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Por todo lo que hemos visto hasta ahora, estamos en una fase histórica en que el misterio de la muerte fue amplia y resuelto con seguridad. No habrá más posibilidades a la menor duda en lo tocante a la sobrevivencia de todos los seres vivos al fenómeno universal de la muerte. Nada se acaba; la duración de las cosas y de los seres es infinita. Este es un aspecto de la realidad que estuvo siempre expuesto a la observación humana, probándose incesantemente por si mismo, desde las selvas hasta las más elevadas civilizaciones.
Estas pruebas llegaron en nuestro tiempo a un punto decisivo, gracias al desenvolvimiento de las Ciencias, al esclarecimiento cultural que alejó de las mentes más desenvueltas y capacitadas las dudas creadas por las supersticiones y por el comercio religioso de la muerte en todo el mundo. A pesar de esto, la posición de la Ciencia al respecto de la cuestión permaneció invariable en los últimos siglos, particularmente en los siglos XVIII y XIX. El entusiasmo por las conquistas técnicas, por las victorias en la lucha contra el dogmatismo de la Iglesia y la esperanza ilusoria de una rápida y fácil explicación del mundo por las teorías mecanicistas, generaron el materialismo simplista y alegre que Marx y Engels llamarían utópico, reservando para si mismos la clasificación pomposa y temeraria de materialismo científico.
En esta misma época surgía la Ciencia Espírita y se abría para el mundo una visión más seria y grave de la realidad total del Universo. Como acentuó Conan Doyle, las invasiones inconsecuentes y dispersas de los espíritus en nuestro mundo terreno, sucedía una invasión organizada, dirigida por Espíritus Superiores, con finalidad clara y definida de revelar la verdad cristiana, hasta entonces estafada, en su pureza esencial. Solo entonces la muerte comenzó a mostrar a los hombres su cara oculta, revelando al mismo tiempo el sentido verdadero de la vida y, como acentuó León Denis, su pesada responsabilidad. Las prácticas misteriosas y aterradoras de la preparación de los hombres para la muerte sucedían a los primeros intentos, por las manos de Denizard Rivail, discípulo y continuador de Pestalozzi, en el desenvolvimiento de una educación para la muerte.
Toda la larga fase anterior, envuelta en supersticiones mágicas y misticismo alienante, de los tiempos primitivos hasta la primera mitad del siglo XIX, fue apenas de preparación dramática, sombría y trágica de la criatura humana para el misterio insondable en que toda la Humanidad seria fatalmente tragada. Es increíble que las iglesias cristianas se esforzaran tanto, hasta hoy, para mantener esta situación desesperante en el mundo. Aunque hace poco el Papa Pablo VI, mostrándose preocupado con su muerte próxima, declaró que nada dice la Iglesia sobre la muerte, a no ser que sobreviviremos a ella en una forma de vida misteriosa. De misterio en misterio, como se ve, los problemas fundamentales de la vida y de la muerte fueron escapando de las manos de los clérigos. Hoy estos asuntos pasaran hacia el ámbito de la Ciencia. Mas será la Educación y la Pedagogía que, en última instancia, cabe hoy la obligación de elaborar los programas de orientación educativa de todos nosotros para el acto de morir. En la didáctica especializada de esta nueva disciplina resalta, como punto central nuevo campo educativo, el acto educativo. En el se concentra, como en el núcleo del átomo, todo el poder organizador y orientador del proceso a desenvolverse. Para René Hubert y Kerchensteiner, el acto educativo es un acto de amor.
