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Función del egoísmo en el desarrollo humano PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Lunes, 31 de Mayo de 2010 15:32

134. Todo tiene su utilidad en la Naturaleza. El Universo es teleológico, finalista, busca siempre y en todo una finalidad. Los filósofos antifinalistas apoyan sus teorías en el error humano de todos los tiempos, que consiste en considerar a la Naturaleza como creada especialmente para el hombre. Ese error se originó en la prehistoria, acompañó a las civilizaciones primitivas y se enraizó en las civilizaciones posteriores. Hasta los dioses y demonios de toda la Antigüedad fueron puestos al servicio del hombre, que, aunque los reverenciaba, pretendía utilizarlos como sus auxiliares. El Universo tiene, naturalmente, una finalidad única y superior en la que todas las finalidades se conjugan en un resultado único. Mas ese resultado escapa a nuestras posibilidades de investigación, de comprensión e incluso de imaginación. La más inútil de las cosas y los más perjudiciales de los seres son necesarios. Y ser necesario es ser indispensable, es pertenecer a un eslabón de esa cadena inimaginable que Kardec nos presenta en esta frase tantas veces repetida en El Libro de los Espíritus: Todo se encadena en el Universo.

135. Los problemas ecológicos de la actualidad, surgidos con el desarrollo tecnológico, dieron énfasis a la importancia de la Ecología, ciencia de las relaciones entre el sujeto y el medio e incluso entre el objeto y el medio. El medio físico en que vivimos, con sus elementos naturales configurando determinada situación mesológica humana (Mesología = Ecología), está formado por una infinidad de intercambios necesarios a la vida vegetal y animal. La ignorancia del hombre al respecto, intentando aniquilar elementos nocivos del medio, desencadena desequilibrios peligrosos e incluso fatales. Cuando minerales, vegetales y animales considerados perniciosos, son retirados de su ambiente, se pone de manifiesto la función que cumplen en beneficio del medio y tienen que ser repuestos o substituidos por otros que los compensen. Ese delicado equilibrio de las cosas mínimas se presenta también en las cosas máximas, como es el juego de fuerzas que sustentan el equilibrio planetario y el equilibrio galáctico en el espacio sideral. Lo mismo acontece con los varios aspectos físicos, psíquicos y espirituales de nuestra estructura corporal. Por esta razón, del Espiritismo se excluyen todas las prácticas de mortificación, extinción, asfixia o desarrollo de funciones, instintos, percepciones o poderes inferiores y superiores del ser humano. Cada persona debe ser respetada en su integridad, con sus defectos, deformaciones, deficiencias, etc., etc. Sólo tenemos el derecho, que es también deber, de auxiliarlas en su proceso natural de examinarse y reajustarse en su rumbo natural hacia la trascendencia espiritual. Y ni siquiera la mediumnidad debe ser desarrollada por supuestas técnicas provenientes de tradiciones místicas o inventadas por pretendidos maestros espirituales. El Espiritismo se opone a todas esas tentativas imaginarias, que pueden llevar, como han llevado, a muchas personas a desequilibrios graves.

