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La tendencia al suicidio caracteriza a los candidatos del voluntariado de la muerte.La necrofilia es un componente natural del psiquismo de todos los seres vivos. La teoría, antigua y actual, de la existencia de pueblos necrófilos, como los egipcios y los japoneses, por ejemplo, es discriminativa y exagerada. Mas no hay duda de que la necrofilia, como todas las variantes psicoafectivas, se acentúan más en algunos pueblos, en razón de concepciones religiosas, tradiciones de honor, condicionamientos culturales y morales, herencias tribales sobrevivientes y hasta también condiciones mesológicas, como en las regiones sujetas a catástrofes geológicas periódicas. La verdad es que en todos los pueblos, como lo revelan las estadísticas del suicidio en todo el mundo, las ocurrencias de esta naturaleza se verifican con alternativas de crecimiento y disminución. Es evidente la existencia de una repercusión social del suicidio en nuestro tiempo, más acentuada por la divulgación más intensa a través de los medios de comunicación.La teoría parapsicológica de Jung, sobre las coincidencias significativas, sugiere la presencia de una forma de contagio mental-afectivo en los medios sociales. Sea como fuere, la existencia del suicidio en el reino animal, como elemento ligado a la propia reproducción de la especie – como en las arañas, escorpiones y abejas – prueba que la tendencia al suicidio existe en todos nosotros y puede ser intensificada no solo por factores individuales, sino también por factores de orden exterior.
La concepción antropomórfica de Dios llevó a las religiones a considerar generalmente al suicidio como un acto de rebeldía y desobediencia a Dios. De esto resultaran las condenas asustadoras de las religiones que niegan el socorro de los sacramentos al alma del suicida. Esta también es una manifestación de la necrofilia en las religiones, que niegan amparo y ayuda precisamente a los seres más necesitados, procurando matar la propia alma del suicida, en una exasperación sádica del instinto de muerte. Aunque esta medida sea generalmente tomada en el sentido de represión al suicidio, la impiedad es chocante para con las víctimas del suicidio y para sus familias, que se sienten impedidas de dar al suicida el menor consuelo. Esta medida extrema, como todas las de este orden, sirve apenas para exasperar el instinto de muerte en los medios alcanzados por la desgracia. Desde el punto de vista de la Ciencia, de la Parapsicología y del Espiritismo, el suicidio, que interrumpe de manera brusca el proceso vital, causa trastornos graves a quien lo practica.
La mente se conturba ya antes de la práctica del acto criminal, puesto que el suicidio es un auto-asesinato, generalmente largamente meditado. Sea de esta naturaleza o determinado por condiciones patológicas, locura o decepciones violentas, será siempre una interrupción brusca del curso vital de una existencia necesaria. Este corte violento de todas las posibilidades en curso produce un choque reversivo en la estructura psicomentalafectiva del suicida, llevándolo a un estado de confusión y angustia que podría durar largo tiempo. Dios no castiga al suicida, es él mismo, el suicida, que se castiga con el mismo acto de suicidarse. Negar socorro religioso a un espíritu en estas condiciones es una impiedad, es abandonar a si mismo al espíritu desequilibrado. Pensar en el suicida como en un condenado eterno será aumentar su angustia y su desespero, colocándonos en la posición de torturadores crueles. Además de esto, habrá suicidios que se justifican, como en el caso de la inmolación voluntaria para salvar a otras personas. Esta intención, si fuere justa y real, y no apenas fantasiosa o creada por precipitaciones, ablanda el llamado martirio de los suicidas, tan insistentemente divulgado en el medio espírita con la finalidad de evitar estos actos. Cada pensamiento, cada palabra, cada gesto nuestro tiene sus repercusiones inevitables en el curso existencial. Las leyes naturales, que tanto son materiales como espirituales, no podrán ser violadas sin que esta violación nos acarree las consecuencias del abuso. El orden universal, instituido en todo el Universo, no se comprueba apenas en la vida carnal, sino en todos los planos existenciales. No se debe temer en el suicidio el supuesto castigo de Dios, sino las consecuencias naturales del acto de violación de un proceso vital. Tenemos que comprender la dinámica de la Naturaleza, tanto para vivir como para morir.
Tenemos que enterarnos del aspecto racional de la realidad en que vivimos y moriremos, para escaparnos a la ilusión del antropomorfismo religioso, cargado de misticismo y de miedo, que nos hace ver en los procesos naturales la mano oculta de un Dios que no usa las manos sino su poder mental para llevarnos al conocimiento de nosotros mismos, de nuestros deberes y compromisos espirituales. Solo así podremos racionalizar nuestra vida de manera espontánea y clara, evitando los caminos tortuosos de creencias e incredulidades antiguas. El acto de creer es emotivo y antecede a la razón. La fe nacida de la creencia es sugestiva y, por lo tanto, emocional. Puede llevarnos a la pasión y al fanatismo, generando los monstruos sagrados de los torturadores y asesinos al servicio de Dios. Solo la razón, basada en experiencias objetivas y en principios lógicos podrá darnos la fe verdadera que nos permite decir, como Denis Bladle: “Yo no creo, sé.” El saber es superior al creer, puesto que es una conquista de la experiencia individual en el trato directo con los hechos reales. El voluntariado de la muerte no crece en las siembras positivas del saber, sino en los campos fantasiosos de la ilusión. Cuando la razón periclita y desfallece al impacto de las emociones tumultuosas, en los embates del mundo, podremos perder los frenos de la razón y entregarnos al desespero.