En las pesquisas sobre la Educación primitiva, entre los salvajes, se evidenció que la naturaleza de la Educación es esencialmente afectiva, amorosa. Esto nos muestra que la Educación para la Muerte no puede ser coercitiva, autoritaria, constreñidora y mucho menos aterrorizadora. Las religiones de la muerte, por lo tanto, se negaron a si mismas al optar por el terrorismo de las maldiciones y de las amenazas para educar a los hombres en el difícil oficio de morir y de soportar la muerte a su alrededor. Simone de Beauvoir observó, en contacto con materialistas ideológicamente convencidos, que morir es una necesidad natural del hombre, que los materialistas temen, principalmente, la soledad de la muerte. Nada saben, como los religiosos, sobre los secretos de la muerte. Debería ser por esto que siempre mueren con los ojos abiertos, dejando a los vivos el trabajo de cerrarlos. Si los materialistas pudiesen ser filósofos, no les importaría la soledad de la muerte, puesto que si en ella todo se acaba, no podría haber soledad. Y será también por esto que no puede haber una Filosofía materialista. La esencia de la Filosofía es la libertad y su objeto es ella misma. La Filosofía es la captación libre de la realidad que nos dará una libre concepción del mundo. El materialista no es libre, puesto que está preso a la idea fija de que todo es materia. Fue esta posición incomoda que llevó y alejó a Marx de la escuela hegeliana y lo llevó a la corrección errada de la dialéctica cierta de Hegel, poniendo cabeza abajo lo que estaba evidentemente en pie. Por esto, Marx y Hegel, el profeta bíblico extemporáneo y su ángel anunciador, transformaron la Filosofía en un juego de ajedrez cuyos resultados están marcados desde el inicio de la partida. La concepción del mundo del Marxismo es un tablero con piezas fijas e invariables y jugadas prefabricadas. De ahí el impase marxista en la Filosofía, rodando siempre en un círculo vicioso, un laberinto en que se perdió el hilo de Ariadna.
La misma Revolución Rusa, que debería modificar al mundo, acabó produciendo el impase del constante retorno a las fórmulas capitalistas. Para librar al hombre de la explotación capitalista, la URSS tuvo que capitalizarse y recurrir, desde los primeros momentos, a la explotación horripilante del trabajo forzado. No habrá una puerta de salida para la concepción solipsista del mundo en el Marxismo, a no ser la del Anarquismo, que no puede ser usada porque se dispersarían pronto las bases filosóficas artificiales. Mientras que no se le devuelva al Espíritu su concepción del mundo, el Marxismo no alzará vuelo. Quedará rodando en el piso por falta de un ala, como explicaba el Prof. Bressane de Lima en sus palestras espíritas. Lo mismo acontece con el Capitalismo, que tiene sus alas presas en el torque histórico formado por las pinzas agresivas y sin piedad de la economía burguesa y de las religiones de la muerte, con sus aparatos y sus esceficaciones ceremoniales. No es por acaso que estamos en un mundo tan lleno de conflictos y angustias. Pagamos caro el mundo fantasioso que orgullosamente construimos sobre el mundo natural de la Tierra. Readaptar este mundo humano a la realidad planetaria es tarea urgente, que cabe a todos y a cada uno de nosotros.
El acto educativo, en el proceso de la educación para la muerte, se revela aún más profundo y significativo que en la educación común. Comienza por el llamado de una consciencia esclarecida y madura a las consciencias inmaduras, para elevarse sobre los conceptos erróneos a los cuales se apegan. Tenemos que revelar y justificar para estas consciencias, con datos científicos actuales, el mecanismo individual y colectivo de la muerte. Urge convencer al hombre de que la muerte no es un mal, sino un bien de la naturaleza y una necesidad para el hombre. Tenemos que demostrar que el muerto no es un cadáver, sino un ser inmortal que, al pasar por la vida y la muerte se enriqueció con nuevas experiencias, adquirió más saber, desenvolvió sus facultades o potencialidades divinas. Tenemos que esclarecer el sentido de la palabra hasta hoy empleada de manera alienante, esclareciendo que la condición divina del hombre es simplemente el producto de una existencia de trabajo, amor y abnegación, en que la criatura supera, en las vías de la trascendencia, el condicionamiento animal del cuerpo material y la ilusión sensorial que lo imanta al vivir animal.
