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La terapéutica espírita abarca todas las ramas de la medicina. Urbano de Assis Xavier, cirujano odontólogo y médium de una gran sensibilidad, sirvió de intermediario en muchas curas y le agradaba investigar esa cuestión. Pronunció una conferencia, en la década del 40, en la Biblioteca Municipal de San Pablo, sobre el tema que sirve de título a este capítulo. Su experiencia personal y su acervo de observaciones darían material para la elaboración de un gran volumen al respecto. Fuimos testigos de numerosas curas.
Él insistía en la necesidad de comprender que el médium es, simplemente, en tales casos, un instrumento pasivo en manos de los Espíritus. Por eso resaltaba que los Espíritus eran quienes curaban, y no los médiums. Este es el punto esencial de la comprensión, por parte de los médiums y los dirigentes del Centros, del delicado problema de las curas generalmente llamadas mediúmnicas. Sin esa comprensión humilde de parte de los médiums, ellos se arriesgan a caer en las trampas de su propia vanidad, que los lleva a tomar actitudes ridículas y comprometedoras para el Centro y para la Doctrina.
Un médium que se considera capaz de curar por sí mismo es un ignorante o un inconsciente, que fácilmente se convierte en un charlatán ambicioso, lucrando con el dinero de su prójimo. Como Kardec advertía, dos factores garantizan la facultad curativa real de un médium: su humildad y su desinterés. Si él fuese orgulloso y convencido de su eficiencia, cobrando su trabajo mediúmnico, directa o indirectamente, debemos ignorarlo, sencillamente, y huir de él. Los Espíritus mixtificadores que lo acompañan –pues cada cual tiene las compañías espirituales que merece-, lo llevan fatalmente por el camino desviado de los engaños peligrosos. Los dirigentes de Centros necesitan tener la mayor cautela y observar, atenta y permanentemente, a los médiums curativos que cuentan en los trabajos. Las maniobras envolventes de los espíritus mixtificadores son sutiles y se cumplen, al mismo tiempo, sobre el médium vanidoso, los dirigentes sin conocimiento doctrinario ni buen sentido y los pacientes que se entregan ciegamente a experiencias peligrosas, guiados por una fe ciega y supersticiosa. Debemos tener siempre en la mente que estamos en la Tierra para evolucionar, desarrollando nuestra capacidad de trabajo y prudencia. Espíritus en evolución, como somos, si nos entregamos a nuestras pretensiones de superioridad y de merecimiento personales, los buenos Espíritus no interfieren a efecto de no perjudicar nuestro aprendizaje. Tenemos que pasar por las experiencias negativas, hasta alcanzar los objetivos de nuestra encarnación. Podemos pedir a Dios lo que quisiéramos, pero sólo recibiremos aquello que realmente necesitemos. La oración nos ayuda, establece nuestra sintonía con los Espíritus benevolentes, mas, si dejamos a un lado el buen sentido y la perspicacia, si no nos mantuviéramos en vigilancia, esperando todo del cielo y sin usar nuestro discernimiento, sólo la experiencia, por más dura que sea, podrá corregirnos. Analicemos bien este problema, para no llorar más tarde por nuestra incuria.
Los Espíritus buenos nos amparan, asisten y ayudan, dándonos orientación y consejos intuitivos, pero no ocupan nuestro lugar en aquello que sólo a nosotros nos pertenece. La cura espírita no se realiza, por más dedicados que seamos al Espiritismo y por más abnegados en lo relacionado con nuestro prójimo, si la enfermedad o la deficiencia que sufrimos fuera, en sí misma, el remedio que de hecho necesitamos. Los intereses superiores de la evolución espiritual están siempre por encima de nuestros intereses individuales y pasajeros. Si una persona es ciega o se está quedando ciega, es porque la prueba de la ceguera la ayudará a desarrollar la humildad en lugar de la vanidad, que cultivó en su pasado, y de esa manera está siendo espiritualmente curada. Se habla mucho de méritos y de recompensas, pero no se trata de eso en la cuestión de las curas. La cuestión de los méritos es nuestra, y como somos siempre excesivamente generosos en nuestro autojuzgamiento, al recibir una cura nos consideramos premiados. Para Dios y, por tanto, para los Espíritus superiores, la enfermedad es la cura de nuestras imperfecciones espirituales, y la cura es la que nos predispone para las pruebas que aún tenemos que enfrentar.
