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Jóvenes y Maduros PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Martes, 28 de Octubre de 2008 16:00

El concepto de Educación como un llamado de una consciencia para elevar su nivel a una consciencia inmadura, según René Hubert, coloca la cuestión en el plano rouseauniano de la educación individual para simplificarla, mas se aplica a todas las formas de la educación colectiva. Rousseau mismo usó esta táctica, puesto que no deseaba reducir la educación a un sistema privado de elite. La Educación como un acto de amor se dirige a toda la Humanidad. Cualquier discriminación en el proceso educativo, sea por motivos raciales, sociales, nacionales u otros, será una tergiversación del proceso educativo y una traición a su finalidad básica, que es hacer de un ser biológico, como el niño al nacer, o de un ser social, como el adolescente y el joven, un ser moral. Las excesivas restricciones de ciertos tipos de moral, como la victoriana en Inglaterra y la las religiones de la muerte en todo el mundo, llevarán a la moral al descrédito, pues la única virtud que producirían sería la hipocresía.

Cuando se quiere asfixiar la naturaleza humana, en sus exigencias vitales, el resultado será siempre el mismo y las consecuencias futuras resultarán en rebeldía total. Mas cuando se trata de un ser moral, la expresión no se refiere a esta u aquella moral, sino a la Morali-dad en los términos pestalozianos. En este sentido, la Educación para la Muerte abarca todas las edades de la evolución biopsíquica del ser humano, que solo alcanzará realmente sus fines cuando abarque a las colectividades. Por esto, Pestalozzi dio a su sistema una amplitud filantrópica. El simple hecho de suministrarnos educación específica a los hijos de ricos, relegando a los demás niños y jóvenes a los azares de la suerte, será una inmoralidad que atenta contra el principio del amor, fundamental en la educación. Es precisamente en este punto crucial del problema que la tríada Educación, Vida y Muerte se resuelve en una exigencia única y, por lo tanto, indivisible. Quien no educa no ayuda a ninguno a vivir y morir. Esto equivale a decir: Quien no distribuye Educación en pie de igualdad para todos trae los  objetivos existenciales del hombre y de la Humanidad. Por otro lado, el comercio puro y simple de la Educación, mantenido apenas con finalidad financiera, se constituye en un pecado ético mucho más grave que el pecado mortal de las iglesias.

Henri Bergson vio con precisión la unidad fundamental y sustancial de la Religión, de la Moral y de la Educación. Según su tesis, la moral social se funda en la religión estática, cerrada en su dogmática exclusivista, dándole, a pesar de este exclusivismo, la designación de Moral Abierta, porque ella se abre en el plano social. Se opone a ella la Moral cerrada, así designada por ser individual, que no se subordina a ninguna religión institucionalizada, mas apenas la consciencia de los hombres superiores. Esta es la moral que Pestalozzi llamó Moralidad, colocándola sobre las religiones. Refiriéndose también a la religión animal, evidentemente primitiva, nacida de la magia primitiva de las selvas, que determina la moral tribal, de la cual resulta, en el proceso evolutivo del hombre, en la moral social. De esta manera, el problema ético sería el pivote de toda la Educación y de toda la Moral, teniendo por expresión subalterna de las exigencias de la naturaleza humana las formas posibles de la religión. Así, Dios se hace humano y el hombre se hace divino, en el trueque ingenuo de favores mutuos entre el Cielo y la Tierra. Los jóvenes, recién salidos de la adolescencia, se creen e dotados de poderes milagrosos para transformar la realidad árida y caquética del mundo, renovándola en los ardores de su propia juventud.

Cuando un joven decide entrar a la carrera eclesiástica es porque la sociedad lo convenció de que en ella podrá usar los instrumentos sagrados, provenientes de la magia de las selvas y mejorados en la estética de la civilización, para realizar, con los poderes terrestres y celestes mezclados que el sacerdocio le faculta, las metamorfosis necesarias de toda la estructura social para implantar el Reino de Dios en la Tierra. Al llegar, sin embargo, al plano de los adultos, madurando en el trato de la mundanidad, en que imperan las ambiciones de poder y ganancia, tan contrarias a las perspectivas divinas de sus sueños que ya penden marchitos a las orillas de los caminos recorridos y marcados por los rastros de amarguras, decepciones y frustraciones irremediables, viendo  que los instrumentos divinos, ahora inútiles en sus manos, nada más son amuletos imaginarios. Solo le resta, entonces, rebelarse contra si mismo, negarse en la dialéctica de los sueños y desengaños y ajustarse al comodismo de la madurez sin perspectivas. Será en este momento fatal del fin de la juventud que las religiones entran en agonía. La creencia ingenua y tejida de leyendas piadosas se transforma en paliativo innoble para las desesperaciones del mundo y los impulsos del antiguo entusiasmo se revelan muertos y pálidos como las serpientes de fuego del kundalini hindú que se transformaron en cenizas y carbón triturado por los años. La Moral, que antes brillaba en el cielo de las aspiraciones supremas del alma, es entonces un cadáver frío que sirve apenas para defenderlo de las debilidades inevitables del pasado.