136. El egoísmo, la vanidad, el orgullo, la presunción y la ambición representan elementos negativos en la constitución del ser humano, que deben ser eliminados. Mas esa eliminación no se obtiene por los métodos antiguos de las instituciones religiosas, empleados todavía a pesar de los terribles males que causa. Kardec y los Espíritus Superiores, en sus comunicaciones, consideran el egoísmo como una verdadera plaga que impidió el desenvolvimiento real del Cristianismo en la Tierra. Pero jamás aconsejaron métodos artificiales para combatirlo. Las penitencias, los cilicios, el aislamiento, las autoflagelaciones de toda especie, que hicieron más negra la Edad Media y aún hoy se esconden en las grutas de la ignorancia religiosa, sólo servirán para desequilibrar a millones de personas. ¡Triste y pesado legado de la Antigüedad a nuestro tiempo! Santo Tomás de Aquino advirtió: “Madres, vuestros hijos son caballos”; y la educación de los niños se transformó en domesticación, en un proceso aplastador de la sensibilidad infantil y de las esperanzas de la adolescencia. Generaciones refrenadas salieron de las caballerizas escolares en las que los maestros domaban a los niños y a los jóvenes a golpes y castigos brutales, para moldearlos según los modelos establecidos para la formación de multitudes sojuzgadas. Todos nosotros cargamos todavía las huellas profundas y dolorosas, deformantes, de las relaciones humanas en la Tierra. Con LA CARIDAD los hombres van aprendiendo a salir del egoísmo y marchar hacia el altruismo, a no pensar sólo en sus problemas particulares, a no emplear su tiempo y bienestar sólo con los familiares, y sí a llevar un poco de ellos mismos y de sus recursos a la familia mayor que sufre allá afuera. Esa es, en el Espiritismo, la finalidad del principio cristiano de la caridad. Por eso la caridad espírita no puede rodearse de barreras y dificultades, de exigencias y desconfianzas. Debe ser amplia y generosa, accesible a todos, evitando constreñir o humillar a los que la reciben. El ego es como una flor que primero está cerrada en la yema o brote para después irse abriendo en el capullo y por fin donarse en los frutos.

137. Intentemos visualizar el proceso de la formación del ego, para que comprendamos la función del egoísmo. La dialéctica espírita nos enseña que el espíritu no individualizado, como elemento espiritual catalizador capaz de atraer y aglutinar la materia dispersa por el espacio, se une a la materia para darle forma, para estructurarla. Podemos seguir ese proceso en el caso humano, en donde el ego aparece desde la infancia como el centro de la personalidad en formación. El niño es egocéntrico, es el eje en torno al cual giran las atenciones y las afecciones de la familia. Se convierte, naturalmente, en el centro del mundo; porque esa es la manera de consolidar su individualidad. Todo cuanto ésta atrae y absorbe del ambiente, del ejemplo familiar, de las relaciones progresivas en la escuela y en las juegos, es automáticamente centralizado en el ego, que es su punto interior de seguridad ante las dispersividad del mundo. La yema cerrada de la planta centraliza sus energías preparando el momento de abrirse en la flor, colorida y perfumada. Esa es la primera función del ego, esa función no es egoísta, sino centralizadora por necesidad de la estructuración interna. Cuando esa estructura se define como tal, el niño se abre tímidamente para ofrecer al mundo su contribución inicial de belleza y ternura. Es un nuevo ser que surge en el mundo, vestido con el ropaje de la inocencia, (como dijo Kardec), y al mismo tiempo trayendo la incógnita de un pasado con ideas y hábitos negativos que nos fueron impuestos a la fuerza por milenios de brutalidad civilizadora, y que se irán revelando poco a poco según el esquema de un destino. Por eso, nuestro tiempo, en el que hemos tomamos conciencia de lo absurdo de esa matanza universal realizada en nombre de Dios, se muestra dominado por inquietudes y desesperaciones, revueltas y locuras, psicopatías y obsesiones que llevan a la especie humana a todos los desvaríos incluyendo el suicidio individual y colectivo.

Tenemos que examinar esa situación a la luz del Evangelio desfigurado, malinterpretado y muchas veces contradicho descaradamente por las teologías del absurdo. Y tenemos que confrontar ese mundo hospicio, en que la locura mansa de los clérigos y de los fascinados por la mentira consciente o inconsciente, es la más peligrosa de todas, porque genera la hipocresía de las voces engañosas y del comportamiento social simulado. La simulación en la lucha por la vida, estudiada por José Ingenieros en un libro atemorizante, es el síntoma más evidente de las condiciones patológicas del hombre actual, quien se ha convertido un en ego atrofiado, y por eso mismo vacío y ávido, que todo lo quiere exclusivamente para sí mismo. Y eso a tal punto que la palabra caridad, definida por el Apóstol Pablo en una síntesis insuperable, y adoptada por Kardec como el fundamento de la evolución humana, se ha transformado en el lenguaje actual en sinónimo de hipocresía. En el propio medio espírita encontramos los imprudentes que condenan esa palabra, sin profundizar en su sentido. Y hay los que pretenden disciplinar la caridad, fiscalizar el aprovechamiento de los beneficiados y exigirles el cumplimiento de determinadas condiciones para merecer la ayuda. Hay también los que alegan la inutilidad de esa forma de ayuda. Esos no piensan en el bien que puede representar una palabra amiga y confortadora, una visita de solidaridad, una ayuda de emergencia a quien está desprovisto de ropas para enfrentar el invierno o del remedio para aliviar una llaga.

