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Estudio sobre la identidad de los espíritus PDF Imprimir E-mail
Gabriel Delanne
Escrito por Administrador   
Domingo, 09 de Agosto de 2009 16:37

En la sabia y concienzuda obra que M. Aksakoff ha consagrado a la refutación de las teorías del filósofo Hartmann se puede leer la conclusión siguiente: “Aun habiendo adquirido por una vía laboriosa la convicción de que el principio individual sobrevive a la disolución del cuerpo, y que puede, en ciertas condiciones, manifestarse de nuevo a través de un cuerpo humano accesible a influencias de este género, la prueba absoluta de la identidad del individuo manifestado equivale a un imposible.”

Sentimos una sincera admiración y un profundo respeto por el sabio ruso, que ha mostrado en su obra un espíritu tan sagaz como penetrante. Su libro es una de las más preciosas recopilaciones de fenómenos bien estudiados, en el cual los espíritas encuentran armas decisivas para mantener la lucha contra sus adversarios; pero no podemos admitir todas sus ideas, pues nos parece que su deseo de permanecer estrictamente en los límites impuestos por su discusión con Hartmann, le hace restringir en demasía el carácter de certeza que resulta de los experimentos espíritas.

¿No existe contradicción entre la primera y la segunda parte de la cita precedente? ¿Cómo adquirir la convicción de que el principio individual sobrevive, si no se puede establecer la identidad de los seres que se manifiestan? ¿Por qué, si colectivamente todos los humanos sobreviven, no se puede obtener la certeza particular sobre uno de entre ellos? Vamos a examinar los argumentos en que se apoya M. Aksakoff para llegar a esta desconsoladora conclusión.

Según el autor, la presencia de una forma, comprobada por la fotografía, en las sesiones de materialización no sería suficiente para afirmar su identidad, lo mismo que no lo es el contenido intelectual de las comunicaciones. He aquí por qué: “Sólo queda por formular el último desiderátum relativo a la prueba de identidad suministrada por la materialización, y es que esta prueba, que hemos exigido lo mismo para las comunicaciones intelectuales que para la fotografía trascendental, sea dada en ausencia de toda persona que pueda reconocer la figura materializada. Creo que se podrían encontrar varios ejemplos de este género en los anales de las materializaciones. Pero la cuestión esencial es ésta: dado el hecho, ¿podría servir de prueba absoluta? Evidentemente, no. Pues admitido que un espíritu puede manifestarse de esta manera, siempre podría eo ipso, prevalerse de los atributos de la personalidad de otro espíritu y personificarla en ausencia de quien quiera que pudiera reconocerle. Tal mascarada sería totalmente insípida puesto que no tendría en absoluto ninguna razón de ser, pero, desde el punto de vista de la crítica, suposibilidad no puede ser rechazada.”

Aksakoff parece admitir como demostrado que un espíritu puede dejarse ver bajo una forma cualquiera, la que le agrade tomar, a fin de representar un personaje que no es; ahora bien, eso es justamente lo que sería preciso establecer por hechos numerosos y precisos. Si consultamos los millones de casos en que el espíritu de un vivo se deja ver, comprobamos que el doble es siempre la reproducción rigurosamente exacta del cuerpo. Esta identidad afecta a todas las partes de su organismo, como lo establece irrefutablemente el molde del pie fluídico de Eglinton, del cual ya hemos hablado. Cuando el doble entero de Eglinton se materializa, es tan semejante a su cuerpo físico que es preciso ver al médium dormido sobre su silla para quedar persuadido de que no está en el sitio en que se encuentra la aparición.

