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Todos sabemos que moriremos, que la muerte es inevitable, pero estamos tan apegados a la vida y nos hacemos una idea tan negativa y temerosa de la muerte que la rechazamos en nuestra consciencia y la transformamos en un mito, apartándola para el Final de los Tiempos. Mito asustador, ella permanece en la distancia, envuelta en nebulosas, de manera que solo la vemos como figura trágica de un cuento de terror. Heideggard observó que solo la aceptamos, para los demás, con la expresión aleatoria morirse, que nunca se refiere a nosotros. Fascinados por el flujo incesante de la vida, sumergidos en el torbellino de nuestras preocupaciones del día a día, tenemos la sensación inconsciente y agradable de que ella siempre se distancia de nosotros. También cuando, conscientemente, pensamos en la muerte, lo hacemos con la ilusión de que ella no llegará tan pronto, puesto que tenemos aún muchas cosas por hacer y sentimos que la vida rebulle en torno de nosotros sin permitir la entrada de la muerte en nuestro medio. Esta es una forma ingenua de protegernos de nuestra muerte, según las exigencias del instinto de conservación. Así aliviamos el miedo de la muerte, confiados en el poder de la vida.
De nada valen estas pequeñas trampas. La muerte llega cuando menos la esperamos y generalmente nos lleva hacia la otra vida sin darnos tiempo para comprender lo que acontece. Las pesquisas psíquicas, a través de más de dos siglos, demuestran el curioso espectáculo de muchas criaturas muertas que no saben que murieron. Continúan vivas en la materia por cuenta de sus propias ilusiones y pasan a asombrar sin querer y sin saberlo a los lugares en que Vivian o frecuentaban. Es claro que permanecen desajustadas en el mundo espiritual.
Para evitar estos y otros inconvenientes, deberemos desenvolver en nosotros la consciencia de la muerte, sabiendo positivamente que ella existe y es inevitable, siendo inútil cualquier ilusión en este sentido, que solo podrá perjudicarnos. Tendremos que familiarizarnos con la muerte, considerándola con naturalidad, no transformándola en tragedia o en espectáculos inútiles de desesperación. En las sesiones espíritas se cuida mucho de estos casos, procurándose despertar a los muertos de sus confusiones producidas por el apego a la Tierra e integrándolos en la nueva forma de vida para la cual pasaron. Ellos no son tratados como almas del otro mundo, sino como compañeros de la vida terrenal que se liberaron del condicionamiento animal por retornar a su mundo de origen, que es el espiritual. Los adversarios de la doctrina critican este proceso mediúmnico, alegando que criaturas aún encarnadas nada tienen para enseñar a las que ya se libraron del cuerpo material. Pero desde las pesquisas de Kardec hasta la actualidad el proceso de adoctrinamiento ha dado los mejores resultados, tanto en favor de los espíritus perturbados por el pasaje súbito al plano espiritual, cuando en el esclarecimiento de personas que sufren las influencias de estas entidades.
Esto se explica por dos razones fundamentales:
1) El adoctrinamiento es la transmisión de enseñanzas de los desencarnados superiores dados a Kardec, a través de la mediumnidad, para la renovación moral y espiritual de la Humanidad. Apoyados en el conocimiento de estas enseñanzas es que los médiums y los adoctrinadores atienden a las entidades desencarnadas.
2) Las pesquisas de científicos eminentes como Richet, Crookes y Zöllner, en el siglo pasado, y Geley, Osty, Crawford, Soal, Carington, Pratt y Price, en la actualidad, probaron que en los ambientes mediúmnicos la emanación del ectoplasma ampara a los espíritus desencarnados e inseguros en el plano espiritual, dándoles la sensación de seguridad física necesaria para conversar con los adoctrinadores como si estuviesen encarnados. La situación de los espíritus recién desencarnados, en el plano espiritual, no les permite la lucidez necesaria para comprender fácilmente las enseñanzas que reciben de las personas que dirigen el trabajo mediúmnico.
Este intercambio se procesa en beneficio de los espíritus y de los hombres, sin ningún sistema de evocaciones ni rituales. Los espíritus se manifiestan por su libre voluntad, deseosos de comunicarse después de la muerte del cuerpo físico, con familiares y amigos que dejaran en la vida terrenal. Estas manifestaciones naturales marcan toda la historia de la Humanidad, en todo el mundo y en todos los campos, sin ninguna interrupción. No son descubrimientos modernos ni invenciones de cualquier investigador; figuran en los libros sagrados de todas las religiones, en la cultura de todos los pueblos y en las grandes obras literarias, filosóficas y científicas de las grandes civilizaciones. Constituyen, por lo tanto, una fenomenológica al mismo tiempo arcaica y moderna, actualmente comprobada por las pesquisas tecnológicas, tanto en las áreas espiritualistas como en las materialistas del mundo actual. No se trata de productos de creencias o supersticiones, sino de una realidad fenoménica científicamente probada y comprobada. Las interpretaciones personales de estos fenómenos, formuladas por clérigos interesados en negarlos o subordinarlos a procesos puramente psicológicos, nada representan, son apenas palpitos ingenuos o interesados, hartamente negados por las grandes pesquisas científicas del pasado y del presente.
La muerte es un fenómeno natural, de naturaleza biológica, en el cual se verifica el agotamiento de la vitalidad en los seres por la vejez o por accidentes fisiológicos. No atañe la esencia del ser, que es siempre de naturaleza espiritual, refiriéndose apenas al cuerpo material, lo que quiere decir que ella no existe como extinción de las formas de ser de las plantas, de los animales y de los hombres. Hablar de la muerte como la nadificación, como hacia Sartre, es simple ilogismo, tanto desde el punto de vista puramente racional, como del científico. Las condiciones actuales del desenvolvimiento científico eliminaran totalmente cualquier posibilidad de sustento de la teoría de la Nada, este concepto vacío, como Kant lo consideró. Quienes insisten en la destrucción total del hombre por la muerte revelan ignorancia del avance de las Ciencias en nuestros días.