La caridad espírita no es limosna, es donación de amor, solidaridad humana que vale no sólo por la ayuda material que ofrece, sino sobre todo por el fortalecimiento de las relaciones humanas. Su práctica no tiene por finalidad sanar los males sociales con remedios eventuales, sino cambiar en la Tierra las formas egoístas de la relación humana, para que ésta se amplíe y profundize en las dimensiones superiores del altruismo. En ese extraño panorama de castas privilegiadas, pueblo necesitado y multitudes miserables, el Espiritismo considera la mecánica de la caridad como el instrumento ideal para abrir corazones, despertar conciencias y alentar esperanzas. Las ideologías políticas presentan fórmulas que tienen efectos superficiales o emprenden reformas, muchas veces penosas, de las estructuras sociales, mas el Espiritismo restablece la técnica simple del Cristo, que toca lo íntimo de las criaturas para alcanzar las causas profundas de los desvíos. En cada reencarnación el ser repite al mismo tiempo la filogénesis material y la espiritual del hombre, tanto en el desarrollo del embrión como en la apertura progresiva del egoísmo en el medio social. Veamos los vectores de ese proceso doble en las líneas de la trascendencia.

a) - En la magia del amor, reminiscencia de las atracciones amorosas en la caverna, la pareja humana se une al impulso de los instintos reproductores y los genes se funden en el vientre materno produciendo el embrión, síntesis de las formas animales superadas por la especie. La recapitulación genética reintegra el espíritu a la línea filogenética y restablece el poder centralizador del ego. En la gestación, el paralelismo psicofísico reorganiza las fuerzas de la evolución por el camino de la ascención. Las formas humanas anteriores se subliman en el caos instintivo y unidas a los factores hereditarios generan la nueva forma humana. El espíritu unido al caos ejerce funciones selectivas para la conformación del nuevo ser, regulando las energías de la conciencia que representan las conquistas del pasado y los autocastigos por los errores y crímenes anteriores. Con su bendición, la Providencia Divina confiere al nuevo ser un aspecto inocente, lo cual le permitirá obtener el afecto de los familiares para el restablecimiento de las afectividades perturbadas o para la profundización de los afectos sobrevivientes. El nuevo cerebro está virgen, como la tabula rasa de los empiricistas ingleses, presto a grabar una nueva lista de recuerdos en la nueva memoria que se esta organizando. En el archivo del inconsciente (la conciencia subliminal de Myers) las herencias válidas permanecen ocultas, pero preparadas para emerger en la conciencia de relación mediante el mecanismo de la asociación de ideas y sentimientos.

b) - Vencida la etapa uterina y la primera infancia, el ser se muestra dispuesto a enfrentar las vicisitudes de una nueva existencia. Recobró la vida terrenal en las entrañas de su madre, gracias a las influencias psicofisiológicas del organismo generador de su nuevo cuerpo. Revela anomalías o perfección física o mental, según su pasado. Es de nuevo el centro del mundo y trae en sí mismo los factores de su desarrollo y maduración. En el hogar, esos factores se manifiestan enseguida, mas van a sufrir las influencias modificadoras de la familia y de la escuela, para el ajuste necesario a las nuevas condiciones de su vida. El instinto de imitación favorece su adaptación al nuevo mundo. El ego centralizado vuelve a abrirse en esas relaciones primarias, mediante el desarrollo selectivo de la afectividad. Sus preferencias son todavía impulsivas, provocadas por factores ambientales y circunstanciales, mas poco a poco se define la línea preferencial de la razón, revelando las afinidades ocultas. El ser toma pie en la realidad y manifiesta sus tendencias vocacionales. Es el momento de la reintegración a los esquemas frustrados del pasado, o de renovar el esquema presente en vista de las nuevas exigencias de la realidad nueva.

