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La inquietud actual del pensamiento pedagógico, es la procura de una Filosofía de la Educación que realmente corresponda a las exigencias del mundo en transformación, resulta no solo del hecho mismo de esta transformación, sino también de la falta de unidad, o por lo menos de una confluencia de objetivos al respecto de los problemas a ser ecuacionados.
Cuando, en 1941, la National Society for the Study of Education, de los Estados Unidos, resolvió dedicar uno de sus anuarios al problema de la Filosofía de la Educación, esta falta de unidad fundamental se tornó muy patente. En la introducción que escribió para el anuario, publicado en 1942, el prof. John Brubacher, de la Universidad de Yale, esclarece que la intención de la National Society era conseguir que "las diversas filosofías se dirigiesen de manera clara e inequívoca, a los puntos importantes de sus desacuerdos".
Entretanto, los colaboradores invitados, representantes de las variadas escuelas actuales de Filosofía, y particularmente de la Filosofía de la Educación, no pudieron atender a este llamado. En el correr de estos últimos años muchos esfuerzos fueron desenvueltos en el sentido de la superación de este estado de cosas. Pero la superación no era fácil, puesto que los desacuerdos eran muy profundos, como podemos ver en este trecho del prefacio de Brubacher: "Afortunada o desgraciadamente, este plan no fue adoptado porque en el Comité de la obra, no solamente se puede llegar a un acuerdo con referencia a los problemas que serian seleccionados, como tampoco fue posible una coincidencia al respecto de lo que constituye un problema en la Filosofía de la Educación. En consecuencia se decidió permitir a cada colaborador la exposición de su sistema de Filosofía de la Educación en la forma que le pareciese más adecuada. Mortimer Adler, quien colaboró en el anuario escribiendo una defensa de la Filosofía de la Educación, puso de relieve la necesidad de una Educación Espírita definición de su objeto como solución a los desacuerdos existentes. Lamentó la posición individual e irreducible de varios filósofos que solo querían exponer " su opinión, su punto de vista sobre la educación, o su sistema de filosofía", y acentuó la urgencia de que se apartaran de meditaciones los elementos que, no siendo filosóficos, sobrecargaban a las escuelas actuales de Filosofía de la Educación. Diez años después, al publicar su Traité de Pedagogie Generale, en Francia, René Hubert denunciaba esta misma situación y procuraba lanzar las bases realmente filosóficas de una Filosofía de la Educación. El problema se torna claro en estas palabras de Paúl Desjardins, que Hubert reprodujo en el prefacio de su obra: "Los reformadores de la educación, que hemos observado, descubrieron la verdad en casi todas las cuestiones del detalle: este, sobre la educación de los sentidos y sobre el proceso del juicio en la primera infancia; aquel, sobre la aplicación del trabajo manual; uno, sobre la gimnástica racional; otro, sobre la manera de enseñar idiomas, o Física, o el Dibujo, o la Música vocal, etc.; descubrimientos contemporáneos y diversos, cuyo centro, si reflexionamos al respecto, aparece como único; entretanto, este centro, que del todo parte, no está señalado con suficiente énfasis en ningún lugar, y esto es lo que falta determinar en una escuela pensada a la francesa." Hubert comenta: "Porque este centro es el hombre, y el maestro cuya memoria acabamos de evocar habría sin dudas agregado con nosotros que la escuela pensada a la francesa es la que se dedica a enseñar y hacer nacer al Hombre." Es curioso que hayamos encontrado, en el mismo pensamiento francés contemporáneo, las sugerencias para una respuesta al reclamo de Desjardins. La escuela pensada a la francesa, que pone su énfasis en el objeto y centro de la educación, al hombre, solo podrá aparecer, en el campo vasto y contradictorio de la Filosofía de la Educación, con base en un esfuerzo metodológico esencialmente humanista. La sugerencia del esquema sartreano de las dimensiones del espíritu nos parece que abre amplias posibilidades en este sentido. De la misma manera porque en el estudio de las religiones la aplicación del método de los horizontes culturales amplió la comprensión del problema, podremos esperar que un método dimensional permita el reajuste necesario del problema filosófico de la educación. J. Herculano Pires Extraído del libro "Educación espirita"
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