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La Edad Media ha heredado estas concepciones, como se puede comprobar en el pasaje siguiente de la Divina Comedia, de Dante: “Tan pronto como le ha sido asignado un lugar al alma (después de la muerte), su facultad normal irradia a su alrededor, lo mismo y tanto como lo hacía en sus miembros vivos. Y cuando la atmósfera está bien cargada de lluvia y los rayos vienen a reflejarse en ella, se muestra adornada de colores diversos; así el aire que la rodea toma esta forma que le imprime virtualmente el alma, deteniéndose allí; y semejante a la llama que sigue al fuego por donde va, esta nueva forma sigue al alma por todas partes.
Como el alma saca de ahí su apariencia, se le llama sombra, y organiza en seguida todos los sentidos, hasta el de la vista.” (1) Es tanto una necesidad para la inteligencia unir el espíritu a la materia, que los más grandes poetas no han dejado nunca de hacerlo y han revestido siempre de formas corporales los seres celestes, cuya pura esencia no puede ser percibida por los órganos de los sentidos. Milton, en la Guerra de los Ángeles, no ha vacilado en prestar un cuerpo, aunque lo haya querido pintar sutil y aéreo, a esos seres extrahumanos que él concebía como puramente espirituales por su propia naturaleza.
He aquí cómo se expresa en su poema El Paraíso Perdido, a propósito de los ángeles: “Ellos viven todo corazón, todo cabeza, todo ojos, todo oídos, todo inteligencia, todo sentidos; se dan a su antojo miembros; adoptan el color, la forma y el tamaño, denso o sutil, que prefieren”.
1 La Divina Comedia (Purgatorio, XXV), traducción de M. Florentin.
Ossian ha revestido igualmente de formas sensibles los espíritus aéreos que creía ver en los vapores de la noche y oír en los mugidos de la tempestad. Klopstock ha presentado, en su Mesiada, el cuerpo del serafín Elohé como formado por un rayo de la mañana, o el del ángel de la Muerte como una llama en una nube tenebrosa. Precisa su idea en la disertación que ha colocado en la cabecera del sexto libro de su epopeya; sostiene “que es muy verosímil que los espíritus finos cuya ocupación habitual es mediar sobre los cuerpos de que el mundo físico se compone, estén ellos mismos revestidos de cuerpo”, y debe creerse en particular que los ángeles, “de quienes Dios se sirve a menudo para conducir a la felicidad a los mortales, habrán recibido ellos mismos alguna forma de cuerpo, que corresponde a la de los elegidos que Dios llama a esta suprema felicidad”.
El penetrante genio de Leibniz no se ha engañado. “Creo -dice-, con la mayoría de los antiguos, que todos los genios, todas las almas, todas las sustancias simples creadas, van siempre unidas a un cuerpo y que no existen almas enteramente separadas de él... Añado aun que ningún desarreglo de los órganos visibles es capaz de producir a una entera confusión en el animal, o de destruir todos los órganos y de privar al alma de todo su cuerpo orgánico y de los restos imborrables de todas las huellas precedentes. Pero la facilidad que se ha tenido de abandonar los cuerpos sutiles unidos a los ángeles (que se confundían con la corporalidad de los ángeles mismos), y la introducción de pretendidas inteligencias separadas en las criaturas (a lo que los que hacen rodar los cielos de Aristóteles han contribuido mucho), y, en fin, la opinión errónea en que se ha estado, de que no se podía conservar las almas de las bestias sin caer en la metempsicosis, han hecho, en mi opinión, que se haya descuidado explicar de manera natural la conservación del alma.” (1) Es menester llegar hasta Carlos Bonnet (2) para tener una teoría, que si bien no se apoya sobre los hechos, se aproxima singularmente a la que el Espiritismo nos ha permitido edificar basándonos en la experiencia. Vamos a citar libremente los pasajes más importantes de sus obras, relativos a nuestro asunto. Se admirará la lógica poderosa de este profundo pensador que descubrió hace más de ciento cincuenta años, las verdaderas condiciones de la inmortalidad.
(1) Leibniz, Nuevos ensayos. Prefacio.
