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Las raíces africanas PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Miércoles, 11 de Agosto de 2010 14:42

El Centro Espírita se presenta a veces, entre nosotros, con la doble forma de Centro y de Terreiro* . Eso repugna a la mayoría de los espíritas que ven en el Terreiro una expresión de las prácticas supersticiosas africanas, innegablemente de origen salvaje. En realidad, eso acontece por falta de estudio de la Doctrina Espírita en los Centros. Los culpables de ese hecho no son las personas simples que creen en la fuerza de Orixá** más que en la ayuda inteligente de los Espíritus esclarecidos.La culpa es de los dirigentes de los Centros que se atreven a dirigirlos sin adquirir ni los más elementales conocimientos de los principios del Espiritismo. En última instancia, la culpa es de nuestra pobreza cultural. Pero esto no nos debe escandalizar tanto, pues también lo mismo ocurre en los altos niveles de la cultura nacional y mundial, en que numerosas personalidades doctoradas en distintas disciplinas incurren en la misma confusión.

* Terreiro: Nombre con que se designa a los locales en que se celebran las ceremonias de fetichismo afro-brasileño, tales como el de Umbanda, que penetró en los últimos años en la Argentina y que llega también a la incoherencia y desajuste léxico de denominarse, en oportunidades, Umbanda Espírita. [Nota del traductor.]
** Orixá: Divinidad secundaria del culto afro-brasileño. [Nota del traductor.]

En las universidades de Brasil y del mundo, donde los problemas culturales son amplia y minuciosamente examinados, los doctores en sociología revelan, hasta en sus mismas tesis doctorales, una extraña ignorancia al respecto, ya que utilizan la palabra Espiritismo –vocablo culturalmente consagrado de la Doctrina Espírita- para referirse a las más variadas manifestaciones de magia primitiva y de mediumnismo popular. Ante esa ignorancia generalizada, no podemos condenar a nuestra gente humilde por tales confusiones. La palabra Espiritismo fue creada por Kardec para designar a la Doctrina que él estructuró con los elementos de la revelación de los Espíritus superiores, transmitidos a través de médiums en las sesiones experimentales, además de los frutos de sus investigaciones personales y de las deducciones que de ellas naturalmente extrajera.

Esa Doctrina, como lo reconocieron todos los estudiosos serios del mundo, se halla constituida de partes sucesivas que se corresponden con las del conocimiento: la ciencia, la filosofía, la moral y la religión. Kardec siempre consideró a la religión, en el Espiritismo, como una consecuencia de las anteriores secuencias. Procedió así para no confundir a la Doctrina Espírita con las confusas y perecederas teologías de su tiempo, tan pasajeras que llegaron hasta nuestros días discutiendo en torno de un problema sin sentido, el desenvolvimiento de la Teología Radical de la Muerte de Dios. Dios murió. Esa fue la grande conclusión de los teólogos en nuestro tiempo.

Limitándose a la ciencia y a la filosofía espíritas –como médula estructural y sólida de la Doctrina-, Kardec consideró a la moral y a la religión espíritas como derivaciones naturales y necesarias de la nueva concepción del Universo, del hombre y de la vida que la Doctrina establecía. En sus discusiones con los sabios en la Universidad de Francia, en que fue director de estudios, y posteriormente en la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, con sus compañeros de investigación y con sabios que lo visitaban, ubicó de un modo preciso ese problema. El Instituto de Francia reconoció a la filosofía espírita. En el Brasil, en un libro publicado por la Universidad de San Pablo y por el Instituto Brasileño de Filosofía, la filosofía espírita es presentada como parte integrante y activa de nuestro panorama filosófico.

