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Las religiones son organismos vivos, integrados por las células individuales de los adeptos, que crecen en el tiempo, pasando por todas las transformaciones del crecimiento. Kerschensteiner, en su Fisiología del mito, afirma que la ley del mito es la metamorfosis. Mas, ¿por qué del mito, si esa ley es la de toda la evolución de las cosas y de los seres en todo el Universo? Los mitos son elementos fundamentales de la religión. Naciendo de los mitos agrarios, que son representaciones de convergencias telúricas, las religiones se desarrollan en las coordenadas históricas del tiempo y del espacio y se proyectan en las perspectivas del futuro. El pasado mítico, en las mitologías mágicas y anímicas de las selvas y las zonas heladas, constituye el resultado sincrético de las relaciones del asombro. El alma humana se deslumbra con la magia de la Naturaleza, sintiéndose integrada en ella y por ella absorbida. Ese momento mágico eclosiona en mitos que comprenden al mundo de los dioses, en la plenitud divina captada por la videncia de Tales de Mileto: “El mundo está lleno de dioses”.
De los procesos dialécticos del caos surgen los ritos, los cultos y los templos. Pero es en el templo, forma estática de la síntesis dialéctica, que tenemos la síntesis final de la oposición Hombre-Tierra. El templo protege a la religión, para defenderla y sustentarla. Es como la concha marina en que la ostra se forma para producir la perla, esa deformación de la materia que rompe la estática de la forma mediante el impacto de las leyes del crecimiento. Del templo humilde, primitivo –la cabaña mágica del pagé o del chamán-, fácilmente destruidas las formas primarias, surgen las manifestaciones múltiples y sólidas de los templos de la Sumeria, del Egipto antiguo y suntuoso y de la Mesopotamia lírica con sus brazos de ríos. Del templo de Salomón, orgulloso como las montañas del Cáucaso, en un momento de concentración final de los ciclos históricos, completándose la espiral evolutiva del tiempo en le espacio –tiempo y espacio amalgamados en la realidad sustancial de materia y espíritu-, surgirán las descendencias espurias de las sinagogas, convergiendo en la dirección de los primeros templos cristianos. En las repeticiones filogénicas de la temporalidad, el primer templo cristiano, fundado por Pablo en Antioquia, se proyecta al encuentro de los mitos imperiales de la Roma de los Césares y allí, a sangre y lágrimas, se realiza la amalgama sedimentaria del embasamiento del ciclo gigantesco de las catedrales. Y una vez más, en la impulsión de la filogenia, siempre actuante, vamos a tener, en la sucesión de dos milenios, la aparición de las generaciones microscópicas más prolíficas de los Centros Espíritas.
Los ritmos del desarrollo convergen siempre en los orígenes, en la necesidad de recomenzar, buscando el hilo perdido del prolongado proceso genético en los escombros de la corrupción aristotélica. Generación y corrupción son el reverso de la moneda de César que los fariseos presentaran a Cristo, alternándose en las exigencias conjugadas y opuestas del Reino de Dios, y del Reino de la Tierra. Ante la grandiosidad de los templos y su complejidad, en las fases de crecimiento violento, la sinagoga y el Centro Espírita son descendencias espurias de linajes de templos suntuosos. No obstante, la sinagoga va aún a convertirse en el templo cristiano de paredes desnudas, desprovisto de altares e imágenes, de símbolos e insignias, para adherirse al esquivo hilo de Ariadna de la orientación mesiánica. Observamos que en todo ese proceso la ley ordenadora es una sola: la de la metamorfosis. Hay una intención secreta en el proceso histórico, que los hombres no perciben, pero captan en su inconsciente, en esa región subterránea del alma que la percepción extrasensorial nos revela en la actualidad de un modo innegable. Los filósofos de la Nada, esos nadificadores de sí mismos, y quienes se interesan por la realidad sensorial, viven apenas una media-vida, conocen apenas la superficie opaca de la Tierra y no pueden opinar sobre la realidad total encarada e investigada por el Espiritismo.