c) - La crisis de la adolescencia va a revelar en breve la posición óntica precisa o indecisa del nuevo ser, heredero de sí mismo y de las contribuciones paternas y maternas, familiares y sociales, excitadas por el medio cultural y reorientadas por la influencia espiritual de las entidades espirituales que lo protegen y lo asisten constantemente. Está completa la tarea de la resurrección de la carne. De ahí en adelante, el nuevo destino del ser hacia la trascendencia dependerá de su propia conciencia. Está preparado y aparejado para enfrentarse a la juventud con sus graves opciones, a la madurez con sus desafíos, a la vejez con su recapitulación de toda la odisea de esa existencia que debe haberlo elevado por encima del pasado en el proceso irreversible de la trascendencia espiritual. El egoísmo del adulto será la señal de un disturbio psíquico: EL INFANTILISMO. El altruismo será el trofeo conquistado por su victoria en la escalada evolutiva.

138. Su regreso a la vida espiritual lo colocará ante su verdadera situación. Será ciertamente un victorioso en muchos aspectos de su personalidad, mas el fracaso en su intento de trascender el egoísmo le mostrará que todas las conquistas secundarias no pueden compensarlo. Tendrá que volver a la existencia terrenal, reencarnar, vivir situaciones de renunciación forzada, no compulsorias, sino de su propia elección, hasta conseguir la difícil superación del apego a sí mismo. Por su propia naturaleza, pues es el elemento centralizador de su estructura óntica, es decir, el responsable de mantener su unidad, el ego es la gran barrera contra la cual se quiebran los impulsos de la trascendencia. Su solipsismo tautológico, (esto es, su tendencia repetitiva e inútil a la concentración egoísta por considerarse como la realidad única) retuerce su espíritu, adheriéndolo magnéticamente a sí mismo. La parábola del mozo rico en el Evangelio nos da el más claro ejemplo del apego al mundo generado por el egoísmo en los espíritus que se dejan fascinar por las ilusiones materiales. El ego genera las falsas ideas de superestimación individual, de segregación del individuo y su grey, considerando a los demás como extraños e impuros. Actúa como un centro hipnótico absorbente, impidiendo que el ser se abra al altruísmo, cerrándole el entendimiento para todo lo que no se refiera a sus intereses individuales. La vanidad, la arrogancia, la prepotencia, la insolencia, la brutalidad forman parte del cortejo de estupidez de las personas egoístas y de los espíritus egoístas.

139. Por eso el Espiritismo proclama la caridad como la virtud liberadora, fuera de la cual no hay salvación para el hombre del mundo. La mecánica de la caridad puede desencadenarse en el hombre del mundo por situaciones aflictivas de salud o de problemas familiares o financieros, llevándolo a dar, no raramente por vanidad, la primera moneda a un mendigo. Esa donación insignificante abre una pequeña brecha en el egoísmo. A continuación vendrán otras donaciones más generosas, hasta que la fortaleza del ego se abate y el ser orgulloso puede percibir su propia imagen reflejada en el espejo doloroso de un rostro de pordiosero hambriento. El Espiritismo nos enseña a dar, más allá de la moneda, nuestro amor a toda la Humanidad, sin discriminaciones raciales, religiosas, políticas o de especie alguna. La estructura social de la civilización perfecta no surgirá de las manos de los opresores que todo prometen, sino de las manos humildes de la viuda que depositó su moneda pequeñita y única en el cofre en que los ricos vaciaran sus tesoros para comprar el Cielo.

J Herculano Pires

Extraído del libro "El gran desconocido"