Tenemos que quebrar la sistemática habitual de las escuelas y de las iglesias, que se apegan al pragmatismo, a las subfilosofias del vivir por vivir, desvendando el verdadero significado del placer y del amor, como elementos de sublimación de la criatura humana en las funciones vitales y genésicas de la especie. El mandamiento del amor al prójimo debería ser colocado en plano racional, libre de las amenazas opresivas y de la maraña de las conveniencias inmediatistas. Mostrar que el Amor a Dios, la más elevada forma de amor existente en la Tierra, no se hace con miedo y terror, sino de comprensión; no se dirige a un mito, sino a una Consciencia que nos impulsa en la práctica de la justicia y de la bondad, sin discriminaciones de especie alguna. Tenemos que esclarecer que la muerte está en nosotros mismos y no fuera de nosotros, que convive con la vida en nosotros. Como enseñaba Buda, “la muerte nos visita 75 veces en cada una de nuestras respiraciones”. Tenemos que demostrar que, en verdad, morir es simplemente dejar el condicionamiento animal y pasar a la vida espiritual.
La fase más difícil del acto educativo es la que da la comprensión del desapego a los bienes pasajeros del mundo, sin despreciarlos, como forma de preparación para las actividades de abnegación amorosa que deberemos ejercer después de la muerte. Mas no deberemos exagerar las promesas de más allá del túmulo, puesto que no se promete lo que no se puede dar, sino enseñar que solo se llevará, en el cambio de la muerte, el bagaje de las conquistas que se realizan aquí, en la vida terrenal. No seremos premiados, sino pagados en la otra vida, justamente pagados por todo lo que demos gratuitamente en esta vida. Esta enseñanza, acompañada de ejemplos vivos de nuestra vivencia, demostrará a los educandos que no usamos palabras piadosas, sino que los convidamos a caminar a nuestro lado, haciendo lo que hacemos. Deberemos sustituir las ideas de recompensa por las de consecuencia. Pero si hiciéramos todo esto sin amor, pensando apenas en nosotros mismos, nuestros actos no tendrán repercusión, puesto que nada más hicimos que cumplir con nuestro deber, en el contrato social y universal de la convivencia humana. Ninguno hace sin haber aprendido, pero ninguno aprende sin hacer.
Así, la reciprocidad de nuestro quehacer nos liga profundamente a los otros en las redes de la ley de acción y reacción, demostrándonos de manera objetiva y subjetiva que somos todos nos necesitamos unos a los otros. La convivencia humana se entreteje de intereses, desconfianzas, despechos y aversiones, sobre un paño de fondo en que el amor, la simpatía y el respeto ofrecen precaria base de sustento. Gran parte de este tejido de malquerencias recíprocas provienen de motivos ocultos, provenientes de envidias y celos. Porque unos están mejor dotados que otros y la vanidad humana no permite a los inferiores perdonar a los más agraciados por la naturaleza o por la fortuna. El problema de la reencarnación explica estas diferencias, muchas veces chocantes, y alienta a los infelices con esperanzas racionales, demostrándoles que cada uno de nosotros será el responsable único por su condicionamiento individual. Los hombres aprenden a tolerar sus derrotas hoy para alcanzar victorias futuras, y en este aprendizaje se superan a si mismos, modificando el tenor inferior de las relaciones sociales. Las pesquisas científicas actuales sobre la reencarnación hacen parte necesaria de la educación para la muerte, que en el caso pierde la mayoría de sus aspectos negativos, transformándose en promesa de recompensa posible. Al mismo tiempo, sustituyendo las amenazas religiosas absurdas por los socorros de las buenas acciones en la vida de prueba, que será siempre pasajera, predisponiendo a las criaturas condiciones espirituales en la vida presente. Las pruebas científicas del poder del pensamiento, que hoy se revela como forma de comunicación permanente en la sociedad humana, nos demuestra la conveniencia de la conformidad y de la alegría íntima en las relaciones sociales.
El acto educativo, en esta extensión y en esta profundidad, tornase el más poderoso instrumento de transformación del hombre, llevándolo a descubrir en si mismo las más poderosas fuentes de energía de que podemos disponer en el mundo, y basta esto para darnos la Nueva Consciencia que apagará en nosotros todos el fermento viejo de que hablaba Jesús a los fariseos, los residuos animales de nuestra condición humana.
