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La pedagogia de Jesús PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Domingo, 31 de Mayo de 2009 17:19

Lo que revela la existencia de un pensamiento pedagógico en la orientación educativa dada por un maestro no solo por sus títulos, son las coordenadas y la estructura de su enseñanza. Toda pedagogía se funda en una filosofía. En el caso de Jesús la filosofía básica es la de los Evangelios. Esta filosofía, que es la misma esencia del Cristianismo, suministra a Jesús las directrices de su enseñanza. Y del análisis de estas directrices resulta el reconocimiento, ya largamente efectuado en el plano pedagógico, de una verdadera Pedagogía de Jesús.

El Pensamiento pedagógico, orientador de los procesos educativos superiores, resulta de la reflexión sobre los problemas de la educación. Jesús no era un educador en el sentido común de la palabra. No poseía, como hombre, ninguna experiencia educativa. Su profesión era la del padre, según la tradición familiar: carpintero.

Dejando de lado los problemas referentes a su origen y naturaleza divinos y encarando humanamente los hechos, ¿podríamos hablar de una Pedagogía de Jesús? La Historia nos muestra la aparición de genios que superaron por si mismos las deficiencias de su formación cultural y dieron lecciones a los maestros calificados.

Este es un capítulo que constituye un verdadero misterio de la Ontogénesis, la ciencia que trata de la formación de los seres. Pero en el Espiritismo el problema se esclarece fácilmente con la ley de la reencarnación. Esta ley nos explica que los espíritus se encarnan en diferentes grados de evolución, lo que a su vez explica las vocaciones que superan el medio cultural en que nacen ciertas criaturas y consecuentemente resuelve el problema de la genialidad.

Francisco Arroyo, en su monumental "Historia General de la Pedagogía", sustenta lo siguiente: "Con el Cristianismo aparece un nuevo tipo histórico de educación. — Jesús es el modelo perfecto del maestro cristiano. Clemente de Alejandría lo llamó el Pedagogo de la Humanidad además el autor nos suministra esta breve pero expresiva lista de obras al respecto: "Cristo como Maestro y Educador, de S. Raue, Berlin, 1902; "Didáctica de Cristo", Metzler, publicado en Kempton, 1908; "Jesús, Educador de sus Apóstoles", G. Delbrel, Paris, 1916”.

Los historiadores de la Educación y de la Pedagogía, entre los cuales Monroe, Hubert, Luzuriaga, Marrou, Riboulet, Messer, Bonatelli, todos reconocen la existencia de una Pedagogía de Jesús que originó las varias formas de la Pedagogía Cristiana, nacida, como señala Arroyo, entre las formas pedagógicas de la Humanidad latina y de la Paidéia griega. No se trata, pues, de una novedad o de un problema controversial, sino de un asunto pacífico en el campo pedagógico.

Fundamentos pedagógicos

Los fundamentos pedagógicos de la enseñanza de Jesús están en su concepción del mundo, abarcando al hombre y a la vida. Esta cosmovisión se opone a la concepción pagana y a la concepción judía. Jesús, así, no es apenas un reformador religioso, sino un filósofo en la plena acepción de la palabra. El modifica la visión antigua del mundo y esta modificación atinge a todas las filosofías del tiempo, no obstante los puntos de concordancia existentes con varias de ellas. Bastaría esto para demostrarnos, a la luz de la Ciencia de la Educación, la legitimidad de la tesis que incluye a Jesús entre los grandes educadores y pedagogos, colocándolo también al frente de todos. No se trata de una posición religiosa, sino de una constatación científica. La comparación entre la idea de Dios del Viejo Testamento y la idea de Dios del Nuevo Testamento nos señala la diferencia entre el mundo judío y el mundo cristiano.

El Dios de Jesús es el padre de todas las criaturas, sin distinciones de razas o posiciones sociales. Esta paternidad universal determina la fraternidad universal. El Dios-Padre del Evangelio no es vengativo ni airado, no comanda ejércitos para destruir pueblos y naciones, sino que ama a todos sus hijos, quiere la salvación de todos y a todos concede su perdón generoso. Como diría Pablo más tarde, el tiempo de la ley y de la fuerza fuera sustituido por el tiempo de la gracia y del amor. Los dioses olímpicos, llenos de pasiones humanas, y los dioses brutales de los fenicios y de los babilonios, los dioses monstruosos de los egipcios, de los hindúes y de los chinos son sustituidos por el Dios-amor y paternal del Evangelio. El propio Jehová irascible de los judíos, celoso y vengativo, pierde su poder sobre el mundo. Los pobres, los enfermos, los sufrientes, los esclavos dejan de ser los condenados de los dioses y pasan a la categoría de bien aventurados.

La virtud no estará más en la bravura y en el heroísmo sangriento de griegos y romanos, sino en la paciencia y en el perdón. Dar es mejor que conquistar, humillarse es mejor que vanagloriarse, responder al mal con el bien es la regla de la verdadera pureza espiritual. Los muertos no están muertos, ni sumergidos en las entrañas de la tierra esperando el juicio final, pero están más vivos que los vivos. De la vieja ley judía no se modificó un solo punto referente al buen procedimiento del hombre de la Tierra, pero todo lo demás fue sustituido por lo contrario. El culto a Dios se cambió por lo contrario: nada más de sacrificios materiales, de rituales simbólicos, de privilegios sacerdotales. El único sacrificio sería el de las malas pasiones, del orgullo, de la arrogancia, de la codicia. La vanidad y la ambición deberían dar lugar a la humildad y a la renuncia. La ignominia de la cruz se transforma en santificación. Las pitonisas y los oráculos son sustituidos por las manifestaciones mediúmnicas de las reuniones evangélicas, como vemos en Pablo, I Corintios.

El objetivo de la vida humana no sería más la conquista del cielo por la violencia, sino la implantación del Reino de Dios en la Tierra. Las riquezas y el poder no son cosas deseables ni envidiables, sino fascinaciones peligrosas que pueden llevar a la criatura humana a la perdición. Los niños no son despreciados, sino los preferidos de Dios, y para tornarnos dignos de Él tendremos que hacernos niños. Matar a los pequeñitos, a los inocentes, a los indefensos no es prueba de valentía ni de coraje, sino un crimen a los ojos de Dios. No se conseguirá la salvación por la obediencia a la ley y por los rituales del culto (las obras de la ley), sino por el perfeccionamiento del espíritu, por la purificación del corazón, por la educación integral de la criatura.

Por esto será preciso nacer de nuevo — no en forma simbólica, sino en aquel sentido que Nicodemos no pudo comprender: nacer del agua y del espíritu (el agua era el símbolo de la materia, del poder fecundante y generador), nacer para redimirse, no de la desobediencia de Adán y Eva, sino de sus propios errores, como aconteció al ciego de Jericó, como le sucediera a Elías reencarnado en Juan el Bautista.

J Herculano Pires
Extraído del libro "Pedagogía Espirita"