Lo que se hizo en este siglo en la investigación de este problema, directa o indirectamente, liquidó las últimas esperanzas de los que soñaron con la irresponsabilidad de la nada, de un Universo inconsecuente y sin finalidad. Indirectamente, la Física reveló las potencialidades ónticas de la materia y, en sus entrañas, la eterna dinámica de los átomos y sus partículas, siendo que estos, cuando libres, tienden siempre a formar estructuras atómicas definidas y plasmas orgánicos. Las pesquisas de la antimateria revelaron la misma tendencia en los antiátomos, creadores de espacios nuevos y antiestructuras materiales. Los vacíos espaciales se mostraron cargados de campos de fuerza que escapan a nuestra sensación, a la precariedad de los sistemas de percepción humana, generalmente superados por la percepción animal. Y, directamente, el avance de las pesquisas psicológicas, profundizadas por la Parapsicología, confirmó la tesis del avance constante del inconsciente hacia el consciente, de Gustave Geley, confirmando la teoría de la evolución creadora de Bergson. Científicos soviéticos volvieron, en las pesquisas astronáuticas, a desvendar los misterios de los siete velos de Ísis, como lo hicieran M. Vassiliev y Sianiukovch, en Los Siete Estados del Cosmos. En las captaciones e grabaciones de lo inaudible por Raudive, en Alemania, en las pesquisas de Pratt sobre los fenómenos tetha (avisos de muerte y comunicaciones de espíritus de personas muertas) y en las pesquisas sobre la reencarnación por Ian Stevenson, Wladimir Raikov (este en la Universidad de Moscú) y por Barnejee en la Universidad de Rajastam, tenemos una constelación imponente de hachos y datos positivos sobre la realidad, hoy innegable, de la transitoriedad de la muerte. Al mismo tiempo, ante este panorama de revelaciones científicas, la muerte adquiere una importancia gigantesca en la construcción de la génesis moderna. Se tornó imposible sustentar líricamente las tesis materialistas en nuestros días.
La necesidad de una toma universal de consciencia sobre el sentido, el significado y el valor de la muerte, se tornó imperiosa. Es simplemente inadmisible, en este siglo, cualquier doctrina que pretenda sustentar con simples argumentos que la muerte es el final y la frustración total de los seres vivos y especialmente de la criatura humana. El panorama científico actual exige de todos nosotros el desenvolvimiento de la consciencia de la muerte, cuya fatalidad innegable se explica por la necesidad de renovación de las estructuras de la vida en todos los planos de la naturaleza. En consecuencia, la presencia de Dios, como Consciencia Suprema que rige a toda la realidad, en una estructura lógica, teleológica y antiteológica, se afirma como el imperativo categórico de la comprensión del mundo, del hombre y de la vida. Los teólogos que proclamaran, ante la tragedia nazi en un exiguo espacio-tiempo de nuestro pequeñito planeta, la Muerte de Dios, mataron la Teología en que se amamantaran por siglos, prácticamente un matricidio vergonzoso y estúpido.
En última instancia, se suicidaron en la puerta del Cielo, en el momento exacto en que el Cielo era conquistado por la Ciencia mundial. Nunca se vio mayor fiasco que este, que redujo a simple opereta la hazaña de Prometeo y a su muerte en el Caucaso. Sonó la hora final de las Iglesias, el instante fatal de la falencia eclesiástica, transformada en todas partes en una nueva muerte del Padre. La gran Diosa murió para nuestros ojos, como ya había muerto el Dios Padre en los fiordos de Noruega, ante la capitulación dolo-rosa de Knut Hamsun. Las Iglesias, universalmente transformadas en supermercados de quinquillerías sagradas, están ahora vendiendo sus saldos de bodega a los misioneros por cuenta propia que invadieran a las naciones para vender de puerta en puerta, en los submundos de la ignorancia falsamente ilustrada y del populacho ansioso por un cielo de delicias pasmosas made in Bizancio. Por que Bizancio fue el final esquizofrénico del Mundo Antiguo después de la caída de Roma y hoy la Nueva Roma, ya también esclerosada, parece destinada a sellar el fin del mundo de la arbitrariedad y de la violencia en que vivimos.
Esta rápida mirada al pasado de intentos frustrados de implantación del Cristianismo en la Tierra basta para mostrarnos que precisamos desenvolver en nosotros la consciencia de la muerte, para aprender a morir con decencia y dignidad. Si esta civilización apoyada en arsenales atómicos nada más puede esperar que su propia explosión, que al menos nos preparemos para morir con las manos limpias, sin manchas de sangre y de robos, a fin de poder regresar en las futuras reencarnaciones, en condiciones conscienciales que nos permitan realizar un nuevo intento de cristianización del Planeta. Sin una toma de consciencia del sentido y del valor de la muerte estaremos arriesgados a continuar indefinidamente en el círculo vicioso de las vidas repetitivas y sin sentido. La vida solo tiene sentido cuando sirve de preparación para vidas mejores. El destino no es vivir como fiera, sino vivir para trascender, en una escalada del Infinito en búsqueda de las constelaciones superiores. Los secretos de la muerte nos son ahora racionalmente accesibles para poder aprender a perder nuestra vida para reencontrar al Cristo. J. Herculano Pires
Extraído del libro "Educación para la muerte"
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