No será con sermones tejidos con palabras mansas y palabrería emotiva, ni con piedad fingida, bendiciones formales del profesionalismo religioso, promesas de un cielo de delicias al lado de amenazas de condenas eternas que podremos despertar a los hombres para una vida más elevada. Tenemos que colocar los problemas humanos en términos racionales, sin contradicciones amedrentadoras. El hombre reacciona, consciente u inconscientemente, a todas las amenazas y condenas y a todas las injusticias de la sociedad y de las potencias divinas. Hasta hoy, hemos sido tratados como animales en fase de domesticación y reaccionamos intensificando la violencia y la revuelta por toda la Tierra. De ahora en adelante precisamos pensar seriamente en la educación positiva del hombre en la vida, con vistas a su educación para la muerte. El instinto de posesión y las ambiciones del poder desencadenaron en la Tierra la ola de violencias que hoy nos asombra. Mas el hombre es racional y puede superar esta situación desastrosa ante la revelación de las primaveras secretas del amor y de la bondad. En su consciencia está la marca divina del Creador, en la idea de Dios que Descartes descubrió en las profundidades de si mismo. En un mundo y en una sociedad en que los estímulos son, en la mayoría negativos, los ejemplos deplorable, las leyes injustas, las religiones mentirosas entregados al tráfico de la simonía, la moral hipócrita y así por delante, en que los buenos se hunden en la miseria para que los malos vivan con las tripas llenas, no habrá condiciones para el desenvolvimiento de las virtudes del espíritu, sino solamente para los vicios de la carne.
El acto educativo, en la Educación para la Muerte, se constituye en un proceso complejo que debe abarcar todas las facultades humanas, para elevarlas al plano de las funciones superiores del espíritu. Comenzando en el individuo, primera brecha por la cual se puede inyectar la idea nueva en relación constante con la muerte, este acto de amor se extenderá a las comunidades, contagiando al mundo. Es lo que Jesús comparó a la acción del fermento en una medida de harina, para levarla. Es también el poquito de sal que da gusto a la insipidez del mundo, a través de aquellos que se dispongan a salarse a si mismos para transmitir a los otros el estimulo salino. Todas estas cosas no son nuevas, son viejas, pero en verdad no envejecen. Hace dos mil años Jesús de Nazarét, carpintero e hijo de carpintero, enseñó al mundo los principios de la Educación para la Muerte y enriqueció sus enseñanzas con su ejemplo personal.
Ejemplificó la inmortalidad, resucitando en su cuerpo espiritual – el cuerpo bioplasmático que los materialistas descubrieran y se apresuraron a esconder de la Humanidad. Mas la Educación para la Muerte fue entonces transformada en las Religiones de la Muerte por los mercaderes de los templos y el mundo retornó a las tinieblas, apegado a los mitos y enriqueciendo el panteón mitológico con la imagen del carpintero crucificado por judíos y romanos en colusión. Nos cabe ahora, en la antevíspera científica y tecnológica de la Era Cósmica, disponernos a luchar por la reimplantación de la Educación para la Muerte, que enseñara a los hombres a vivir bien para morir bien, o sea, morir conscientes de que no mueren, pues la ley de los Cosmos no es la muerte, sino la vida sin fin, indestructible en la realidad infinita de la Creación.
La Hora de la Magia se agotó en las selvas, en los intentos ingenuos de los hombres primitivos, de descubrir y controlar las leyes naturales, dominando la naturaleza por medios ilusorios y grotescos. La Hora de las Religiones se escurrió en las ampolletas de arena o en las clepsidras goteantes. La Hora de la Ciencia se desapareció en las minucias de la técnica. Mas surgió al final la Hora de la Verdad, en que toda la realidad se transforma en estructuras invisibles, en el polvo atómico y subatómico de las inversiones de la antimateria. Es la Hora Esperada de la Resurrección del Espíritu.
J. Herculano Pires
Extraído del libro "Educación para la muerte"
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