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La teoría psicofisiológica de que el dolor es la exageración del placer tiene su confirmación social en la existencia universal de las comunidades de amantes de la muerte. Desde todos los tiempos estas comunidades se desenvuelven en el seno ambivalente de las religiones, donde se nutren de desesperos y angustias, sacrificios, autoflagelaciones, cilicios y conformismo piadoso, torturándose para las delicias del Paraíso.
La ambivalencia de esta situación es evidente. Desean y temen el placer en la Tierra, donde todo pasa de prisa, y escapan del impase por la puerta de las promesas divinas que les ofrecen el placer eterno. Juegan en la lotería del Más Allá la fortuna de la salud y las monedas doradas de la alegría, cubriéndose de cenizas y harapos, como hacían los judíos antiguos, o sumergiéndose en la suciedad, en el desinterés por la comodidad y limpieza, como hacían los frailes penitentes, para morir en olor de santidad.
El hedor de la suciedad garantizaría la participación en los banquetes de la Eternidad. Los frailes de los conventos aislados de los desiertos permanecían analfabetos para no caer en las trampas del Diablo, llenas de menudencias intelectuales peligrosas. Las más peligrosas de estas privaciones sagradas eran benéficas, pues, trocando los placeres carnales por los placeres ideales del otro mundo, desencadenaban en las criaturas ingenuas los delirios del misticismo lúbrico, evitados por los espíritus de íncubos y súcubos, atavismos en la edad Media. Dios entregaba a sus siervos interesados y egoístas a las tentaciones fatales de estos demonios insaciables. Mas la lección no produjo efectos, a no ser el de los expedientes de la hipocresía, con que los más expertos conseguían pasar como santos prematuros, cuyos deslices ocasionales eran cubiertos piadosamente por excusas pagadas de indulgencia. Hasta el mismo Apóstol Pablo, vibrante y culto, mas inclinado al peso del remordimiento por las persecuciones a los cristianos y por la lapidación de Esteban, recomendaba a los cristianos que no se casasen y a los casados que no practicasen relaciones sexuales. Mas muy pronto tuvo que recriminar a los santos de la Iglesia de Corinto, que se tornaban peores que los pecadores paganos. Como aún no había píldoras anticonceptivas, crecían los cuernos del Diablo en las comunidades de los santos y algunas santas aparecían embarazadas. El culto al desnudo, como estado de gracia proveniente del Edén, aún en los tiempos medievales, precisó ser reprimido por medidas enérgicas. Hasta hoy perduran en el mundo cristiano los residuos de estos tiempos, en que los siervos de Dios desobedecían la ley bíblica del multiplicaos, que no traía ninguna recomendación matrimonial, como se ve en la Biblia. Los amantes de la muerte fueron siempre muy prácticos en el trato de la vida. El celibato de sacerdotes y monjas fue siempre agujereado por medidas de excepción y hasta por la creación de tasas especiales de licencia, como en el caso referido por Aldous Huxley en Los Demonios de Ludan. En el esfuerzo para sofocar la vida en favor de la muerte, las iglesias siempre fracasaron y fracasarán, al menos que Dios permita la producción en masa de la nueva bomba de Neutrones, para salvarse del terrorismo de un nuevo diluvio. Jesús no violó las leyes naturales creadas por Dios; aumentó el vino que alegraba las Bodas de Caná, libró a la mujer adúltera de la saña feroz de sus lapidadores, no escogió celibatarios para sus discípulos, aceptó a Pedro con la familia como su apóstol, recibió a Magdalena como discípula y fue a ella a quien se apareció en la resurrección. A pesar de todo esto, el fermento viejo de los rabinos del Templo aún hoy leva masas impuras en el medio cristiano. El Espiritismo no se organizó en iglesia para evitar los prejuicios de esta hipocresía contraria a la ley de amor del Evangelio. También así, aparecen aún ahora en el medio espírita los predicadores de la santidad hipócrita. Son predicadores angélicos que siembran estas ideas en la ingenuidad pretensiosa de las masas espíritas, tal vez interesados en los cuernos del Diablo o en el restablecimiento de las costumbres de Sodoma, tan hartamente restablecidos en nuestro tiempo. Es increíble que esto pueda acontecer en el medio espírita, contrariando los principios racionales y científicos de la doctrina. Pero todo puede acontecer en un período de transición como este que estamos viviendo. Espíritas que se dicen abstemios, de manos puestas y ojos volcados para el Más Allá, intentando negar su condición humana para alcanzar el Cielo, es lo más ridículo y absurdo se pueda imaginar. Las funciones normales de la especie no pueden ser suprimidas en un organismo humano sin causar desequilibrios peligrosos. La función sexual no tiene por objeto el gozo sensual, sino la reproducción de la especie. No obstante, el placer sexual natural, en la conexión normal y afectiva de dos criaturas que se aman, es también importante elemento de equilibrio orgánico, psicofísico. La condena del sexo es estúpida manifestación de la hipocresía. Quienes intentan ahora introducirla en el medio espírita solo pueden ser individuos frustrados o lamentablemente desviados de sus funciones normales. Estos individuos sirven a los desequilibrios de los espíritus vampirescos que se banquetean en los vicios inconfesables de criaturas humanas por ellos subyugadas. Recientemente tuvimos la oportunidad de ver y oír, en un programa de televisión, en que hablaban representantes de varias religiones, un representante de una casa espírita declarara que precisamos sufrir intensamente en la Tierra para poder llegar a los planos espirituales