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Acabamos de ver en el capítulo anterior que la idea de cierta corporeidad, inseparable del alma, ha sido creencia casi general de la antigüedad y de una multitud de pensadores, hasta nuestra época (1). Es evidente que esta concepción resulta de la dificultad que experimentamos de poder imaginar una entidad puramente espiritual. Nuestros sentidos no nos hacen conocer más que la materia, y es preciso ejercer la vista interior para sentir que existe, en nosotros, algo más que este principio.
Sólo el pensamiento nos hace admitir, por su ausencia de caracteres físicos, que existe algo que difiere de lo que cae bajo la apreciación de los sentidos. La idea de un cuerpo fluídico resulta así mismo de las apariciones. Es evidente que cuando se ve el alma de una persona muerta, es preciso que tenga cierta sustancialidad sin lo cual permanecería invisible. Ahora bien, este fenómeno se ha producido en todos los tiempos, y las historias religiosas y profanas abundan en ejemplos de estas manifestaciones del más allá.
No ignoramos que la crítica contemporánea ha tratado de ridiculizar estos hechos. Los ha atribuido, en bloque, a ilusiones, a alucinaciones, o a la credulidad supersticiosa de nuestros abuelos. Strauss, Taine, Littré, Renan, etc., pasan en silencio sistemáticamente todos los casos que podríamos reivindicar. Pero este procedimiento no está justificado, pues, en nuestros días podemos comprobar las mismas apariciones, y esta vez con todos los procedimientos que permiten hacer de ellas una comprobación severa.
Por lo tanto, podemos admitir que esos sabios se han equivocado y que hay motivo para tener en cuenta los relatos del pasado.
Por otra parte, es un hecho positivo que los fenómenos del Espiritismo no son nuevos. Han tenido lugar en todos los tiempos. Siempre han existido casas frecuentadas y apariciones; por ese motivo se concibe que la idea de que el alma no es puramente inmaterial, haya podido conservarse a pesar de las enseñanzas de filósofos y religiones. Pero esta noción de una envoltura del alma era bien vaga, bien indeterminada. ¿Este cuerpo fluídico era formado súbitamente en el momento de la muerte terrestre? ¿El alma se revestía de esta sustancia sutil por cierto tiempo, o para siempre? ¿O bien, esta apariencia vaporosa sólo era debida a una acción momentánea, transitoria, del alma sobre la atmósfera, y debía cesar con la causa que la había producido? Éstas eran cuestiones insolubles, mientras no se pudieran observar a satisfacción las apariciones.
1 Pezzani, La Pluralité des existencies de l’âme. Véanse los numerosos escritores modernos que afirman su creencia en el periespíritu. Dupont de Nemours, Pedro Le roux, Ballanche, Fourier, Juan Reynaud, Esquiros, Flammarión, etc.
Gabriel Delanne Extraído del libro "El alma es inmortal"
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