Cuando Mme. Fay deja ver entre las cortinas su rostro absolutamente semejante al de su cuerpo físico en las facciones, color de los ojos, de los cabellos y de la piel, que es necesario que la corriente eléctrica atraviese su organismo camal para estar seguro de que no es ella quien se deja ver. “He visto —ha dicho M. Brackett, experimentador muy escéptico y prudente—, centenares de formas materializadas, y en muchos casos el doble fluídico del médium, tan semejante a él que habría jurado que era el médium mismo, si no hubiese visto al doble desmaterializarse delante de mí, e inmediatamente después comprobar que el médium estab dormido.” No creemos que se pueda citar un solo ejemplo de doble de persona viva que haya cambiado su forma o tipo por su sola voluntad. Resulta, por el contrario, de la observación de los hechos espontáneos de aparición así como de los obtenidos por la experiencia, que si no interviene ninguna influencia externa, el espíritu se muestra siempre bajo la forma corporal característica de su personalidad. ¿Tendría, pues, después de la muerte un poder que le falta en vida? ¿El espíritu podría dar a su cuerpo espiritual una forma idéntica a la de otro espíritu, de manera que fuera su copia? Esto es lo que vamos a examinar. El fenómeno de la transfiguración parece, a primera vista, confirmar la opinión de que el espíritu puede cambiar de forma; ¿pero es así?

En realidad el sujeto (el médium) es completamente pasivo. No es ni consciente ni voluntariamente corno modifica su aspecto. Sufre una influencia extraña, la cual sustituye con su apariencia la del médium, y generalmente éste no conoce al espíritu que obra sobre él. No se puede, pues, pretender que el espíritu de un médium sea capaz, por sí mismo, de transformarse; en último caso, no está demostrado, y por tanto la sustitución de forma puede ser lógicamente atribuida a otro espíritu. Estudiemos ahora el caso en que la aparición es manifiestamente diferente del médium y de su doble. ¿Se ha comprobado alguna vez que un espíritu que se mostrase bajo una forma bien definida, haya cambiado delante de los espectadores, revistiendo una segunda forma completamente diferente de la primera? Jamás se ha producido semejante fenómeno. La única observación de que tenemos conocimiento y que tenga cierta relación con este asunto, es la referida por M. Donald Mac Nab, que ha podido fotografiar y tocar, así como seis de sus amigos, la materialización de una joven cuyo aspecto reproducía absolutamente un dibujo antiguo fechado varios siglos atrás, el cual había impresionado mucho al médium.

Nada prueba, en este ejemplo, que esta aparición no sea la de la joven representada en el dibujo, siendo suficiente el pensamiento simpático del médium para atraerla. No está en modo alguno establecido que sea una transformación del doble del médium, ni que sea una creación fluídica plasmada por su cerebro. Lo que se ha comprobado, a veces, son modificaciones en la talla, la coloración de las facciones, la expresión de la fisonomía en la aparición. Su grado de materialización puede variar mucho, y cuando es débil no acentúa tanto los detalles del parecido; pero el tipo general no cambia; las modificaciones se establecen en un mismo modelo, y no son suficientes para representar a otro ser. Tomemos el ejemplo de Katie King. No es un desdoblamiento de Florencia Cook, puesto que está despierta .y conversa algunos minutos con Katie y M. Crookes, que las ve a las dos. La independencia intelectual del espíritu materializado se deja ver en todo su esplendor, su disparidad con el cuerpo físico de la médium no es dudosa. M. Crookes ha señalado las diferencias de color, de talla, de cabellera y, lo que es más importante, de los caracteres fisiológicos entre las dos jóvenes. “Una tarde contaba las pulsaciones de Katie y su pulso marcaba regularmente 75, mientras que el de miss Cook, pocos instantes después, alcanzaba 90, su cifra habitual. Apoyando mi oído sobre el pecho de Katie, pude oír su corazón palpitar en el interior, y sus pulsaciones eran aún más regulares que las del corazón de miss Cook, cuando, después de la sesión, me permitió el mismo reconocimiento. Examinados de la misma manera los pulmones de Katie, se mostraron más sanos que los de su médium, pues, en el momento en que hice el examen, miss Cook seguía un tratamiento médico para curar un fuerte resfriado.”