Por todo eso, se engañan los médicos que encaran la terapéutica espírita –hoy llamada paranormal- como una forma de conjugación del Espiritismo y la Medicina. Los médiums no pueden curar lo que quieren y cuando lo quieren. Por eso Jesús empleaba la expresión “Perdonados fueron tus pecados”, cuando lograba curar a alguien. El perdón, en lenguaje legal, equivales a la suspensión de la pena. Los pecados estaban perdonados porque la pena había llegado a su fin. La pena no había sido impuesta por decreto, como tampoco sería suspendida por ese mismo medio. Nuestra evolución es un proceso natural de desarrollo de nuestras potencialidades. Todo aquello que obstruye ese desarrollo provoca coágulos en la estructura psíquica, extremadamente fluídica, generando dolencias y deficiencias orgánicas. Y aquello que facilita tal desarrollo produce curas y posibilidades de curas. Esas posibilidades pueden culminar en curas, ya sea por intervención mediúmnica como por intervención médica. La razón por la cual el médico fracasa en casos que el médium resuelve, y viceversa, no radica en los méritos de un u otro, sino en las necesidades reales del paciente. Si éste necesita fortalecer su fe o triunfar sobre su orgullo, puede recibir la cura mediúmnica o espiritual, mas, si en cambio precisa someterse a intervenciones quirúrgicas para reequilibrar su conciencia con su pasado, no conseguirá la cura paranormal.
Eso no depende de una decisión momentánea de Dios, sino de lo que ya estaba determinado en la estructura de causas y efectos de la vida actual de la persona. Se trata de un determinismo relativo, del que causas y efectos corresponden siempre con las exigencias de la ley de evolución espiritual. En ese determinismo puede haber alteraciones, conforme a los nuevos rumbos que la evolución espiritual puede haber tomado en la actual existencia. Tenemos que examinar esos problemas a la luz de la Doctrina Espirita. Desdichadamente, escasean esos estudios entre nosotros, de manera que tenemos siempre una visión demasiado antropomórfica de soso procesos. En el Centro Espírita el problema de las curas no puede restringirse a tentativas ocasionales o aleatorias. Estamos en una fase de intenso desarrollo científico y cultural en general y necesitamos profundizar el estudio de nuestra Doctrina en evolución con todos los progresos de la actualidad. Kardec nos dejó en su obra una vasta herencia que aún no hemos sabido aprovechar. Nos conformamos con un espiritismo superficial, de tipo sectario, sin preocuparnos con una reflexión cuidadosa y lógicamente dirigida de los principios doctrinarios. Y cuando aparece alguien con intenciones de tratar el tema en un plano más elevado, lo que observamos son atentados a la Doctrina, críticas a Kardec, intentos ridículos de superación o de una pretenciosa actualización de una Doctrina cuyas agujas están marcando las horas, adelantadas varios siglos.
No perdimos aún el hábito indígena de las plumas y el taparrabo. Nos agrada adornar nuestra cabeza con plumas coloridas de aves y presentarnos de taparrabo ante la cultura nacional. Con la cabeza llena de ideas e hipótesis de la actualidad científica, acusamos a Kardec de mecanicista superado, de autor de teorías cubiertas del polvo, e intentamos sustituir a esas teorías por otras que pertenecen a los milenios pasados, con las que nos proclamamos originales y actualísimos. Correcciones a Kardec surgen desde las planicies a los montes, como las herejías del Cristianismo primitivo, que Tertuliano decía brotar del suelo como hongos. Y cuando escapamos de eso caemos en las actualizaciones, o adulteraciones, con la aprobación, el aplauso y la defensa de ellas por parte de instituciones, antes respetables. El atrevimiento de tales reformadores está impregnado de una mística piedad, al son de las letanías cantadas por los coros sacerdotales del Umbral. Y cuando alguien se levanta en contra, es considerado enemigo de la evolución y promotor de desórdenes, sin otra finalidad que la de vender sus libros. No pretendemos, naturalmente, que en el ámbito humilde de los Centros dedicados exclusivamente a las prácticas religiosas fraternales aparezcan grandes mentalidades. En cada sector de las actividades doctrinarias encontramos siempre personas abnegadas y files a la Doctrina que cumplen con sus deberes. Es en las Federaciones y Uniones que surgen los reformadores atrevidos con discursos mestizos de papagayos barullentos y místicos de ojeras profundas y voz meliflua.
