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En verdad, tenemos mucho más que las llamados señales de los tiempos. Tenemos la señalización del nuevo mundo en transformación, en evidente transición, del mundo en que nos criamos. Las generaciones formadas en este siglo pasaron por grandes perturbaciones, como las producidas por la primera Guerra Mundial, y después por la aparición de nuevas formas sociales, como el Socialismo, el Nazismo y el Fascismo, y la ocurrencia brutal de la segunda Guerra Mundial, que resultó en un aceleramiento espantoso de la evolución tecnológica y científica.
Las transformaciones consecuentes de estos hechos aún están en curso, y diariamente las sentimos a nuestro alrededor. En Rusia, después de la perturbación de las invasiones de 1920, surgió una figura de pedagogo que tuvo que enfrentar grandes luchas. Era Makárenko, el educador que transformó a las colonias correccionales de menores, en verdaderas escuelas. Combatido por los teóricos del Partido, perseguido por autoridades de mentalidad esquemática, criticado hasta en el exterior, Makárenko no retrocedió en su esfuerzo de renovar los procesos educativos.
Los menores presos por la policía en los caminos y en las calles, y enviados a las colonias correccionales como criminales, para ser tratados a golpes, eran recibidos por Makárenko de manera festiva. El maestro los consideraba como nuevos colaboradores, para la realización de las obras en curso en su colonia. Les exponía los planos que se ejecutaban, les solicitaba ayuda, los estimulaba en el trabajo. Sobretodo, como él afirma en sus obras, procuraba despertarles la alegría. Su lema era este: “Despertemos en el joven una pequeña alegría y mantengamos la llama, que lo llevaremos a la felicidad ".
En la India, se destaca el trabajo de Tagore, quien en cierta medida es una reproducción hindú de Tolstoi, el renovador educativo de la Rusia zarista. El poeta Rabindranah Tagore, tan conocido nuestro por sus poemas y romances, — sobretodo por su poesía repasada de gran ternura humana y elevada espiritualidad, — procuró encaminar a las nuevas generaciones hindúes a través de un proceso educativo más relacionado con la pedagogía occidental, sin perjudicar los valores propios y tradicionales de los métodos hindúes de enseñanza. La obra de Tagore es una de las señales más evidentes del Nuevo Mundo, así como la obra de Gandhi, quien se destaca más en el campo de la política y de los movimientos sociales. Ambos lucharon para ofrecer a su inmenso país una orientación renovadora, imprimiendo en las nuevas generaciones la marca del Nuevo Mundo. Pero en el Brasil este esfuerzo no es personal, no se centraliza en esta u en aquella persona, en este u en aquel líder. Por lo contrario, es colectivo, y su vanguardia está precisamente en el movimiento espírita.
Esto quedo claro en el momento en que fue necesario levantar la conciencia popular contra las amenazas que pendían sobre la escuela pública. Surgieron rápidamente pequeños e improvisados organismos espíritas de lucha, que desempeñaron, en la práctica, las funciones más eficaces. Porque los espíritas no se perdían en preocupaciones de naturaleza política o sectaria, ni querían destacarse por esta u aquella razón. Daban todo cuanto podían, sin pedir nada. Querían apenas que se resguardase el patrimonio espiritual de la educación democrática en el Brasil, manteniéndose abiertas las escuelas públicas, en número siempre creciente, para el beneficio general de nuestra creciente población escolar. Hoy, superada en parte aquella fase crítica, — puesto que la escuela pública fue resguardada, a pesar de los pesares, — surgen las escuelas espíritas, como organismos de un nuevo tipo, modificando el panorama de la escuela particular.
