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El proceso cultural PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Domingo, 08 de Febrero de 2009 17:32

10. En el proceso histórico del desarrollo de la cultura en nuestro mundo, podemos señalar tres etapas bien definidas.

-Culturas Empíricas.
-Culturas Religiosas.
-Culturas Científicas.

11. Las Culturas Empíricas surgieron de las relaciones primarias del hombre con la Naturaleza, son consecuencia de experiencias naturales. De esas experiencias el hombre elaboró los tres elementos básicos de toda cultura.

-El lenguaje.
-El rito.
-El instrumento.

12. No se trata de una elaboración sucesiva, sino sincrónica; una reelaboración de las experiencias animales. Todo se encadena en el Universo, dice El Libro de los Espíritus. En ese encadenamiento las voces animales se transformaron en el lenguaje humano; las costumbres pasaron a ser los ritos y rituales de la sociabilidad humana y de los ceremoniales religiosos; las garras de los animales se proyectaron en los instrumentos de palo y piedra de que el hombre se sirve al obrar sobre la Naturaleza para adaptarla a sus necesidades de sobrevivencia.

Las experiencias que dieron paso a la Cultura Empírica también excitaron las potencialidades del espíritu, promoviendo su crecimiento aún cuando todavía se convivía en tribus y en hordas. La ley de adoración, proveniente de la idea de Dios innata en el hombre, generó la veneración a los poderes misteriosos de la Naturaleza e instituyó los primeros rituales de reverencia a los pagés o chamanes y a los hechiceros, tanto como al cacique y a los jefes guerreros. El culto a las divinidades de la selva nació de esos rituales.

13. Así, pues, la CULTURA EMPÍRICA generó la CULTURA RELIGIOSA de las primeras tribus sedentarias. Luego, en las primeras civilizaciones agrarias y pastoriles, la idea de Dios se definió con más nitidez al expandirse la Razón bajo la influencia de los ritos de la Naturaleza. El milagro de la germinación manifestado en el ritmo regular de las estaciones, y la proliferación de los rebaños comprobaban la existencia de inteligencias superiores que controlaban los fenómenos naturales y protegían al hombre.

El animismo, proyección del alma humana en las cosas, consideraba a la Naturaleza impregnada por una vida ficticia en la que la piedra, el árbol, el río, el bosque, la montaña, el mar, todo habla y piensa con cualidades humanas. Las manifestaciones espíritas prueban la realidad anímica de la Naturaleza. La idea de Dios, Ser Superior, creador y dominador del mundo, se impuso al hombre con figura, necesariamente, humana. Y como Dios no podía estar solo, fue multiplicado por mitos que simbolizaban sus supuestas actividades ligadas a las actividades humanas. Al mismo tiempo, de las fuerzas destructoras y las manifestaciones de espíritus malignos se originaron los mitos de la oposición a Dios. Nació el Diablo de ese contraste, y se estableció la lucha entre el bien y el Mal, la cual somete al hombre a la esperanza de la protección divina y al temor de los poderes maléficos.

14. La CULTURA RELIGIOSA se configuró al sintetizarse esa dialéctica de lo invisible y de lo visible, del sentimiento y de la sensación, que hizo evolucionar a las civilizaciones agrarias y pastoriles hacia la etapa de las civilizaciones teocráticas que se originaron en Oriente, en las regiones donde brilla la luz cada alborada. Los ritmos de la Tierra y del Cielo, es decir, del día y de la noche, de las estaciones del año, del Sol y la Luna, de las constelaciones anunciadoras de cada cambio en el tiempo, la lluvia y las inundaciones, los terremotos, las erupciones volcánicas, las pestes, las plagas, el relámpago, el rayo y las tempestades exigieron el ordenamiento del caos y, al mismo tiempo, incrementaron la complejidad de los cultos.