superiores. Era un amante de la muerte, y al responder la pregunta del presentador: “Cómo el señor desea pasar para el otro lado?” dijo: “Muriendo muy lentamente en el lecho.” Las palabras fueron acompañadas por un gesto sacerdotal y una expresión fisonómica de delirio imbécil. Una triste muestra de falta de conocimiento espírita y de tendencia masoquista delirante. Aquel pobre hombre aprendiera Espiritismo al contrario y soñaba con la muerte por el debilitamiento, como si agradase a Dios la tortura diabólica de una muerte en esta condición de miserableza total. Qué Dios sería este, algún Moloc acostumbrado a alimentarse de niños vivos asados en brasas? Y qué imagen de la doctrina este hombre presentaba a los tele espectadores? Seria uno de los ángeles de la casa por él representada que le sugería esta demostración de mentalidad masoquista? Ni tampoco un sacerdote trapista, en olor de santidad, traído como momia egipcia de la era faraónica, haría con tanta perfección la más desfigurada y triste figura de un masoquista delirante. El pobre hombre parecía saborear, en éxtasis, las delicias de su debilitamiento en el lecho, a la espera del Paraíso. El masoquista es un esquizofrénico de sensibilidad invertida. La esquizofrenia lo aparta de la realidad inmediata y lo envuelve en el delirio de los placeres futuros que transforma en satisfacciones subjetivas en el proceso de las transposiciones alienantes. En aquel breve instante televisivo, bajo las luces de las lámparas aturdidoras, el pobre hombre se sentía debilitarse frente a las cámaras y del mundo, en la plenitud de los gozos de la muerte lenta, inversiones espasmódicas de sensaciones ancestrales archivadas en el mundo mágico del inconsciente. Era doloroso verlo así, en aquella bienaventuranza de la frustración. El dolor, el sufrimiento y la muerte no tienen, en la concepción espírita, este sentido delirante que él les daba. Por lo contrario, todo en el Espiritismo se define como articulaciones del proceso único y universal de la evolución. Y esta no es milagrosa o sobrenatural, puesto que es el desenvolvimiento de las potencialidades de las cosas y de los seres en el desarrollo histórico, en el plano temporal, como en el caso de la Razón en Hegel. Todo es teleológico, tiene una finalidad que se entrosa en el engranaje espantosa de la teleologia universal. El dolor – decía León Denis – es ley de equilibrio y educación. En esta concepción no hay lugar para el dolor punitivo, castigo divino o maldición. El dolor es el efecto intrínseco de las actividades evolutivas, como el placer. Por esto dolor y placer son verso y reverso de determinada acción del ser en la existencia. De la misma manera, la muerte, siendo el límite extremo del proceso existencial, se liga a todo el proceso vivencial del desenvolvimiento humano. La ley de unidad encadena la realidad en la dirección única del ser, de lo que resulta que el espíritu, en su expresión humana superior, refleja la unidad total del cosmos en su unidad óntica. Dios crea y sustenta lo real, pero los seres trabajan para si mismos y para otros en la facticidad de cada uno y de todos. El Cosmos es la Colmena general en que cada abeja tiene su misión la tarea vital y espiritual específica y entrosada en el programa de la especie o de la raza. La consciencia trae en si el esquema general del Sistema, desde el esbozo inconsciente de los planos inferiores hasta el dibujo nítido y cada vez más vivo de los planos superpuestos, entrosados e interpenetrados, según la visión de las hipótesis de Plotino. Por esto podremos abarcar, en nuestro microcosmo individual, como idea general imanente en nosotros, toda la complejidad infinita del Sistema. De esta manera, seremos también responsables por la Creación y sufriremos las consecuencias de nuestras actividades conscienciales, vitales y existenciales, como también materiales, sin que ninguna autoridad externa nos condene o nos apruebe. Así comprendida la realidad, podremos también comprender la total libertad del ser como consecuencia natural de su responsabilidad total. Somos aquello que hacemos en nosotros y por nosotros en el lugar que nos compete. La muerte marca el límite de la tarea que nos fue confiada y nos transfiere hacia el plano de evaluación de nosotros mismos y de lo que hicimos. El renacimiento resulta de este balance final de una existencia y nos prepara para el siguiente. Los méritos y deméritos de todo cuanto hiciéramos son exclusivamente nuestros, puesto que el objetivo del Todo es la formación de todos y de cada uno para las actividades futuras en el desenvolvimiento de toda la perfectibilidad posible en todo, en todos y en el Todo. Las preparaciones religiosas para la muerte y los sacramentos extremos no ofrecen al hombre los datos necesarios para la comprensión de todo este proceso. Simplemente refuerzan en el espíritu del moribundo las vagas esperanzas del perdón y las terribles amenazas del castigo. Los familiares pueden orar por los que participan, mas nunca saben para donde partieran y lo que realmente acontece en este viaje misterioso. La Educación para la Muerte es un curso de bien vivir para bien morir, con plena consciencia del sentido y del significado de la muerte y de su importancia para la vida. Los amantes de la muerte no la conocen, como tampoco conocen a los muertos, de los cuales solo ven los cadáveres. La Espiritualidad actual del mundo es una espiritualidad, como la definió Kierkeggard. Si no tratáramos de la Educación para la muerte no saldremos del círculo vicioso en que entramos sin haber vivido. J. Herculano Pires Extraído del libro "Educación para la muerte"
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