Todo eso revela una falta aterradora de un piso cultural en nuestro movimiento doctrinario, lo que da oportunidad a la aparición de predicadores dramáticos –tipo Billy Graham- que arrebatan a los oyentes ingenuos con figuras literarias del siglo pasado y la frente impregnada de sudor por el esfuerzo de recordar pasajes ajenos decorados. No podemos olvidarnos de la existencia de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas y, en el Brasil, de la Sociedad Bahiaza de Luiz Olímpio Teles de Menezes, el fundador de la prensa espírita en nuestra tierra. Y de esas mismas cúspides descienden los pavos reales de pies grotescos y plumaje brillante, simulando sabiduría y predicando como suprema verdad la increíble y estupefaciente, elegible e incomprensible obra de Roustaing, Os Quatro Evangelhos, que debía tener por título uno más adecuado: las Mil y Una Noches de la Mixtificación. Para contrabalancear esa desgracia (falta de gracia de Dios) la Argentina nos manda Vida de Jesús Dictada por Él mismo, en que vemos al Maestro lamentarse de haberse entregado a su vocación mesiánica, reencarnando en mundos primitivos, en lugar de gozar de una vida tranquila en Nazaret en el seno de su familia.* En la obra de Roustaing nos encontramos con arcángeles celestes castigados con encarnaciones en mundos primitivos con la forma de criptógamos carnudos, que serían babosas reptantes dotadas de carne humana, recurso ridículo que no exime a la obra de la condena doctrinaria, ya que la Doctrina no admite la vuelta de un Espíritu humano en una encarnación animal. La extraña y grosera expresión criptógamos carnudos aparece para encubrir lo absurdo. Si esos bichos reptantes tienen carne humana, no dejan de pertenecer a la especie humana. Y toa una Federación acepta, endosa, propaga y defiende obstinadamente esa proposición de la más descabellada metempsicosis que se haya imaginado en el mundo. La palabra criptógamo es empleada en botánica para designar a los vegetales que tienen los órganos reproductores ocultos. Para aplicar el término a los animales, los mixtificadores le agregaron el feo adjetivo carnudo, sin respeto alguno por la pureza y elegancia del lenguaje.
*Con todo el respeto que nos merece el autor, disentimos sobre la valoración de este libro que, para quien lo haya estudiado en profundidad y se interiorizó de su génesis, simplemente, sin entrar a evaluar el contexto de su prístina enseñanza moral y religiosa, no puede dejar de admirar su contenido coherente y sólido, doctrinariamente hablando, como así lo entendieron grandes personalidades y batalladores de las lides espíritas del mundo, y que el tiempo se encargará de reconocer y valorar oportunamente. [Nota del traductor.]
Y lo peor es que dirigentes que están al frente del movimiento espírita saben eso, pero se callan para no crear cizaña en la plaza. La prueba de la incultura y la falta de buen sentido acrecentaron la cobardía moral. Si esa teoría fuese cierta, tendríamos en poco tiempo a los ángeles roustainguistas transformados en criptógamos, para descansote los espíritas culto o incultos, pero de buen sentido. Los dirigentes de Centros necesitan tomar conocimiento de esos absurdos y luchar contra ellos, dado que esas invenciones ridículas atrasan el desarrollo de la Doctrina y apartan de los Centros a las personas que saben pensar. La Doctrina Espírita –plataforma cultural del futuro del mundo- es presentada ante nuestros medios culturales como un delirio místico de multitudes rudas y aprobado y sustentado por intelectualoides de ciudad. Nuca se vio en el mundo una cosa semejante: un monumento de lógica y de criterio científico que nos vino de Francia por las manos de un sabio extremadamente mesurado –el mismo sentido común encarnado, como lo llamaran y lo llaman aún hoy-, transformado por sus propios adeptos en la más absurda miscelánea de todos los tiempos. Ni incluso el Cristianismo fue tan adulterado. En esta fase de transición, en que todo se corrompe, sólo nos resta la esperanza de los Centros Espíritas humildes, donde las personas sinceras no piensan en proyectarse montados en elefantes blancos.