(2) Carlos Bonnet, Essai analytique. Véase también Palingénésie, t. II
“Estudiando con cuidado —dice—, las facultades del hombre, observando sus dependencias mutuas o esa subordinación que las sujeta unas a otras y a sus objetos, llegamos fácilmente a descubrir cuáles son los medios naturales por los cuales se desarrollan y se perfeccionan en la Tierra. Podemos, pues, concebir los medios análogos más eficaces que llevarían a esas facultades a un grado más alto de perfección. “El grado más alto de perfección que el hombre puede alcanzar en la Tierra está en consecuencia con los medios que le son dados de conocer y de obrar. Estos medios están en relación directa con el mundo que habita actualmente. “Un estado más realizado de las facultades humanas no habría estado en armonía con este mundo en el cual el hombre debe pasar las primeras etapas de su existencia. Pero sus facultades son indefinidamente perfectibles, y nosotros reconocemos, con lógica, que algunos de los medios naturales que las perfeccionarán algún día puedan existir en el hombre desde ahora. “Así, puesto que el hombre estaba llamado a habitar sucesivamente dos mundos diferentes, su constitución original debía en cerrar cosas relativas a estos dos mundos. El cuerpo animal debía estar en relación directa con el primer mundo, el cuerpo espiritual con el segundo. “Dos medios principales podrán perfeccionar en el mundo futuro las facultades del hombre: sentidos más exquisitos y nuevos sentidos. Los sentidos son la primera fuente de todos nuestros conocimientos. Nuestras ideas más reflexivas, más abstractas, derivan siempre de nuestras ideas sensibles. “El espíritu no crea nada, mas opera sin cesar sobre esta multitud casi infinita de percepciones diversas que adquiere a través de los sentidos. “De estas operaciones del espíritu, que son siempre comparaciones, combinaciones, abstracciones, nacen, por generación natural, todas las ciencias y todas las artes.
“Los sentidos, destinados a transmitir al espíritu las impresiones de los objetos, están en relación con esos objetos. El ojo está en relación con la luz, el oído con el sonido, etc.” (1) Cuanto más perfectas, numerosas y diversas son las relaciones que los sentidos sostienen con los objetos, y más manifiestan al espíritu sus cualidades, más aún las percepciones de esas cualidades son claras, vivas, completas. Cuanto más viva y completa es la idea sensible que el espíritu adquiere de un objeto, más clara y concreta es la idea reflexiva que se forma de ella. Concebimos sin dificultad que nuestros sentidos actuales son susceptibles de grados de perfección muy superiores al que les conocemos actualmente; realidad que ya nos sorprende en ciertos sujetos. Hasta podemos formarnos una idea clara de este acrecentamiento de perfección, por los efectos prodigiosos de los instrumentos de óptica y de acústica. Figurémonos a Aristóteles observando una polilla por un microscopio, o contemplando con un telescopio a Júpiter y sus lunas; ¡Cuál no hubiese sido su sorpresa y su encanto! ¡Cuáles no serán los nuestros también, cuando revestidos de nuestro cuerpo espiritual hayamos adquirido toda la perfección que se puede recibir del Autor bienhechor de nuestro ser! Se imaginará, si se quiere, que nuestros ojos reunirán entonces todas las ventajas de los microscopios y de los telescopios, y que se adaptarán exactamente a todas las distancias. ¡Y cuán superiores serán los cristales a aquéllos de los cuales el arte se glorifica! (Se debe aplicar a los otros sentidos lo que acaba de ser dicho del de la vista.) ¡Qué rápidos no serían entonces los progresos de nuestras ciencias físico-matemáticas, si nos fuera dado descubrir los primeros principios de los cuerpos, sean fluidos, sean sólidos! Veríamos entonces, por intuición, lo que intentamos adivinar con ayuda de razonamientos y de cálculos, tanto más inciertos cuanto más imperfecto es nuestro conocimiento directo. Qué innumerable multitud de relaciones se nos escapan precisamente por que no podemos distinguir la figura, las proporciones, el arreglo de estos corpúsculos infinitamente pequeños, sobre los cuales, sin embargo, descansa el gran edificio de la Naturaleza. No nos es muy difícil tampoco concebir que el germen del cuerpo espiritual puede contener ya los elementos orgánicos de nuevos sentidos, que sólo se desarrollaran en la resurrección. (1)
(1) La teoría de la evolución hace comprender muy bien cómo la función ha crea do el órgano. Véase G. Delanne: L’Evolution Animique, cap. III.
