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Los residuos del totalitarismo religioso, procedentes de las fases teocráticas de la evolución social y política del mundo, están aún bien vivos y actuantes en nuestro medio y en la mayoría de las naciones. Es natural que eso acontezca, pues la evolución de los pueblos y de sus estructuras socio-culturales es siempre lenta y difícil, en razón de la complejidad de las organizaciones macizas con sus múltiples intereses, tradiciones, costumbres, supersticiones y otros muchos elementos mixturados en los grupos sociales. El arrobamiento social se funda en las fijaciones de padrones de comportamiento, usos y costumbres, modos de pensar y de ser, todo eso constituyendo la trama de lo que podemos llamar instinto social de conservación, mucho más fuerte y poderoso que el instinto de conservación individual. No es raro que nos espantemos con situaciones visiblemente estúpidas o injustas que prevalecen en los medios sociales, sin que nadie se preocupe por modificarlas. Es que las raíces del hábito se entrelazan en el inconsciente colectivo, sustentando conveniencias muchas veces incómodas, pero que la estructura social conserva para protegerse de desfiguraciones o infiltraciones de elementos extraños. La estructura arcaica del Estado continuó influyendo en los Estados modernos, por mayores que sean sus modificaciones.
La ligación genésica de los elementos sociales básicos de las estructuras antiguas: gobierno, poder militar, religión dominante, justicia, represión policial, lengua y folclore corresponden, en su conjunto, a un arquetipo colectivo de la estructura sociocultural. En los países modernos la separación del Estado y la Religión, determinada por las revoluciones religiosas, que lograron gran parte de las masas y de las elites, representa sólo un proceso de acomodamiento. La separación es formal, pues en realidad, en las repúblicas, como en los antiguos imperios, la conjugación Estado-Iglesia se mantiene casi inalterada. Ante eso, los grupos religiosos minoritarios procuran, a su vez, la reivindicación de sus derechos y mantener relaciones similares con el Estado, en defensa de su propia conservación. Y lo hacen por medio de los derechos políticos de la sociedad, procurando elegir sus representantes para cargos gubernamentales. Los intereses inmediatistas hablan más alto que los ideales en el espíritu práctico de los renovadores. Esa es la razón por qué, en el Brasil y en la mayoría de las naciones en que el Espiritismo floreció suficientemente, las instituciones espíritas se enfrentan a veces con problemas de infiltraciones políticas en los Centros. Muchos de ellos se transforman, en tiempos electorales, en verdaderos comités que patrocinan candidatos que surgen del mismo medio espírita o de otros que se ligan a él por algunas afinidades reales o supuestas. Surge entonces el peligro de las deformaciones doctrinarias en los Centros, generalmente conquistados por la posibilidad de la elección de un compañero o aliado para representarlo ante el poder político.
Los espíritas son ciudadanos como los demás y tienen derechos y deberes en el plano político, pero no tienen el derecho de involucrar a una institución doctrinaria en las disputas electorales. Es en ese momento que surge para el medio espírita el viejo problema de la separación del Estado y la Iglesia. No existe iglesia espírita, sino el Centro Espírita. Cuando los dirigentes de éste no están debidamente esclarecidos sobre el tema, pueden transformar el Centro en un comité electoral. Y esto es lo que se debe impedir. La Política es el arte de la administración pública, de la dirección de los negocios públicos. El espírita, como ciudadano, puede y debe participar e ella, de acuerdo con los dictámenes de su conciencia, mas no tiene el derecho de presentarse ante el electorado como candidato espírita, porque el Espiritismo no es, no tiene y no puede tener una posición política. El Espiritismo es la Ciencia del Espíritu y no de la res pública. Es en el examen de este problema que comprendemos la respuesta de Cristo a quienes deseaban involucrarlo en los problemas políticos de su tiempo: “Dad a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”. Que el ciudadano dé al Estado lo que le cabe dar, mas no se olvide de reservar para Dios lo que sólo a Él pertenece: su calificación específica de espírita en el plano religioso. En ese plano el espírita tiene deberes específicos, que son los de la fidelidad a la Doctrina de los Espíritus, a la preservación de su pureza, evitando el desviarla de su objetivo exclusivamente espiritual.