Estas escuelas son una de las señales evidentes del Nuevo Mundo en nuestra tierra. En ellas, los dos prejuicios fundamentales de la escuela particular se superan: el del comercialismo y el del sectarismo. Porque la escuela espírita nunca objetiva, ni podría objetivar el lucro, como su interés principal. Su finalidad no es hacer dinero, sino enseñar y educar, y sobre todo, educar para el Nuevo Mundo. Y como el Espiritismo no es una secta, ni tampoco una religión organizada, de tipo formalista y dogmática, sino la religión en espíritu y verdad, anunciada en los Evangelios, no hay ni podría haber intenciones sectaritas, y consecuentemente deformantes, en la escuela espírita. Algunas personas nos preguntan si los espíritas no harían mejor, luchando apenas por la escuela pública, en vez de entrar en la competencia de la escuela particular. Esto equivaldría a una fuga. La realidad en que vivimos se constituye, en el plano educativo, de dos campos bien definidos: el de la escuela pública y el de la escuela particular. Sobre ambos, por todas partes, se ejerce el poder deformante del sectarismo religioso. Los espíritas saben cuánto han sufrido con esto, en la carne de sus propios hijos. Dejar que el campo de la escuela particular quede enteramente en las manos de aquellos que pretenden moldear el mundo a su manera, sería huir a la responsabilidad que nos cabe, en lo tocante a la preparación y formación de las nuevas generaciones. El Espiritismo es la señal mayor del Nuevo Mundo frente al mundo actual.
En el Brasil, cuyo destino espiritual es proclamado por los Espíritus y por todos los espiritualistas de mente abierta, la señal espírita es la más fuerte y más poderosa marcante que en cualquier otra nación. Los espíritas no pueden huir, bajo ningún pretexto, a su deber espiritual y humano de orientar a las nuevas generaciones en dirección al Nuevo Mundo, bajo las luces de su doctrina, que es universalista y contraria a todo sectarismo. La presencia de la escuela espírita, en el campo de la escuela particular, será el cumplimiento de un deber y al mismo tiempo una prueba de la fuerza renovadora del Espiritismo.
Unión para la gran lucha.
A esta altura del desenvolvimiento del Espiritismo en Brasil, lo que los espíritas precisan comprender, por lo tanto, es la necesidad de la unión de todos, para la gran lucha que nos desafía. Habrá quienes sueñen con la presencia de los espíritas en la vida política, y quienes desean una actitud firme de los espíritas en la batalla contra las injusticias sociales. Todas las intenciones son nobles, cuando son estimuladas por el ideal espírita. Pero la verdad es que nuestra lucha tiene dimensiones más amplias. Nuestro trabajo debe realizarse en los cimientos, en la base de la vida política y de la justicia social, que es la orientación y la formación del hombre nuevo del mañana. Cuanto mayor sea el objetivo a lograrse, más penosa, más dolorosa y más larga será la lucha. No nos interesan los efectos superficiales. El Espiritismo, como enseñó Kardec, es una cuestión de esencia y no de forma, de fondo y no de superficie. Tenemos que remodelar al mundo a partir de sus fundamentos. Y desde Platón los hombres abiertos han comprendido que las verdaderas transformaciones sociales se hacen por la educación. La educación no es apenas la transmisión de una vieja y caduca herencia cultural, de una generación hacia otra. Será también, y sobre todo, como explicó Dewey, la reelaboración de esta herencia por los herederos, por las nuevas generaciones. Después de Platón, quien demostró la importancia fundamental de la educación en la transformación del mundo, fue Rousseau. Pero antes que ambos estuvieron Sócrates en Grecia, Confucio en China, Buda en la India, y por fin Jesús en Palestina, enseñando y educando a la Humanidad para el Mundo Nuevo que el Cristianismo creó en la Tierra.
Ahora es el turno del Espiritismo. Sus principios constituyen el código de una vida nueva, los fundamentos de una nueva civilización. Y solo a través de la educación podremos tornarlos efectivos en el mundo. Modelando a los hombres, a través de las nuevas generaciones, al fuego renovador de la concepción espírita, estaremos realmente modelando al Mundo Nuevo, puesto que el mundo está hecho a imagen y semejanza del hombre. Vencida, en el primer siglo del Espiritismo, que se cerró el 18 de abril de 1957, la primera gran batalla doctrinaria, que fue la de la consolidación de la doctrina, enfrentamos ahora, en el segundo siglo, la batalla de su expansión e integración cultural. Integrar al Espiritismo en el acervo de la cultura que las generaciones pasadas nos dejaron, transformarlo en vivencia para el Mundo Nuevo, este será nuestro deber, y solo lo podremos cumplir a través de la educación. Procuremos comprender y divulgar esta verdad, para que nuestra gran lucha pueda lograr sus objetivos.
J. Herculano Pires
Extraído del libro "Señales del nuevo mundo"
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