Tenemos el derecho de negar a esos filósofos, como Kardec refutó a los científicos de su tiempo, por su supuesta capacidad para criticar a la Ciencia Espírita. ¿Cómo podrían ellos percibir la ley de la metamorfosis en su desarrollo asombroso, desde la cabaña mágica del pagé hasta el Centro Espírita, si no disponían de los datos necesarios sobre la realidad espiritual que niegan? Los ejemplos históricos de esa imposibilidad son numerosos. Auguste Comte negó la psicología, mutilando su visión admirable de la realidad científica; Spencer describió la mecánica sensorial del origen de las religiones, sin percibir las causas de ese proceso, por lo que fue corregido, más tarde, por su discípulo italiano, el ingeniero Ernesto Bozzano, que demostró, a través de la investigación científica, el engaño de su maestro genial; Bertrand Russell insistió, hasta su último instante, en la sustentación de su posición materialista, negándose a aceptar la misma comprobación de las conquistas de la física atómica y nuclear de la irrealidad de la materia; los marxistas, escudados en la visión materialista de Marx y en la dialéctica de la Naturaleza de Engels, se niegan a aceptar la evidencia del espíritu en sus mismos descubrimientos de laboratorios, como lo hizo Vasiliev en el caso de las investigaciones para psicológicas y como lo hizo la misma Academia de Ciencias de la ex URSS con el descubrimiento del cuerpo bioplasmático. No se trata de mala voluntad, sino de un condicionamiento mental, como explicó el profesor Remy Chauvin. Un viejo obstinado como René Sudre –que recibió de Bozzano el mayor castigo en la historia de las ciencias-, volvió a negar la presencia del espíritu en los fenómenos paranormales, publicando sus interpretaciones de la Parapsicología actual con la misma obstinación e inflexibilidad de las momias mentales del pasado.
Padres y frailes, ya liberados de la sotana y los hábitos, insisten ridículamente con sus cursos culturales y una incapacidad dolorosa de comprensión científica, haciéndose pasar por científicos y filósofos ante las multitudes ingenuas. Son figurones de una fase histórica en que el clero y las Iglesias se desprenden de las vestiduras antiguas, pasando, sin percibirlo, por la metamorfosis de las orugas que se transforman en mariposas y vuelan sin rumbo en busca del néctar de los dioses. Esos padres y frailes, protegidos por la jerarquía eclesiástica, descienden de las funciones sacerdotales a las de camellos de una falsa cultura desgastada en el tiempo. La ley de la metamorfosis actúa imperceptiblemente sobre la especie, modificándola de una manera implacable. En lo relacionado con los templos, los cambios se dieron con tal rapidez que provocaron la rebelión de los fieles y de algunos clérigos tradicionalistas, como el cardenal Lefevre y sus compañeros de la resistencia francesa. Modifícanse los templos de su estructura interna y con ésta los rituales y toda la sistemática litúrgica. Pero esos cambios, destinados a simplificar y actualizar la religión, avanza, precisamente, en dirección al modelo espírita. Las Iglesias y sus templos se liberan de las suntuosidades materiales y formales en busca del contenido espiritual. La resistencia a esas transformaciones es inútil, pues apenas logran moderar, en algunos sentidos, la velocidad del proceso.
Todo eso nos muestra claramente que la metamorfosis religiosa, en el Catolicismo y en las demás Iglesias cristianas, está realizando la curva del regreso, en la espiral evolutiva, a los primeros siglos del Cristianismo. Nada se perdió durante el transcurso del tiempo. Podemos recordar, para ejemplificar, el símbolo hindú de la serpiente que muerde su propia cola. Conforme a ese símbolo, usado oficialmente por la Teosofía, el proceso evolutivo parte de la ignorancia (el rabo de la serpiente), crece con la absorción de elementos naturales, engordando el cuerpo, y alcanza la conciencia con la formación de la cabeza. Cuando la serpiente muerde la punta de su cola, cerrando el círculo de su giro sobre sí misma, tenemos su retorno a la simplicidad primitiva. La cola nada era, el cuerpo era apenas un embrión, la cabeza desarrolló las potencialidades de la inteligencia y con la mordida de su cola cerró el ciclo evolutivo en prueba de humildad. La cabeza, centro del saber, del conocimiento, se arrastró por el suelo, junto con la cola, y con ella se confundió. Kardec recibió esta enseñanza de los Espíritus superiores: “Dios creó a todos los Espíritus simples e ignorantes”. Y a partir de ese estado primitivo mostró que todas las posibilidades evolutivas se abrían para los Espíritus en las vidas sucesivas. La verdad es una sola, pero puede ser percibida e interpretada conforme a la posición de cada observador. Todo cuanto aconteció en el Cristianismo a través de los milenios tuvo su razón de ser, provino necesariamente de las condiciones de la humanidad en cada fase de su evolución histórica. La serpiente engordó y se engolosinó, a tal punto, que pareció tragarse el mundo. Mas cuando la inteligencia comenzó a desarrollarse, ella se enrolló y trató humildemente de morderse la cola. Y en ese momento decisivo se funde el elemento vital, los materiales absorbidos en el crecimiento, las experiencias adquiridas y las intuiciones del futuro para que el animal instintivo perciba la luz de la razón en su cerebro indagador y descubra en su mente los reflejos del poder creador de Dios.