Los dirigentes de Centros Espíritas necesitan tener conocimiento de este asunto a efecto de evitar la mixtura de prácticas africanas en sus instituciones. No se puede mezclar una doctrina científica y filosófica con prácticas de magia primitiva de las selvas. No se trata de un repudio al mediumnismo y a su mentalidad mágica, sino una cuestión de método y de cultura. La idea popular de que los trabajos de Umbanda y Candomblé son más fuertes y eficaces que los trabajos espíritas, proviene del desconocimiento de los problemas espirituales. Cuando se trata de cuestiones espirituales –como Kardec enseño de una manera sumamente clara-, de nada valen los objetos e ingredientes materiales usados en los cultos africanos e indígenas del Brasil. No se resuelve ningún problema espiritual con explosiones de pólvora, puntos y rayas trazados en el suelo, ingestión de bebidas alcohólicas, pies descalzaos sobre la tierra, bailes, encendido de velas, lanzamiento de flores y diversos objetos al mar, rasuramiento de los cabellos, bautismo con sangre de gallina negra y otras supersticiones de esa naturaleza. Que los negros africanos salvajes creyesen en todo eso y en la fuerza de tales prácticas, era natural y justificable. Pero que personas civilizadas, o por lo menos nacidas en un medio civilizado aún se apeguen a esas cosas, es verdaderamente para admirar.

Todas las prácticas africanas fueron traídas al Brasil y a otros países americanos por el tráfico de negros en tiempos de la esclavitud. Ya en el África esas religiones primitivas se mezclaron con el catolicismo de los misioneros blancos y con el islamismo de los árabes. Aquí en el Brasil se sumaron las contribuciones de las religiones primitivas de nuestros indios. Se desarrolló entonces lo que científicamente se denomina sincretismo religioso afro-brasileño. Los santos católicos fueron asimilados a los dioses africanos. Jesús pasó a llamarse Ósala, Nuestra Señora se convirtió en Iemanjá, Santa Bárbara en Iansa, y así sucesivamente. De nuestras religiones indígenas, la práctica que más se infiltró en el sincretismo fue la de Poracé, parte nacional del Candomblé africano. Como todas las religiones primitivas están volcadas hacia los intereses materiales –solución de problemas materiales a través de procesos mágicos-, la creencia popular se apegó a esas prácticas, dando un enorme impulso a la expansión del sincretismo entre nosotros. Además, las escenificaciones rituales creadas por el pueblo, enriqueciendo nuestro folclore, atrajeron a las multitudes, incluyendo a extranjeros de cultura europea. Gracias a eso, ya estamos exportando Umbanda, Candomblé y Quimbanda por el mundo.

Es una victoria de lo primitivo sobre lo civilizado, que lleva siempre en sí mismo las raíces africanas del primitivismo. Son comprensibles las razones de todo eso, pero no se puede comprender que en un Centro Espírita, iluminado por las luces de la Doctrina Espírita, sea aceptada la introducción de esas prácticas primitivas. Las energías espirituales superiores, empleadas por los Espíritus benevolentes en los trabajos espíritas, son mucho más poderosas que todas las fórmulas mágicas de las selvas. No despreciamos a esas prácticas ni las condenamos, pues ellas nos revelan las tentativas del hombre salvaje por dominar la magia de la Naturaleza. Pero ese dominio ya fue logrado por las ciencias, que después de su fase materialista ya penetraron en las entrañas de la materia y alcanzaron la esencia espiritual del hombre, de los seres y de las cosas. El mismo Espiritismo, tan encarnizadamente combatido por las ciencias, está hoy comprobado por las conquistas científicas de nuestro siglo. Los dirigentes de los Centros Espíritas necesitan conocer estos problemas, si es que quieren realmente dirigirlos. Si persistieren en la ignorancia, en el cultivo de sus supersticiones, en la falta de lectura y de estudio, seguros de que todo lo saben respecto del tema, terminarán como el ciego de la parábola cayendo por el barranco y llevando consigo a los demás al fondo del precipicio.