Cómo el periespíritu ha podido adquirir propiedades funcionales. Con estos nuevos sentidos se manifestarán en el cuerpo propiedades que siempre nos serán desconocidas en la Tierra. Cuántas cualidades sensibles que ignoramos aún y que no descubriremos sin asombro! No conocemos las diferentes fuerzas extendidas en la Naturaleza más que en sus relaciones con los diferentes sentidos sobre los que despliegan su acción. ¡Cuántas fuerzas, de las que no sospechamos siquiera su existencia; porque no hay ninguna relación entre las ideas que adquirimos por los cinco sentidos y las que podremos adquirir por otros nuevos sentidos! (2) Elevemos nuestras miradas hacia la bóveda estrellada; contemplemos esa colección inmensa de soles y de mundos diseminados en el espacio, y admirémonos de que este gusanillo, que lleva el nombre de hombre, tenga una razón capaz de penetrar la existencia de esos mundos, y lanzarse así, hasta los extremos de la Creación. Prosiguiendo lógicamente lo que era, para él, una hipótesis, y para nosotros, una certeza experimental, el autor añade: “Si nuestro conocimiento reflexivo deriva esencialmente de muestro conocimiento intuitivo; si nuestra riqueza intelectual se acrecienta por las comparaciones que formamos entre nuestras ideas sensibles de todo género; si comparamos tanto más cuanto más conocemos; si, en fin, nuestra inteligencia se desenvuelve y se perfecciona en la proporción en que nuestras comparaciones se extienden, se diversifican o se multiplican, ¿cuál no será el acrecentamiento y el perfeccionamiento de nuestros conocimientos naturales cuando no estemos limitados a comparar los individuos con los individuos, las especies con las especies, los reinos con los reinos, y nos sea dado comparar los mundos con los mundos? “Si la suprema inteligencia ha variado en este mundo sus obras; si nada ha creado idéntico; si una progresión armónica reina entre todos los seres terrestres; si una misma cadena los abarca a todos, cuán probable es que esta cadena maravillosa se prolongue en todos los mundos planetarios, que los una a todos, y que éstos no sean más que partes consecutivas e infinitesimales de la misma serie. (1)
(1)El periespíritu contiene, a partir de este momento, todos los sentidos. El cuerpo no posee más que los instrumentos que sirven para el ejercicio de las facultades. No es el ojo el que ve; es el alma. El oído no oye; sólo es el instrumento de la audición; pues si la comunicación entre el cerebro y el ojo o el oído es interrumpida, aunque el aparato está intacto, la percepción no tiene lugar. Por otra parte, la visión o la audición pueden hacerse sin la participación del ojo o del oído, como se comprueba en la lucidez sonambúlica.
(2)La materia radiante, los rayos X y el espectroscopio, justifican plenamente esas intuiciones del genio.
“¡De qué sentimientos no estará inundada nuestra alma, cuando, después de haber estudiado a fondo un mundo, volemos hacia otro y comparemos entre ellos sus estructuras! ¡Cuál no será entonces la perfección de nuestra cosmología! ¡Cuál no será la generalización y la fecundidad de nuestros principios, el encadenamiento y la precisión de nuestras consecuencias! ¡Qué luz brotará de tantos objetos diversos sobre las otras ramas de nuestros conocimientos, sobre nuestra astronomía, sobre nuestras ciencias racionales y principalmente sobre esta ciencia divina que se ocupa del Ser de los seres!” Estas inducciones también establecidas por el razonamiento han sido plenamente justificadas en nuestra época. El cuerpo destinado a una vida superior existe ya en el organismo humano; ha representado un papel de primer orden, y gracias a él podemos conservar el tesoro de nuestras adquisiciones intelectuales. Comprobaremos, después, que el periespíritu es una realidad física tan cierta como la del organismo material; se le ve, se le toca, se le fotografía; en una palabra, lo que no era más que una teoría filosófica, grandiosa y consoladora, es cierto, pero siempre recusable, se ha convertido en un hecho científico, que da a estos vuelos del espíritu la consagración inatacable de la experiencia.
(1) Las juiciosas deducciones de Carlos Bonnet, nos incitan a creer que todos los mundos son, han sido, o serán, poblados por seres inteligentes.
Gabriel Delanne
Extraído del libro "El Alma es inmortal"
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