Los soberanos de las naciones pasaron a ser hijos de Dios y a poseer poderes divinos. La cultura se fue plasmando con la argamasa de los sentimientos y de las sensaciones. La Fe se definía como sentimiento y sensación en mezclas condicionadas por la Razón, y se expresaba en formulaciones filosóficas. La Teología brotó de ese complejo de misterios como Ciencia Suprema de los videntes y de los profetas, de los hombres más que hombres de que hablaría después Descartes, hombres privilegiados por la sabiduría infusa que desciende del Cielo gratuitamente para iluminar la Tierra. La Cultura Religiosa era vista como una ofrenda celeste que los hombres simplemente hombres no podían tocar con sus manos indignas, ni podían evaluar con sus mentes entorpecidas por los intereses materiales y las ambiciones inferiores de la vida perecedera. El Mundo se dividió en dos partes irreconciliables y de ellas surgieron los conceptos de lo Sagrado y de lo Profano.

Las Culturas Religiosas se desligaron de la tradición empírica, rechazaron la experiencia natural, relegándola al campo de lo profano, de lo pecaminoso. Se entregaron a la locura de lo supuesto, de lo imaginario. El Cristianismo, se envolvió en contradicciones humanas.

-Cayó en la simonía, en el comercio codicioso de sacramentos y de indulgencias, mientras pregonaba la renuncia al mundo y la santidad de la pobreza; -proclamaba la humildad como virtud y se investía de poder político;
-denunciaba al paganismo y al judaísmo como heréticos y asimilaba sus rituales y su política gananciosa;
-pregonaba el Reino de Dios y se apoderaba de los reinos terrestres;
-impugnaba la sabiduría griega y conformaba su saber con imitaciones serviles de Platón y Aristóteles;
-elogiaba la fraternidad y promovía guerras fraticidas en nombre de Dios;
-se erigía en religión del Dios Único y dividía a Dios en tres personas distintas;
-instituía el celibato como virtud y hacía comercio codicioso del sacramento del matrimonio;
-combatía la magia y revestía su culto de poderes mágicos;
-luchaba contra las herejías y cometía la herejía máxima de someter a Dios al poder del sacerdocio en el acto eucarístico;
-atacaba la idolatría y abarrotaba sus templos con ídolos copiados de la idolatría mitológica;
-llegaba al colmo de la enajenación estableciendo el sistema cerrado de las clausuras y de los monasterios segregados;
-preconizaba el Evangelio y negaba al pueblo el acceso a los textos que consideraba privativos del clero;
-propalaba la supremacía espiritual del amor y fomentaba el odio contra los que no aceptan sus principios.

15. La alienación cristiana hace de la cultura un sincretismo de absurdos, asimilados de dogmas y rituales bastardos de iglesias y órdenes ocultas de la más lejana Antigüedad, que transforman el conocimiento en una gigantesca colcha de retales en donde hasta los propios vestidos sacerdotales y los atavíos del culto son copiados de antiguas iglesias condenadas por ella misma. La cultura cristiana fue engrosada por suposiciones falaces y por un fabulario ridículo ensamblado con supersticiones erigidas sobre verdades absolutas derivadas de revelaciones divinas. La verdad artificial de la sabiduría eclesiástica encubre la realidad con el espeso velo de las lucubraciones de los teólogos, bellos modelos de esquizofrenia catatónica y megalomanía delirante.

La cultura general, en evolución durante las fases anteriores, se estancó en un charco de mentiras sagradas, fue adormecida con doradas píldoras anestesiantes. Se interrumpió el proceso cultural. No se podía conocer nada más. Cada iglesia tenía su verdad propia e inverificable, siendo la Iglesia Cristiana la más poderosa barrera a cualquier tentativa de investigación de la realidad. La muerte cruel fue el premio de los que se atrevieron a rasgar el Velo de Isis para mostrar el cuerpo de la Verdad Desnuda.

16. La vivacidad creciente de la imaginación creadora había confinado la cultura a un solipsismo devorador. Todo estaba aclarado: la imaginación de los poetas (considerados profetas) resolvía todos los misterios en términos de mitología griega o tradición romana; los teólogos solucionaban los problemas de la vida y de la muerte con bellas frases en latín; las iglesias detentaban la Verdad Absoluta, maldiciéndose entre sí, y velaban por el orden cultural persiguiendo y matando en nombre de Dios a los atrevidos que osaban profanar la Palabra de Dios, escrita en la Biblia por viejísimos judíos que habían, en una confabulación con César y su legado Pilatos, condenado a la flagelación y a la cruz a un joven carpintero que tuvo la audacia de presentarse como el Mesías de Israel.