Todo sirvió para la formación y la apertura del Ser en la escala divina. Dijo Jesús que la piedra rechazada sería tomada como fundamento del edificio. El Centro Espírita, rechazado, calumniado y humillado, aparece en este proceso bimilenario de la evolución religiosa de Occidente como la piedra angular de la Civilización del Espíritu en la Era Cósmica. En el Centro Espírita las enseñanzas de Jesús se concretizan, no en ídolos y formalidades artificiales, sino en conocimiento y saber positivo. El hombre descubre que su concepto de lo sagrado estaba errado, pues lo sagrado no radica en las cosas exteriores, sino en la naturaleza íntima del ser humano y en la divinidad de los Seres superiores. Percibe que lo que vale es el Espíritu y no el cuerpo, pues sólo el Espíritu realmente existe. Aprende que ninguna bendición exterior o formal puede salvarlo, sino sólo su dedicación al bien y a la verdad, a su apertura espiritual hacia las bendiciones permanentes de Dios que brotan en el mundo, abarcando a todas las criaturas y a toda la Creación. El Centro Espírita lo instruye –mediante enseñanzas y hechos- que la muerte no es la condenación del Edén, sino “la puerta de la vida”, conforme a la feliz expresión de Charles Richet.
El misterio de la vida eterna, concedida apenas a los elegidos, se convierte en la herencia universal de Pablo, según su decir: “somos herederos de Dios y co-herederos de Cristo”. La función moral del Centro no es compulsiva, sino endógena. No se cumple a través de un código opresivo, sino mediante el despertar de las conciencias respecto a la responsabilidad de todos y de cada uno. El fundamento de esa moral está basado en el principio del amor al prójimo, y su manifestación, en el plano social, es la caridad. El amor es la esencia de la vida social, la sustancia básica de la estructura social, y la caridad es la dinámica de las relaciones, conforme a los términos de la definición de Pablo. El Centro Espírita asimila en la práctica, en su dinámica cotidiana, la savia pura del Evangelio con que alimenta la vida, el pensamiento y los sentimientos del hombre. Lejos quedaron, en el proceso histórico, las leyendas de la ira divina y de las condenaciones terroríficas. En la pequeña comunidad del Centro se forma y desarrolla la Sociedad del Futuro, fundada en la comprensión de los deberes concienciales. El mundo humano y el mundo espiritual se funden en el proceso de las relaciones mediúmnicas, en el trueque de experiencias entre los Espíritus y los hombres, que mutuamente se ayudan en la amplia escala de la trascendencia. Gracias al racionalismo espírita –desenvolvimiento natural del racionalismo cristiano- se establece la solidaridad de las conciencias de la tesis de René Hubert, actualizando en la realidad humana la utopía divina del Reino de Dios. Caen así las barreras de las razas, de las condiciones sociales, posesiones y culturas, sectas y partidos, muertos y vivos, pues todos comprenden que la fraternidad universal de los seres deviene de la paternidad universal de Dios.
Los objetivos del Evangelio son alcanzados con el derrumbe total de los divisionismos formales establecidos por la ignorancia humana. Claro que ese milagro humano, producido en el Centro por el descubrimiento de la finalidad de la existencia terrena, no es completo ni perfecto, pero ya manifiesta los trazos esenciales del perfil del futuro. Quedan atrás, a la distancia, los siglos y los milenios de atrocidades y amenazas satánicas y diabólicas, reducidos a cenizas de etapas superadas. En la sencillez del Centro Espírita, desprovisto de aparatos, de imágenes, de rituales, de sacramentos, de vestiduras, de actos religiosos pagos, ajenos a la simonía y al profesionalismo religioso y dedicado al servicio de la caridad amplia, y sin preferencia alguna, las fuerzas de la evolución acumulan su poder para la eclosión de la Civilización del Espíritu que barrerá del planeta todas las formas y formalismos de las expresiones religiosas inferiores que se hartan con los engaños del poder espiritual. Las oraciones pagas, las ceremonias suntuosas, los títulos fantasiosos y heréticos de los representantes religiosos y las organizaciones religiosas investidas de poderes estatales han de desaparecer por falta de adecuación a los tiempos nuevos. La experiencia del Centro Espírita suprime todas las formas de engaños a las poblaciones y la simulación de poderes divinos a través de ordenaciones, consagraciones e investiduras divinas, pues serán abolidas por consenso. La religión, desembarazada de los compromisos políticos, comerciales, financieros y otros más, será restaurada en su pureza ejemplificada por Jesús y sus discípulos en la etapa apostólica. Esa es la directriz histórica determinada por las características y las actividades del Centro Espírita. Pero todas esas modificaciones se procesarán durante el transcurrir del tiempo y en la medida del progreso cultural del mundo y del consiguiente esclarecimiento de los pueblos sobre los problemas fundamentales de la vida, del destino, del dolor y de la muerte.