El nivel mental de una persona civilizada no puede estar tan bajo que se asemeje al de los salvajes. Existen, por tanto, un problema grave de desfasamiento cultural, de desnivel mental, que los espíritas precisan encarar con seriedad ante la ley de evolución. El sincretismo es un retorno a la mentalidad de la selva. Quienes a él se entregan, generalmente por intereses inferiores de orden material, están intentando volver atrás en su evolución. De ese esfuerzo retrógrado resulta siempre el efecto negativo del atraso mental y espiritual. Y por ello, el Centro Espírita, infestado por esas prácticas, se convierte en un organismo en proceso de deteriorización. Gira en sentido contrario a su finalidad superior apegándose, cada vez más, a los intereses pasajeros de la vida terrena. Es admisible la existencia de los terreiros, en que los hombres y los Espíritus aún apegados al primitivismo realizan sus cultos y experiencias retardatarios. Pero no es aceptable, bajo ningún concepto, la mezcla de esas prácticas contradictorias en un local espírita. Quien prefiere el sincretismo que concurra a un terreiro, pero quien siente la ansia de elevación espiritual que no se engañe con la supuesta fuerza se las prácticas selváticas. Muchos alegan que en esas prácticas están presentes los Espíritus. Conviene recordar que los Espíritus están en todas partes, pues son, como enseña Kardec, elementos naturales, como las piedras, las plantas, los animales, pero cada uno está en su respectivo nivel de evolución.

El hombre es el Espíritu que se elevó sobre todos esos grados naturales y alcanzó los planos superiores de la conciencia. Su responsabilidad espiritual –como decía Léon Denis- es grande y pesada. En el Centro Espírita la comprensión de ese problema debe ser permanente, por lo menos de parte de quienes lo dirigen. Igualmente, necesitamos profundizar nuestra comprensión del problema de los negros entre nosotros. Los adversarios del Espiritismo suelen alegar a menudo que en las prácticas doctrinarias siempre se presentan Espíritus de negros e indios, lo que demuestra la condición inferior de la Doctrina y del medio espírita. Podemos recordar la influencia del negro y del indio en la cultura norteamericana y la supremacía del Espíritu indio Silver Brich en le movimiento espírita inglés. Las razones de eso son históricamente visibles. Nosotros, los blancos, establecimos el tabú de la superioridad racial del blanco en el mundo. Invadimos el África para explotarla y cazar a sus hijos como animales, sometiéndolos a la esclavitud. Hasta hoy mantenemos en el mundo condiciones racistas intransigentes. Después de siglos de explotación y humillación del negro, iniciamos la colonización africana por motivos económicos, valiéndonos de las devastaciones y las crueldades. No dejamos en el África la herencia de la civilización que debíamos dejar, sino la herencia de la barbarie, con que las naciones africanas luchas desesperadamente. No somos acreedores del África, sino deudores de ella. Es natural, entonces, que los dioses negros, Espíritus protectores de las razas negras, hayan invadido nuestra área cristiana.

Lo que la catequesis blanca no consiguió hacer con negros e indios, las leyes sociales de la miscigeneración lo hicieron a través del sincretismo religioso. Sin no hubo conversión del negro por la sujeción de la fuerza, hubo mestizaje racial y cultural por la fusión de las mitologías negra y blanca. Las religiones mestizas, a que se refirió Euclides da Cunha en Os Sertôes, consumaron la fusión fraternal en el plano de los intereses inmediatos de ambos lados. En el proceso natural de la reencarnación el mestizaje se diluye, de siglo en siglo, por la reencarnación de Espíritus de las razas blancas en cuerpos negros, y viceversa. Muchos blancos orgullosos del pasado se manifiestan hoy, a través de la mediumnidad, como negros e indio, pues tuvieron, en encarnaciones de ese género, la posibilidad de aprender las lecciones necesarias para alcanzar la humildad, corrigiendo excesos y arrogancia de otros tiempos. Los terreiros del sincretismo religiosos conservan las raíces africanas e indígenas de nuestra formación, propiciando a blancos y negros oportunidades para revisiones anímicas y concienciales. Blancos beneficiados por Espíritus de negros e indios, y viceversa, se reajustan en el plano del respeto y la dignidad del hombre, sin pretenciosas discriminaciones epidérmicas. Esa superación del pasado es mucho más importante para el futuro del mundo que los avances tecnológicos con sus consecuencias altamente negativas. Además, los espíritas tienen una deuda moral y espiritual para con las religiones negras y mestizas.