Es evidente, según esto, que no es ni el cuerpo, ni el doble del médium el que representa a Katie; ésta tiene una individualidad distinta, a pesar de que no siempre aparezca su imagen toda entera. En una sesión de Varley, ingeniero jefe de las líneas telegráficas de Inglaterra, con la médium controlada eléctricamente, Katie no apareció materializada más que hasta el busto; el resto del cuerpo faltaba o era invisible. “Estreché la mano de aquel extraño se —dice el célebre electricista—, y al finalizar la sesión, Katie me dijo que fuera a despertar a la médium. Encontré a miss Cook dormida, como la había dejado, y los hilos de platino intactos. Desperté a miss Cook.” En los primeros tiempos, según Epes Sargent, sólo se veía la fisonomía, pero sin cabellos y sin nada detrás de la frente. Parecía una máscara animada. Después de cinco o seis meses de sesiones, apareció la forma completa. Con la práctica, estos seres se condensan más fácilmente y cambian de cabellos, de vestidos, de color, de aspecto, a la medida de su deseo. Pero observamos claramente que es siempre sobre el mismo tipo y jamás otra forma. Aquí tenemos necesidad de precisar lo que entendemos por la palabra tipo. Cuando se comparan fotografías de un individuo hechas en diferentes edades de su vida se observan grandes diferencias entre las tomadas a la edad de 15 años y las que le representan 30 años más tarde.

Todo se ha modificado profundamente. Los cabellos han encanecido y escasean; las facciones se han acentuado; dejándose ver arrugas donde sólo se veía una plenitud juvenil y, no obstante, se logra, con un poco de atención, ver que estas diferencias no son fundamentales; están contenidas en límites definidos, en lo que es durante toda la vida la característica de la individualidad: en el tipo. Podemos concebir sin dificultad que el periespíritu pueda reproducir una de esas formas, pues ha pasado por ellas mientras el ser estaba encarnado. Este poder de hacer revivir una imagen de sí mismo es semejante a. una llamada al recuerdo, el cual evoca una época desaparecida y la hace presente por la memoria. Si nada se pierde en la envoltura fluídica, las formas del ser están fijas en ella, y pueden reaparece bajo la influencia de la voluntad. Esto queda demostrado con algunos ejemplos. Volvamos al testimonio de M. Brackett, citado por M. Erny: “He visto en una sesión de materialización a un joven alto que decía ser hermano de la señora que me acompañaba, y al cual esta señora contestó: «¿Cómo podría reconoceros, puesto que sólo os he visto niño?» Seguidamente, la figura disminuyó de talla, poco a poco, hasta adquirir la estatura de un niño, del jovencito que la señora había conocido. “He observado —añade Brackett—, otros casos del mismo género.”

He aquí otro testimonio del mismo autor: “Una de las formas que aparecieron en casa de Mme. F. dijo ser Berta, nieta por alianza de Brackett, y como éste último parecía dudar de ello, la forma desapareció y volvió con la voz y el aspecto de una niña de cuatro años, edad en la que había muerto. No es un desdoblamiento, pues la médium tiene acento alemán, del cual Berta carece. En cuanto a ser una figuranta pagada por Mme. F., desafío a quienquiera que sea a materializarse ante mí, como lo ha hecho Berta.” Hagamos aquí una observación importante. Los dos espíritus que se remiten a su infancia tienen una apariencia y estatura diferente de la que se les conoció estando encarnados. Se puede admitir que es la de una vida anterior a la precedente, y esto nos conduce a esta ley general, enseñada por Allan Kardec: que un espíritu, suficientemente avanzado, puede revestir, a voluntad, cualquiera de las formas que ha tenido durante sus vidas sucesivas. Pero este asunto no tiene que ocuparnos desde el punto de vista de la identidad, puesto que es la última forma, la que nosotros hemos conocido, la que nos interesa. No es imprescindible deducir de lo que precede que un espíritu burlón no tenga el poder de disfrazarse de manera que pueda simular un personaje histórico de forma más o menos fiel. Claro está que siempre le es posible a un ignorante crearse fluídicamente la levita gris y el pequeño sombrero de Napoleón, lo mismo que una aureola y un par de alas a fin de que se le tome por un ángel. Pero si, por ventura, tiene una vaga semejanza con Napoleón o con las imágenes y tradiciones de San José, sólo podría engañar a las gentes inexpertas, sencillas y desprovistas de sentido crítico.