El conocimiento de esas incógnitas –que siempre atormentaron a los hombres- secará naturalmente la fuente de las mixtificaciones interesadas en el campo religioso. Demostrada la ineficacia de todas las escenificaciones sacramentales, esclarecidas las supersticiones que dominan la mente humana insegura y medrosa, la humanidad alcanzará su virilidad y no habrá más campo para las explotaciones sistemáticas de la naturaleza religiosa del hombre. En el plano espiritual, las vastas poblaciones desencarnadas de Espíritus inferiores, apegados a los intereses materiales, serán a su vez removidas a otros mundos inferiores. En la economía divina nada se pierde. Esas poblaciones espirituales, atrasadas ante la evolución terrena, llevarán a esos otros mundos atrasados conocimientos que los auxiliarán para la elevación paulatina. Son esas las migraciones espirituales entre los mundos solidarios de cada galaxia, conforme a la enseñanza de Kardec. El mito del tercer milenio –que muchos espíritas aguardan con la ingenuidad de los judíos que aún esperan al Mesías y de los cristianos que confían en el regreso de Jesús entre las nubes y con un acompañamiento de ángeles en su entorno, mientras catástrofes punitivas devastarán el planeta-, no pasa de una interpretación errónea y supersticiones de un arquetipo colectivo: la ansia de los hombres por un mundo feliz, despierta en los seres por la realidad lejana de las realizaciones aún en lenta progresión en la Tierra y ya logradas en el Cosmos por mundos más antiguos que el nuestro. El tercer milenio es, simplemente, la continuación de las fases milenarias del calendario cristiano planificadas en el tiempo como Primero y Segundo Milenios.
Es, por tanto, una fase de mil años en que el año 2001, aguardado como hora mística de la redención universal, es apenas el año inicial de un milenio de grandes y profundas transformaciones de la Tierra en la secuencia natural de su proceso evolutivo. En la sistemática objetiva, simple y racional del Centro Espírita, no hay lugar para violaciones milagrosas y, por tanto, sobrenaturales. Vivimos en la Naturaleza y todo cuanto conocemos es natural. El concepto de lo sobrenatural nació de la impotencia humana para descubrir el Cosmos. Pero desde el siglo pasado el hombre viene logrando profundizar los misterios del mundo y descubrir las leyes naturales de los fenómenos considerados sobrenaturales. Kardec fue el gran pionero de esa investigación y por eso mismo fue el primero en poner en duda ese concepto. Lo sobrenatural se reveló como siendo simplemente lo desconocido. En la proporción en que avanzamos ene. Conocimiento de la realidad todo se naturaliza. Sólo Dios parece disponer de la sobrenaturalidad, pero hasta las mismas religiones sustentan que Dios no es sólo trascendencia, es también, necesariamente, inmanencia. Para sustentar los principios de la omnipresencia y omnisciencia de Dios, los teólogos –los cultores de una hipotética ciencia de Dios- tuvieron que admitir su inmanencia en la Naturaleza, lo que igualmente lo naturaliza. Sobre, de tal manera, apenas una parte de Dios como sobrenatural, mas, si Dios es uno (a pesar de sus tres personas) es claro que no puede ser dividido en natural y sobrenatural. Y si Dios es el Creador que todo creó de sí mismo y está presente en todo, presidiendo toda la realidad de las cosas y de los seres, no desde afuera, sino desde dentro de esa realidad, no hay manera de poderse sustentar su sobrenaturalidad específica y única.
El Espiritismo define a Dios como la Inteligencia suprema, creadora, mantenedora y estructuradota del Universo. Lógicamente, define al espíritu como el elemento estructurador de la materia. Para estructurar la materia dispersa en el espacio, pulverizada en átomos, partículas atómicas y plasmas cósmicos, el espíritu se posesiona de esos elementos y los ajusta a sus designios, generando las formas de las cosas y de los seres. De esa manera, el fiat de la Creación no fue apenas la emisión de un pensamiento o de una palabra, sino todo un proceso complejo y lento de aglutinamientos sucesivos a través de la potencia inteligente que, por el hecho mismo de ser inteligente, sabía lo que hacía. Esa proposición espírita, fundada en la razón, no emocionó a los teólogos, ya que simplemente la condenaron con la simpleza de su autoritarismo, a su vez basado en la suposición ingenua de que Dios daba la ciencia infusa de la verdad absoluta. ¡Qué embrollo, santo Dios! El conocimiento actual –que repudió el ilogismo teológico, estructurado con rebusques y malabarismos- no puede abdicar de las vías racionales, ni incluso con el prestigio de Kant, en la división igualmente arbitraria que este filósofo estableció entre lo dialéctico y lo absoluto. La metamorfosis religiosa se encargó de mostrar que las complicaciones del misticismo ilógico se redujeron en el tiempo a la lógica de la sencillez de las prácticas experimentales del Centro Espírita.
J. Herculano Pires
Extraído del libro "El centro espirita"
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