Cuando Luíz Olímpio Telles de Menezes lanzó en Bahía el primer periódico espírita, O Eco de Além-Túmulo, en el siglo pasado, la Revista Espírita de Kardec registró el hecho con asombro, por considerar al Imperio Brasileño, estrechamente ligado a la Iglesia Católica, como uno de los países más refractarios al Espiritismo, como realmente lo era. Pero en esos mismos tiempos las prácticas de Macumba en el Brasil rompían las barreras católicas y abrían la brecha necesaria para la penetración del Espiritismo en nuestra tierra. No podemos olvidar esa contribución importante de negros e indios para la depuración de nuestro asfixiante clima religioso. La propia aparición del primer periódico espírita ya era una demostración de que los tambores de la selva superaban esas barreras hasta entonces inexpugnables. Señoras y señoritas socorridas, en angustiosos sucesos familiares, por medio de las prácticas negras e indígenas, suavizaban las barbas hirsutas de los señores, que disminuían su ferocidad racista. Las prácticas negras e indígenas constituían entonces el socorro del cielo a la nueva nación que nacía. Ese problema histórico fue olvidado por casi todos los sociólogos estudiosos de nuestra formación racial y cultural fundada sobre la base del proceso de mestizaje racial y cultural. Fue por esas y otras cosas más que la sentencia popular brasileña: Dios escribe derecho con trazos torcidos, surgió y se propagó entre nosotros. Ante soso hechos históricos innegables, tenemos que respetar las formas de sincretismo religioso afro-brasileño como elementos pertenecientes genésicamente a nuestra formación nacional. Pero el respeto y la gratitud no autorizan el abuso de la mixtura de los elementos diversos que provienen del proceso de evolución nacional. El sincretismo religioso es un recurso natural de la evolución cultural de los pueblos, para elevar las culturas inferiores al nivel de las más adelantadas. Fue así que Grecia se elevó al nivel del Egipto antiguo, así como Roma absorbió la religión y la cultura griegas. Pero esas ascensiones colectivas dependen del tiempo.

El ritmo del sincretismo religioso afro-brasileño se aceleró entre nosotros en medio de la Segunda Guerra Mundial, procesándose hasta nuestros días en constante progreso. Nuestro crecimiento industrial de posguerra, las inquietudes políticas y las fluctuaciones financieras, la crisis del Catolicismo y, sobre todo, la explosión demográfica, con la invasión de las grandes ciudades por olas sucesivas de poblaciones rurales, son los factores de ese aceleramiento, mostrando la íntima ligazón entre el desenvolvimiento social y el sincretismo. Claro que, de la misma manera y por los mismos factores, creció el movimiento espírita en todo el país. Las masas de inmigración rural, particularmente del Norte y Noreste, venían impregnadas del misticismo de mestizos y sobrecargadas de formas sincréticas. Esas masas son las que están aportando un gran número de seres más sensibles a los Centros Espíritas y a las religiones de tipo mediúmnico, como las sectas pentecostales y orientales, particularmente japonesas, ligadas a prácticas espiritoides, es decir, semejantes a las prácticas de manifestaciones espirituales, pero sin el control racional de la Doctrina de los Espíritus.

La asimilación es visible: a través de los Centros Espíritas y otras instituciones doctrinarias las masas de varias procedencias van asimilando las enseñanzas espíritas e integrándose en sus prácticas. Tenemos así, toscamente esbozado, el panorama de cuatro siglos de evolución espiritual del Brasil. Las raíces africanas del sincretismo, que son las más importantes, ofrecen, ya hoy, una gama creciente de formas sincréticas que van desde el terreiro negro-mestizo, con sus rituales típicamente salvajes, hasta los más inclinados a la imitación católica y los grupos intelectualizados que se esfuerzan inútilmente por atribuir a la Umbanda (principalmente a ésta) un origen indiano por medio de teorías pretenciosas que deforman la verdad histórica y social. El impulso de ascensión se muestra palpable en la realidad de ese proceso. Cabe al Centro Espírita la responsabilidad de vigilancia en la defensa de la pureza doctrinaria del Espiritismo, ante la violencia y la confusión de esa fase crítica del desenvolvimiento del sincretismo. Por tal razón, el estudio del problema en los Centros se convierte en un imperativo del momento espírita nacional. Pero es necesario criterio lógico, mucha comprensión, humildad y amor para que los Centros puedan cumplir su misión esclarecedora y orientadora.

J.Herculano Pires
Extraído del libro "El centro espirita"