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En el caso siguiente es imposible atribuir la aparición a una idea preconcebida, pues el espíritu que se ha manifestado era completamente desconocido de la señora que le ha visto. No es, pues, sino a consecuencia de circunstancias diversas que se ha podido saber quién era y comprobar su identidad. Vamos a dejar la palabra al autor de esta narración. (1)
(1) Pierrat, Revue Spiritualisme, 1862.
Eeidh 1 junio 1862
“Señor: “Mi mujer no creía en modo alguno en los espíritus, y yo no me preocupaba de esta cuestión. Ella decía a veces: «Temo a los vivos, pero de ninguna manera a los muertos. Si supiera que hay espíritus desearía verlos, pues podrían hacerme mal sin yo saberlo, y sacaría de esta aparición la confirmación del dogma cristiano de que no todo acaba con nosotros.»
“Vivíamos en el campo; nuestro cuarto estaba situado al norte; desde que lo ocupáramos se habían producido con frecuencia ruidos singulares, que nos esforzábamos en atribuir a causas naturales. Una noche del mes de febrero del año pasado, Mme. Mahon se despertó por un contacto muy sensible en los pies, como si, dice ella, le hubiesen dado palmaditas. En seguida me dijo: «Aquí hay alguien.» Después, como se hubiese vuelto del lado izquierdo, entrevió en un ángulo oscuro del cuarto, algo informe que se movía, lo que le hizo repetir: «Te aseguro que hay alguien.» “Yo dormía entonces en una cama colocada cerca de la suya, y le respondí: «Es imposible. Todo está bien cerrado, y puedo asegurarte que no hay nadie, porque hace diez minutos que estoy despierto y sé que reina un profundo silencio. Te engañas.»
“No obstante, cuando se volvía del lado opuesto, vio claramente, entre la cama y la ventana, un hombre alto, delgado, vestido con una especie de camisolina a rayas, con la mano derecha levantada, como en señal de amenaza. Se destacaba en la semioscuridad. En presencia de aquella aparición, experimentó cierto pasmo, suponiendo siempre que un ladrón se había introducido en la casa, y me repitió por tercera vez: «Sí, sí, aquí hay alguien.» Al mismo tiempo, sin perder de vista un instante la aparición, que conservaba su inmovilidad, se dispuso a encender una bujía. “Debo decirlo: tenía tal convicción de que mi mujer se encontraba bajo el imperio de una ilusión a consecuencia de algún sueño; estaba tan persuadido de que ninguna persona extraña podía haber penetrado en la habitación, donde, por otra parte, mi perro guardián había hecho su ronda después de la cena de los criados; el silencio era tan completo desde que me desperté, que mecido por mi seguridad ni siquiera pensaba en abrir los ojos.
Si mi mujer me hubiera dicho veo a alguien, hubiera sido diferente; hubiera inmediatamente mirado; pero no dijo nada de eso. Probablemente, era preciso que las cosas ocurriesen así. “Sea como fuere, el tiempo que tardó en encender la bujía, la aparición estuvo presente ante ella. Con la luz se desvaneció. Me levanté al oír su relato detallado, y recorrí la estancia. Nada. Miré el reloj: eran las cuatro. “Desde entonces se han producido hechos extraños en la habitación; ruidos inexplicables, luces vistas por mí desde afuera en las ventanas del primer piso cuando todo el mundo estaba en la planta baja; desaparición súbita de monedas entre mis propias ruanos; golpes dados, etc. Pero la aparición no se renovó. Verdad es que conservábamos encendida una lamparilla toda la noche. “Últimamente, estando en París, Mme. Mahon preguntó a la lúcida de M. Cahagnet si podía explicarle quién era el espíritu que se le había aparecido.
He aquí la respuesta que le fue dada: “Le veo... Es un hombre que viste toga de juez con amplias mangas. “Mi mujer objetó que no se le había aparecido así; a lo que la lúcida replicó: “-Poco importa. Os digo que es el mismo que veo. Ha adoptado el traje que le convenía. En vida era juez, muy procesador por naturaleza. En el momento de su muerte, su razón se turbó a causa de un proceso injusto que estaba a punto de perder. Se ha suicidado en los alrededores de vuestra casa. Está errante. A veces ha dicho usted que deseaba ver un espíritu... y ha venido.
“Esta explicación sólo satisfizo medianamente a Mme. Mahon, para quien todos aquellos detalles eran nuevos. Pocos días después de su regreso a Luxemburgo, estando una noche en casa de unas personas, al referirles la respuesta de la lúcida todo el mundo exclamó: «Pero, toma, si es M. N., el que se ahogó en el estanque hace varios años. Estaba a punto de perder un pleito contra uno de sus sobrinos... Se trataba de rendir cuentas de la tutela... Perdida la cabeza..., se suicidó.»
“Exactamente lo mismo que había dicho la lúcida. “No os ocultaré que fue profunda la impresión en todos los asistentes. Debo advertiros que la Sra. Mahon ignoraba, como yo, la historia del señor N... y, por consiguiente, la lúcida no pudo leer en nosotros los detalles tan precisos que dio. “Os entrego el hecho y os autorizo a publicarlo. En cuanto a su exactitud, yo la afirmo bajo la garantía de mi palabra.”
Eugenio Mahon Vice-Cónsul de Francia
Algunas reflexiones
Así, pues, hemos llegado poco a poco a comprobar que ese cuerpo fluídico, entrevisto como una necesidad lógica en la antigüedad, es una realidad positiva afirmada por las apariciones, tanto por la vista de lo sonámbulos como por la de los médiums. Esos seres que viven en el espacio, es decir, alrededor de nosotros, tienen una forma perfectamente determinada que permite describirlos con exactitud. La duda concerniente a este punto ya no está permitida, pues los testimonios que provienen de experimentadores serios son demasiado numerosos para que la negación pura y simple sea admitida en una discusión sincera. Nos queda por preguntar si esta envoltura se constituye después de la muerte, o bien, lo que es más probable, va siempre adherida al alma. Si esta última suposición es exacta, a de ser posible comprobar su existencia durante la vida. Esto es lo que vamos a hacer inmediatamente, llamando en nuestra ayuda, no va a magnetizadores o espíritas, ni a investigadores completamente extraños a nuestros estudios, sino a sabios imparciales cuyas verificaciones tendrán tanto mayor valor cuanto no se relacionan con ninguna teoría filosófica.
Gabriel Delanne
Extraído del libro "El alma es inmortal"
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