En este caso la razón solo podrá restablecer su control si fuere socorrida por la voluntad madurada en el tiempo.Se acusa la razón de frialdad e insensibilidad, mas la razón posee el calor del entusiasmo y la sensibilidad de la justicia sin venda en los ojos. La visión clara, precisa y serena de la realidad puede explotar en razón en surtos de indignación contra los falsificadores de la verdad. Podemos confrontar este hecho en las páginas del Evangelio, en los pasajes decisivos en que el Cristo descargó los rayos de su indignación contra la hipocresía y la astucia interesada de los fariseos. Quienes aman la verdad no pueden tolerar la mentira ni hacerse cómplice con los exploradores de la mentira. La muerte no es una puerta de escape para los pusilánimes, sino la catapulta de la trascendencia para los bravos que enfrentaron las batallas de la vida sin acobardarse. Ninguno está obligado a madurar antes del tiempo, mas los que ya están maduros no pueden regresar sin traicionarse a si mismos y a la verdad. Si existen los atenuantes del suicidio, como ya vimos, la verdad es que ellas son más rigurosas que las exigencias de la vida.
Esto porque la programación de cada vida se incluye en el proceso de la evolución general del planeta. Tenemos nuestras obligaciones que cumplir en la encarnación, no solamente en nuestro beneficio, sino también a favor de los que fueran designados para participar de nuestras luchas. No podemos pensar en el suicida que escapó a sus deberes, sin recordarnos también de los que quedaron abandonados a si mismos ante la fuga y deserción, del que engolfaron en su egoísmo, como si no tuviesen con ellos ningún compromiso. Por estas razones colectivas, y no por motivos particulares, ni por el presupuesto absurdo de la Ira de Dios es que el crimen de la fuga se transforma en traición que pesará fatalmente en la consciencia culpable. El voluntariado de la muerte no es desastroso por ser de la muerte –puesto que todos moriremos– sino por ser la legión de los traidores de la vida y de los que quedaron vivos en la Tierra.
Los batallones de voluntarios de la muerte son siempre seguidos, en todo el mundo, por el cortejo de los frustrados de la vida. Es un cortejo colgante, escuálido, formado por los millones de niños natimuertas o que no consiguieron sobrevivir al nacimiento más que por algunos días. Se podría deducir, de la ley de causa y efecto, que estos bandos anónimos, procedentes, en general, de los suburbios miserables de las ricas metrópolis, se constituyen de ex-voluntarios que regresan a la encarnación ansiosos de retomar las oportunidades de realizaciones que despreciaran en el acto del suicidio. En una reunión mediúmnica de la que participábamos, se manifestó un espíritu que, al principio, parecía un burlón. Reclamaba de haberlo convencido, en el plano espiritual, para reencarnar y así aliviar en la vida terrenal la consciencia pesada. Y explicaba: “Acepté la propuesta, me sometí a todos los preparativos, soporté pacientemente los pesados meses de una gestación en que yo y mi nueva madre pasamos momentos difíciles. Por fin, nací, pero no tuve la posibilidad de sentir el gusto por la vida nueva. Morí y volví inmediatamente para el mundo espiritual. ¿De qué me sirvió todo este sacrificio? Quiero que ustedes me expliquen, puesto que aquí no tengo posibilidad de conversar con alguien que entienda del asunto. Aquí en la Tierra vivimos de cambalaches, mas aquí la situación es diferente, cada cual tiene que arreglarse en el medio que le es propio.” En este momento el médium tomó una posición estática, parecía caído en éxtasis. Luego regresó a la naturalidad y dijo: “La cara que hizo pasar hasta que llegó y cuando estaba explicando esto y ganando tiempo. Pasé por todo esto para aliviar mi conciencia del remordimiento del suicidio. Ya me siento más aliviado." Esta historia real levanta una punta del cielo que oculta a nuestros ojos el misterio de las muertes prematuras. No existe el acaso en los procesos de la naturaleza. Existen leyes. Por los datos suministrados por el espíritu frustrado fue relativamente fácil comprobar la realidad de los hechos.
Ninguno de los participantes de la reunión conocía a ninguna de las personas vivas relacionadas con el caso, pero los hechos-claves del suicidio y del nacimiento frustrado fueron comprobados. En los anales de las Sociedades de Pesquisas Psíquicas de Europa y de América habrá numerosos registros de casos de esta naturaleza. Todas las interpretaciones teóricas contrarias a la teoría espírita parecen remiendos mal cosidos, ante la evidencia y la coherencia de las pruebas obtenidas. Habrá personas que no aceptarán estos hechos mediúmnicos alegando que todo en elles se pasa de manera muy semejante a los hechos de la vida terrenal. No perciben que están condicionados por las fantasías de lo maravilloso ofrecidos por las religiones de las que ya se desligaron, sin abandonar sus fardos. La idea de que el muerto es un alma del otro mundo, transformándose en una entidad mitológica, continúa funcionando en el inconsciente de estas criaturas que son contradictorias sin percibirlo. Los reflejos mentales condicionados exigen maravillas de los pobres muertos humanos que siguen siendo humanos, por no haber logrado aún alcanzar los planos de la angelitud. Los espíritus humanos son almas humanas, que animaron cuerpos humanos en la Tierra.
Cuando los espíritus se presentan de manera milagrosa no merecen el crédito de los estudiosos del asunto, pero consiguen fácilmente encantar y fascinar a los amantes de lo maravilloso. Esto, como señaló Kardec desde mediados del siglo XIX, es la mayor dificultad para la aceptación de la realidad espiritual.
J. Herculano Pires Extraído del libro "Los Voluntarios de la Muerte"
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