17. La Cultura Científica tuvo que romper, con atrevidos golpes, la selva selvaggia de esa cultura religiosa, inconsecuente, contradictoria y arrogante, embalsamada como un pájaro muerto en viejos pergaminos de una sabiduría hecha de suposiciones y pretenciosas lucubraciones. El mundo de los hombres se desligaba totalmente de la realidad, encerrándose en un capullo de formulaciones abstractas. Más bizantina que Bizancio, la Roma católica sofisticaba sobre problemas que se rehusaba a conocer, y cuyas conclusiones, sólo la ignorancia total y la ingenuidad de las poblaciones bárbaras, podía aceptar. Después de la caída del Imperio de Occidente, se comprobó históricamente la afirmación evangélica de que la enseñanza de Jesús sería corrompida y que se necesitaría tiempo para que los hombres pudiesen comprenderla.

El milenio medieval, a pesar del fuego de la trágicas hogueras y las peligrosas locuras de un misticismo criminal, cumplió la función de refinar la razón para que sirviera de guía al pensamiento y de freno a la imaginación, de modo que, en el Renacimiento, los frutos de experiencias dolorosas despejasen nuevas perspectivas que favorecieran el surgimiento de una cultura realista, apoyada en investigaciones metódicas de la realidad. Fue entonces que la esquizofrenia mundial se reveló definitivamente: El espíritu humano estaba dividido en una cultura presuntuosa formada por los dogmas absurdos de las religiones; y una cultura rebelde, atrevida y exigente, que arrancaba a los hombres de la ilusión de un saber confuso, para ofrecerles el saber legítimo que iniciara la etapa de las experiencias empíricas, demostrándose a sí mismo que no era parte integrante de la incoherencia alucinante del fanatismo religioso.

El movimiento de la Reforma, desencadenado por Lutero como consecuencia de las luchas de Abelardo y de las proposiciones de Erasmo de Rotterdam, en conjunción aparentemente casual con las tentativas de investigación objetiva de Galileo, Copérnico, Giordano Bruno y otros mártires de la ciencia naciente, marcó el derrotero de una nueva concepción del mundo y del hombre. Abelardo fue el precursor medieval de Descartes, quien a su vez fue el precursor de Kardec. En vez de los fundamentos emocionales de la Fe absurda y ciega, los pioneros del retorno a lo real ofrecían al mundo los fundamentos de la Razón esclarecida y de la investigación científica.

La Verdad resurgía de las cenizas de las hogueras criminales y la Fe de ojos abiertos substituía a la ceguera esclerótica de las sacristías. Mas la lucha por la Verdad de la concepción cristiana restablecida, solamente alcanzaría su apogeo a mediados del siglo XIX con la Codificación del Espiritismo, como resultado de las investigaciones pioneras de Kardec sobre los fenómenos mediúmnicos, admitidos hoy por la Ciencia con la denominación de paranormales. Kardec había probado que los médiums no eran sujetos anormales como pretendían los investigadores de la Medicina y la Psicología, ni seres sobrenaturales, como pretendían los defensores de dogmas obsoletos, sino personas naturales y normales. La Mediumnidad se imponía en la investigación de los científicos expositores de la época, que al mismo tiempo rasgaban el Velo del Templo, para revelar sus misterios, y los Velos de Isis, para desentrañar el sentido de los símbolos mitológicos.

Los hombres empezaron, entonces, a comprender que no sabían nada y que tendrían que luchar para descubrir la Verdad escondida detrás de la apariencia engañosa de las cosas y de los seres. La Ciencia Espírita se instaló en el mundo con sus acompañantes imprescindibles: la Filosofía Espírita y la Religión en Espíritu y Verdad. El Espiritismo, en sus tres aspectos, está hoy confirmado por la Cultura Científica y su alcance cósmico se confirma por el ritmo acelerado de las conquistas culturales del siglo, que restablecen la enseñanza, corrompida por las ambiciones humanas, que Jesús de Nazaret sembró con palabras de vida e inmortalidad en las almas de todos los tiempos.

J. Herculano Pires
Extraído del libro "El gran desconocido"