muerte de Dios, y sus compañeros de otras ramas teológicas consecuentes, sufren de un proceso de alucinación por transferencia. Quien está muriendo no es Dios, son ellos mismos y sus teologías, ellos y las religiones formalistas y dogmáticas. La concepción nueva de Dios, que nace de los escombros de la concepción antropomórfica del pasado, es la de una Inteligencia Cósmica que preside a toda la realidad existente. Los cosmonautas soviéticos, después de dar unas vueltas alrededor del grano de arena que es la Tierra, declararon eufóricos que Dios no existe, pues no tuvieron el placer de hallarlo en los microscópicos suburbios de nuestro planeta. Hicieron, de tal modo, como el estudiante de La ciudad y las sierras, de Eça de Queiroz, que, para probar la inexistencia de Dios, sacó un reloj del bolsillo del chaleco frente a sus colegas y dio el plazo de algunos minutos para que Dios lo fulminase. Como no fue fulminado, declaró que estaba probada la inexistencia de Dios, guardando su reloj en el bolsillo. Esos alardes sirven para mostrarnos el estado de ignorancia en que todavía nos encontramos, a la vez que prueban, eso sí, que estamos muertos en nuestra estupidez frente a la grandeza del Cosmos. Decir que Dios murió es como decir que la vida se extinguió.

El hecho de estar vivos y hacer esa afirmación demuestra lo contrario. Los teólogos radicales son tan radicales que no admiten la única explicación posible para su teoría de la muerte de Dios. Esa explicación sería la de que el dios convencional de las religiones murió, como idea hoy inaceptable. Pero ellos se oponen a eso y dan explicaciones que nadie puede entender, pues solo entendemos lo que es racional. El problema es aun más serio de lo que piensan los teólogos, que hacen alusión maliciosa al decir que han colocado a Cristo en lugar de Dios, de lo que resulta un Cristianismo ateo, última novedad de las religiones del siglo XX. A pesar de todo eso, se observa que lo que ellos pretenden es ubicar el problema de la existencia de Dios en términos más accesibles a la razón. Esa pretensión coincide con los objetivos del pensamiento francés, en la secuencia histórica mencionada más arriba. Es una pena que esos teólogos actuales no tengan la facilidad de expresión y la lucidez que caracterizan al pensamiento francés. Si entre ellos hubiese un teólogo galés, seguramente les explicaría que el concepto celta de Dios podría satisfacerlos. Los celtas, que fueron un pueblo monoteísta como los hebreos y vivieron en la Antigüedad, podrían corregir a los teólogos actuales y dar lecciones de lógica a las religiones en agonía. Ellos fueron considerados bárbaros y sufrieron en su piel la barbarie de los civilizados romanos, pero Aristóteles afirmo que fueron el único pueblo filósofo del mundo. De todo lo expuesto parece evidente que la agonía actual de las religiones nada tiene que ver con la Religión. En efecto, puesto que la Religión es una de las características fundamentales de la naturaleza humana. Parodiando la definición aristotélica del animal político, podemos decir que el hombre es un animal religioso. La falsa teoría que atribuye al temor como causante de la Religión -que hasta el mismo Van der Leeuw aun sostiene-, no puede mantenerse en pie ante la prueba antropológica de que nunca existió en el mundo un pueblo ateo, desde los hombres de las cavernas hasta nuestros días. La idea de Dios es innata en el hombre, como Descartes afirmó, después de encontrarla en el fondo misterioso del cogito.