La Política es un campo de disputas, intrigas y conflictos de todo orden. Comprometer al Espiritismo en esa área de discordancias en que hierven las pasiones doctrinarias e ideológicas, es llevar al ámbito espírita las divergencias mundanas, como vemos a través de la historia del pasado y ahora mismo, en la historia contemporánea: las inquietudes y los desajustes del mundo en todo orden. La función política del Espiritismo existe, pero en otro sentido. No le cabe ningún lugar en la disputa de los cargos políticos, pero sí le cabe la formación espiritual de los hombres para que ejerzan, como ciudadanos, una influencia benéfica en la solución de los problemas políticos con la aplicación del buen sentido y la rectitud de su conciencia, y cuando es llevado por las circunstancias, llamado o convocado para cumplir labores administrativas en áreas del Estado. Su esfuerzo por el perfeccionamiento de las estructuras políticas, así como el desinterés puro que demostrare en el ejercicio de sus funciones, sacrificándose por el bien público, no constituyen, tales casos, mixtura de intereses materiales con objetivos espirituales. Para comprender bien eso, debemos recordar que Cristo nunca ejerció ninguna labor política, nunca pretendió asumir posiciones administrativas en la cosa pública, negándose a involucrarse hasta en las luchas por la liberación de Israel, dominada por los romanos (cuestión que los judíos consideraban sagrada, pues mezclaban las cosas de la Tierra con las del Cielo), mas, a pesar de su total abstinencia política, consiguió inyectar en las estructuras políticas del mundo la savia divina de la orientación evangélica. Lo mismo aconteció con Kardec, que pasó incólume en medio de las agitaciones políticas de Francia, en una etapa tumultuosa, sin intentar aprovecharse de sus vinculaciones políticas y dar al Espiritismo, exclusivamente, la función que le cabe como impulsor del desenvolvimiento espiritual de la Tierra. El Espiritismo se relaciona con todos los campos de las actividades humanas, no para enclavarse en ellos, sino para iluminarlos con las luces del espíritu. Servir al mundo a través de Dios es su tarea, y no servir a Dios a través del mundo, que nada puede ofrecer a Dios, sino su obediencia a las leyes divinas. La política es un campo magnético de fuerzas cruzadas que ejerce varias formas de atracción sobre los hombres, conforme a los múltiples y contradictorios intereses que los inspiran. Pero el punto de conexión de las energías políticas con los intereses materiales tiene nombre y sobrenombre: Egoísmo Vanidoso.
En las fases de crisis políticas vemos a los políticos engullirse cobras y lagartos para salvar las situaciones más difíciles. El espírita engarzado en la política tiene que enfrentar todos esos problemas sin proyectar la sombra de sus actitudes contradictorias o falsas en el campo doctrinario de su electorado. En el ejercicio de tareas periodísticas observamos a diversos espíritas de renombre fracasar con sus esperanzas en la lucha política, contrariando las ideas a las que se proponían servir. Perdieran la oportunidad para sí mismos y salieran de la lucha mutilados. Por eso entendemos que el espírita sólo debe actuar en política cuando es convocado para funciones o situaciones que no pueda rechazar, dado que entonces dispondrá del amparo de su independencia, de su desinterés por la carrera y de su disposición para superar las fascinaciones traicioneras del medio. Cuando consigue mantenerse en esa rara posición, presta realmente servicios útiles a la causa pública y a sus ideales, pagando, por ese heroísmo, el precio de profundas desilusiones. El espírita no es ni puede ser ajeno a los interese públicos, pero no debe arriesgarse a los azares de la política si no estuviera impregnado hasta la médula del firme propósito de resistir a todas las fascinaciones del cargo que va a ejercer y sólidamente apoyado sobre los principios de la Doctrina de los Espíritus.
Entre los apóstoles de Jesús había un hombre ambicioso, embriagado de sueños y aspiraciones políticas para su pueblo, que acabó arrojando a los pies de los rabinos del templo las treinta monedas de su traición. El Espiritismo es el fermento de un nuevo mundo en que la política estará libre de esa condición amarga y peligrosa. Si quisiéramos ayudar a la política a elevarse con rumbo hacia el futuro, no es a ella que debemos entregarnos, sino a la introducción de los ideales espíritas en la conciencia humana, dado que sin el fermento la masa no crece. Tuvimos la ocasión de ver candidatos espíritas a cargos públicos elaborando proyectos de ley para la constitución oficial de la Iglesia Espírita, con la correspondiente jerarquía eclesiástica, a efecto de dar al Espiritismo –como alegaban- mayor fuerza política. (Repetición de la entrega del Cristianismo al Imperio Romano.) Vimos y oímos prédicas entusiastas de políticos espíritas propiciando la necesidad de crearse la liturgia espírita, con toda la serie de sacramentos, desde el bautismo y el casamiento hasta la intercesión por los difuntos en los Centros. (Capitulación del Cristianismo en le siglo 4 ante las infiltraciones del sincretismo religioso.) Luchamos duramente contra políticos espíritas que intentaban la creación del Partido Político Espírita, que desencadenaría la lucha religiosa en el medio político electoral.