En el velorio estúpido de las carpideiras el héroe fracasado, vencido por si mismo, solo encuentra el consuelo presente y duramente envilecedor de acomodaciones. Cuál será su concepto de la muerte? La del túmulo, de la podredumbre oculta en el laboratorio de la tierra para el aprovechamiento en la química de los residuos impuros – la nada. El pivote poderoso que sustentaba al giroscopio de las aspiraciones supremas se transformó apenas en un pivote forjado por dentista de arrabal, ahora suelto e inútil en la boca desdentada de una bruja a quien llaman por el nombre de Muerte. No habrá salida alguna en este impase final y definitivo. El hombre se entrega entonces, sin ilusiones o espe-ranzas posibles, al placer mezquino de la adulación y de la subservidumbre, temperando los restos de su existencia perdida en la zancadilla amarga de las humillaciones. Esta es la tragedia de las generaciones que florecieran en los campos sembrados por las mentiras de la Religión y de la Moral que se alimentan en la hipocresía. Por esto el Fin del Mundo, imaginado por los teólogos y pregonado por los clérigos, nada más sería lo que el aquelarre funambulesco de los duendes sin esperanzas. Los muertos resucitan para la vida eterna, mas lo hacen en sus cuerpos recuperados por un dios sádico, que los retira del túmulo en el estado precario en que murieran en un pasado remoto, dándoles apenas el consuelo de continuar en la eternidad a vivir con las dolencias y las deformidades de una remota vida frustrada. No seria preferible la caldera del Diablo, en este caso, más piadosa que Dios?

Es espantosa la inversión de valores producida por la imaginación teológica en el Cristianismo. Apretados entre dos ordenes de cosas, la humana y la divina, mas fatalmente apegados, por su condición humana y por el condicionamiento de las aspiraciones celestes, los teólogos hicieron tal confusión en la supuesta Ciencia de Dios que heredaron de las mitologías paganas, que acabaron atribuyendo virtudes de Dios al Diablo y atribuyendo a Dios las maldades de este. De esto resultó que Dios aparece muchas veces en el plano teológico vestido con la piel del Diablo, y este se atreve, generalmente, a introducirse diabloticamente en la piel de Dios. Claro que esta lamentable confusión llevaría a los hombres, no a los caminos del Cielo ni a las veredas del Infierno, sino al desierto sin caravanas ni rutas de la incredulidad y del materialismo. Tanto papel impreso se gastó, en tomos inflados de sabiduría fantasiosa, que se tornó necesaria la red de dogmas inexplicables e inviolables, hasta intangibles, para impedir el desmoronamiento total de las gigantescas estructuras teológicas. Mas no hay prisión que esclavice para siempre al pensamiento, hoy reconocido como la energía más poderosa del universo. Estos prometeos de sotana quisieran robar el fuego del Cielo sin escalar el monte Olimpo. Evitaron los rayos de Zeus y de Júpiter, mas acabaron enrolados en sus propias trampas. La Iglesia no confió en las simientes del Evangelio (que Lutero tuvo que arrancar a la fuerza de sus manos cenicientas) y sembró en la Tierra las simientes del Diablo, regadas a maldiciones y sangre, al crepitar siniestro de las hogueras inquisitoriales. Estas mismas hogueras, sin embargo, hicieran madurar la razón humana que explotaría en flores y frutos, en cosechas inesperadas en los finales de la Edad Media y en el Renacimiento. Dios corregiría a los teólogos.

Las nuevas generaciones son las últimas herederas de la herencia teológica y enfrentan los últimos embates con los defensores de una tradición mentirosa e hipócrita. Esta posición exige de los jóvenes pesados gravámenes. Ellos se sienten aplastados por aquellas exigencias de los rabinos del Templo, que Jesús acusó de sobrecargar a los hombres con fardos aplastadores y sin ayudarlos siquiera con la punta de los dedos;  amarrados a tradiciones familiares y al mismo tiempo atraído por las perspectivas de una vida más racional y justa en conflicto consigo mismo. El llamado conflicto de generaciones se acentúa y complica, llevando a muchos jóvenes a la revuelta y al desespero. Acaban rasgando los viejos protocolos de los Sabios de Sión y entregándose a la experiencia, en la búsqueda de originalidades. Llegan a la madurez en plena confusión. No consiguieran asimilar la cultura del pasado y precisan integrarse urgentemente en las condiciones de un mundo híbrido en que las opciones se tornan embarazosas. El ansia de los adultos, de parecer jóvenes, los torna generalmente excéntricos, por lo tanto desajustados. En esta fase de transición la edad cronológica pierde su antiguo sentido, juventud y madurez se confunden, generando una vejez insubordinada que exulta sobre los valores antiguos. Mas la fuerza de la edad se acaba imponiendo y obliga a los viejos jóvenes a todos los compromisos de la mentira y de la hipocresía.

Es por esto que parece, a los observadores atentos, como vueltos en contravía. La Educación para la Muerte los libraría de estas situaciones conflictivas, dándoles los instrumentos de la comprensión de la época, necesarios para la orientación segura para los tiempos de inseguridad. La muerte nos espera y sorprende a todos, mas cuando aprendemos que la muerte no es la estación final de la vida sino un punto de trasbordo para otros destinos, reconoceremos la necesidad de las fases de transición, que nos hacen conocer el revés del mundo. Es en estas fases que la rutina de las civilizaciones se quiebra, se despedaza, para que el flujo de la evolución pueda proseguir en las civilizaciones subsecuentes. Las personas que no pueden aceptar el principio de la reencarnación, porque les parece absurdo, deberían pensar en la rutina de la vida, que nos encierra también en la rutina de las ideas hechas y aceptadas sin analizar. En un Universo esencialmente dinámico, en que, como decía Talles, no podemos entrar dos veces en un mismo río, puesto que encuanto salimos de las aguas el río se modificó, no será admisible aceptar que solo el hombre no pueda cambiarse, transformarse, y tenga que desaparecer con la muerte. La regla es una sola, para todas las cosas y todos los  seres. Desde que nacemos, hasta morimos, nuestra propia vida individual será un constante cambio. Por esto preguntó el poeta mexicano Amado Nervo: “Será más difícil renacer que nacer?”

J. Herculano Pires
Extraído del libro "Educación para la muerte"