Sólo de la humildad y la pureza del Centro Espírita podrá surgir la reacción salvadora. Pero para eso es necesario que el Centro Espírita tome conciencia y conocimiento de la situación desastrosa en que nos encontramos y de la necesidad de rechazar las mixtificaciones y las adulteraciones con el mismo látigo con que Jesús derrumbó las mesas de los mercaderes del templo y liberó a los animales destinados al sacrificio profanador. Es necesario que los Centros se relacionen entre sí, formando grupos independientes en la línea tradicional de la libertad espírita, a efectos de oponerse a ese proceso suntuoso y petulante de la deformación y desagregación de la Doctrina, que los nuevos rabinos infiltraron en el movimiento espírita despistado. No podemos mezclar los valores y dar a las gentes un producto adulterado. Sabemos que los Espíritus curan –no los médiums-, y ahora quien necesita de cura es nuestro movimiento doctrinario, afectado por más de un siglo de infiltraciones venenosas en su frágil estructura. Abandonemos la pretensión de constituir una Iglesia Nueva, centralizada en una Catedral Federativa, pues ya vimos qué turba de clérigos, muertos y vivos, están siempre dispuestos a invadir el nuevo edificio, como los Espíritus de la parábola vuelven a la casa limpia y ordenada y de ella se posesionan de nuevo, pues su condición será, entonces, peor que la anterior. Las grandes instituciones tienden siempre al mandonismo, al autoritarismo, lo que no aviene, de manera alguna, con los principios democráticos del Espiritismo.
Las personas más simples, ubicadas en una modesta posición en una grande institución, muéstranse luego arrogantes y sabihondas. La vanidad humana está siempre al acecho en el corazón del hombre. Una vez que las circunstancias le brindan una oportunidad, una humilde persona adopta actitudes soberbias. En los cuadros superiores aparecen incluso los supuestos misioneros, seres que se consideran agraciados (no por la bondad, sino por la justicia de Dios) para comandar y salvar a los demás. Ningún Centro, pequeño y humilde, se atrevería a denominarse Casa Mater del Espiritismo, mas una Federación lo hace, se arroga derechos que jamás poseyó ni podría poseer y toma en sus manos predestinadas la dirección del movimiento doctrinario. El crecimiento de la institución, la subordinación de las menores, que temen caer en desgracia ante hombres tan importantes y sabios, completan la obra de la megalomanía humana, y así va todo aguas abajo…
La humildad de los pobres se convierte en fermento de grandezas si le damos un palacio para morar. Hasta mismo los espíritas, con las excepciones naturales de la regla, se dejan entusiasmar fácilmente por las obras suntuosas, olvidándose que el templo de Salomón fue destruido para siempre, pero que el templo humilde del Carpintero de Nazaret, destruido, fue reconstruido en tres días y permanece por siempre. Entre los problemas de la cura espírita, lo que más nos debe interesar, en los trabajos del Centro Espírita, es la cura de la vanidad en el corazón de los hombres. Evitemos la suntuosidad en nuestro movimiento doctrinario si quisiéramos que él se mantenga puro y simple. Nada representa mejor al Espiritismo que el Centro de suelo pisoteado y tejavana, bancos y mesa de madera incrustados en el piso, Zé Sobrinho leyendo el Evangelio en mangas de camisa, en un lugar distante de San Bartolomé, en Sorocabana. Yo lo vi y participé de la reunión rústica, sintiendo la grandeza de la Doctrina Espírita entre aquella gente simple y buena. Allí nadie mandaba y todos se unían espontáneamente en el trabajo de amor al prójimo y loar a Dios.
J. Herculano Pires
Extraído del libro "El centro espirita"
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