Participamos de asambleas de grandes instituciones doctrinarias que consideraban la tesis de una organización general de los espíritas con objetivos electorales rígidamente programados y ejecutados por las federaciones. (Caída de la Iglesia en los compromisos políticos dominadores.) Fuimos testigos de publicaciones oficiales de instituciones espíritas entregadas a la propaganda política en el medio doctrinario y Centros Espíritas honestos y activos transformados en comités permanentes de candidaturas políticas igualmente permanentes. La cáscara de la banana de las ambiciones políticas, puesta intencionalmente en el camino de las federaciones, provocó resbalones y caídas de espíritas trabajadores y bien intencionados. La ilusión política desorientó a muchas figuras del medio espírita, debilitando con ello el movimiento, y varias de esas figuras llegaron a portar velas encendidas en procesiones nocturnas para no perder prestigio político en los ámbitos de los católicos simpatizantes de la Doctrina Espírita. Vimos también a algunas de esas personalidades entregadas al tratamiento de desobsesiones en Centros que brindan este socorro, y otras, en recogimiento y estado de completa perturbación, participando de esos trabajos en Hospitales Espíritas. Leímos libros de conocidos espíritas, estudiosos y cultos, defendiendo ideologías de derecha y de izquierda en nombre de la Doctrina, y también asistimos a los estragos de las juventudes espíritas, dotadas de toda la agresividad propia de los jóvenes, promoviendo movimientos políticos y sustentando tesis violentas a favor de un Espiritismo más integrado con la realidad social. Felizmente esa zarabanda de locuras pasó sin perturbar a la mayoría absoluta de los espíritas. La amenaza fue resistida por el movimiento doctrinario y por la Doctrina, pero ella nos mostró, vivamente, la lamentable falta de conocimiento de la Doctrina Espírita y de las consecuencias a que esa ignorancia (incluso de parte de personas ilustradas y estudiosas) puede llevar al movimiento doctrinario. En todos esos casos, la fascinación política se conjugaba con interpretaciones sofistas de principios doctrinarios que justificaban (no intencionalmente) los peligrosos desvíos del pensamiento espírita.
En el Centro Espírita, por esas y otras razones, no se puede restringir las actividades apenas al aspecto religioso y asistencial. Además de los cursos que deben ser impartidos sobre la Doctrina, con método y persistencia, es necesario que en todas las sesiones sean pronunciadas breves exposiciones elucidadotas, seguidas de diálogos entre los asistentes con el expositor. Sin el constante y libre estudio de la Doctrina –dirigido sin pretensiones, pero también sin el temor a abordar los puntos más difíciles de la Doctrina- no conseguiremos superar el estado embrionario en que aún permanece una gran parte de nuestro movimiento doctrinario. Y si no superáramos ese estado, continuaremos expuestos a todos los peligros que consideramos y a otros que podrán sobrevenir. El Centro Espírita posee los elementos seguros para la realización de ese objetivo. Basta que los dirigentes, por más modestos que sean, no se olviden de la brújula que les permitirá navegar con seguridad por las aguas más tumultuosas: la Codificación de Allan Kardec. Basta con un esquema de los puntos esenciales de la Codificación, mantenido obligatoriamente en los trabajos públicos, y un rechazo de la mixtificación roustanguista y de las novedades sin ninguna autoridad que son sembradas en nuestro medio por personas sistemáticas y vanidosas, para lograrse buenos resultados. Kardec es la base y la cúpula de la Doctrina Espírita, con le apoyo, que nunca le faltó, del Espíritu de Verdad. Si no queremos novedades es porque los noveleros sólo se apoyan en sus lucubraciones individuales pretenciosas. Nadie –ni incluso Kardec, si estuviese solo en la elaboración de la Doctrina- conseguiría construir el monumento de lógica insuperable que él, con ayuda de los Espíritus superiores y su trabajo gigantesco de investigación, logró dejarnos como legado. Si no respetamos ese monumento, lo mejor que podemos hacer es cambiar de campo doctrinario, dejando al Espiritismo avanzar por sí mismo.
J Herculano Pires
Extraído del libro"El centro espirita"
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