Es una idea evidente por si misma e indispensable para la comprensión de nosotros mismos y del mundo. Ciertas personas obstinadas, muy pagadas de si mismas, acostumbran decir que Dios no existe porque nadie puede probar su existencia. Hasta la misma ciencia enseña que la causa se prueba por el efecto. Basta con que observemos una flor o un grano de arena para saber que es preciso que Dios exista, que necesariamente existe. Lo que no podemos aceptar es el dios de las religiones, porque ese dios -ilógico y absurdo, como decía Arístides Lobo- pertenece a un pasado remoto en que la humanidad necesitaba de él. La esencia de la Religión esta constituida solo por un núcleo y una partícula, como el átomo de hidrogeno. El núcleo es la idea de Dios, y la partícula es el sentimiento religioso. La Religión verdadera, que jamás agonizó y nunca muere, tiene en ese átomo simple y puro su raíz simbólica. Pero para que la Religión pueda desempeñar libremente su papel fundamental en la evolución humana, es necesario que la reintegremos a la cultura general, como una de sus áreas más importantes. Para liberar al conocimiento de la dispersión producida por las especializaciones científicas, fue necesario que se crease la Filosofía de la Ciencia. Para liberar a la Religión de la pulverización sectaria es indispensable expurgarla del formalismo dogmático, del profesionalismo eclesiástico, del fanatismo de iglesia. La agonía de las religiones es determinada por la asfixia de las estructuras antiguas, del irracionalismo basado en el concepto de lo sobrenatural y de la revelación divina. Los dos tipos de religión analizados por Bergson, el social y el individual, deben fundirse en la síntesis de la Religión del Hombre, que resalta históricamente de las aspiraciones francesas y mereció del poeta bengalí, Rabindranath Tagore, un estudio lucido y lírico.

El conocimiento es un todo, es global. Teoría y práctica son anverso y reverso de un mismo proceso. EI homo sapiens y el homo faber son una y la misma cosa: El hombre. Las especializaciones son simples formas de la división del trabajo, de acuerdo con las diferentes tendencias individuales. Ciencia y técnica, filosofía y moral, metafísica y religión son sólo divisiones metodológicas del campo del saber, formas disciplinarias del pensamiento y de la acción. La era de la comunicación -que según Mcluhan ha hecho de la Tierra una aldea global- resquebrajó el mundo chino del pasado, de murallas y mandarinatos. La dicotomía kantiana, que negó la imposibilidad del conocimiento extrasensorial, fue superada por las conquistas físicas y psicológicas de hoy. Lo sobrenatural cambió de nombre, es apenas lo natural desconocido que la investigación científica va integrando velozmente con el conocimiento global de la realidad una. Tenemos que adaptarnos a las condiciones nuevas y a las nuevas dimensiones del hombre y del mundo. Las mismas iglesias están abriendo las puertas de los conventos y de los monasterios para no morirse asfixiadas. Las ciencias rompen con el pasado, la filosofía se libera de los sistemas para enfrentar con desenvoltura la problemática del pensamiento, los tabúes son destruidos por el hombre nuevo, los maestros y gurúes se hacen discípulos de la única fuente real de sabiduría que es la Naturaleza.

El sacerdocio es una especie en vías de extinción. Los teólogos han sido confundidos por Dios, que no quiso entregarse a sus manos inhábiles. Si queremos salvar a la Religión de ese maremoto de transformaciones que la afectan, hagamos urgentemente la liquidación de las religiones en agonía y mandemos sus artículos de fe, sus imágenes y sus medallitas al museo del hombre, como un simple testimonio de un tiempo superado. Todo eso será aflictivo para los espíritus rutinarios y acomodaticios, así como el mensaje cristiano era escandaloso para los judíos y espantoso para los griegos y romanos. Pero los espíritus flexibles, valientes, lucidos y empeñados en la búsqueda de la verdad -esa relación directa del pensamiento con lo real- no se atemorizan, sino que vibran jubilosamente con la liberación del hombre. Está es la verdad flagrante del momento que vivimos: El hombre se libera de sus temores, de la ilusión de su fragilidad existencial, del confinamiento planetario, del embuste y de la hipocresía para vivir la vida como ella es, en la plenitud de sus potencialidades corporales y espirituales. El hombre se emancipa y toma conciencia de su naturaleza cósmica. Frente a él está el futuro sin límites, la inmortalidad dinámica y demostrable que se opone al concepto limitado de la inmortalidad estática e hipotética. Su herencia no es el pecado ni la muerte, sino la vida en una nueva dimensión.

J. Herculano Pires