Este género de superchería puede también ser empleado por espíritus poco escrupulosos en la elección de medios para sostener ciertos cultos; pero hay una gran distancia de esas caricaturas a los experimentos científicos conducidos, como son los que hemos citado en este libro. Otra observación, también muy importante, se desprende del estudio de las materializaciones, y parece mostrar claramente que no es el espíritu quien crea la forma bajo la cual se le ve; esta observación es el hecho de que los moldes son verdaderos modelos anatómicos. Los espíritus que se manifiestan de esta manera confiesan con facilidad que están todavía poco adelantados en la jerarquía espiritual. Lo más frecuente es que sus conocimientos sean limitados, y no es hacer una suposición injustificada adelantar que son muy ignorantes en materia de ciencias naturales. En esas condiciones nos parece que queda establecido que no sabrían, en modo alguno, construir una forma lo bastante perfecta para presentar el grado de realidad que los moldes nos han dado a conocer. Dichas piezas no son bosquejos más o menos acabados de un miembro, es la naturaleza misma mostrándose hasta en sus más pequeños detalles.

Hemos probado que es un organismo verdadero que se imprime en las sustancias plásticas y no una simple imagen que sería necesariamente rudimentaria si fuese producida por un espíritu. ¿Cuál es, pues, ese organismo? Es el que existe durante la vida, el que da los moldes idénticos durante el desdoblamiento; en una palabra: es el periespíritu, que la muerte no ha destruido y que persiste en toda su facultad, pronto a manifestarse en cuanto la ocasión sea favorable. Cuando se supone que la forma de nuestro cuerpo se imprime, bajo la forma de imagen, en nuestra memoria latente, lo que es posible, no es menos cierto que todos los detalles anatómicos, salida de las venas, de los músculos, dibujos de la epidermis, etc., no pueden existir en esa imagen mental, por lo menos las partes del cuerpo que están, generalmente, cubiertas por los vestidos. Sin embargo, en los dobles materializados de médiums, cuando ha sido posible tomar impresiones o moldes, el cuerpo fluídico así exteriorizado es la reproducción idéntica del organismo material del médium; de su pie, por ejemplo, como ha observado en Eglinton el Dr. Carter Blake, o de su mano, como frecuentemente ha ocurrido con Eusapia. Este es el criterio que nos permitirá distinguir un desdoblamiento de la materialización de un espíritu. Si la aparición es la reproducción exacta, la copia del médium, entonces es su alma que se manifiesta objetivamente, fuera de su organismo carnal; por el contrario, si la aparición difiere anatómicamente del médium, es que otra individualmente está presente. Esta observación, que hemos sido los primeros en señalar, nos permite, pues, distinguir fácilmente si el fantasma es la aparición de un ser desencarnado o una bilocación del sujeto. No será superfluo insistir detalladamente sobre las numerosas pruebas que apoyan nuestro estudio.

Zoëllner, el astrónomo alemán, afirma que durante uno de sus experimentos con Slade1, se produjo la huella de una mano invisible en un vaso lleno de flor de harina, con todas las sinuosidades de la epidermis claramente visibles, no habiendo perdido de vista el observador las manos del médium, que permanecieron debajo de la mesa durante todo aquel tiempo. Dicha mano era más grande que la de Slade. Otra vez, una impresión más estable se obtuvo sobre papel ennegrecido a la luz de una lámpara de petróleo. Slade se descalzó inmediatamente y mostró que no había ninguna huella negra de humo sobre sus pies. La huella tenía cuatro centímetros más que el pie del médium y la impresión es la de un pie comprimido por una bota, pues un dedo está tan completamente recubierto por el otro, que no es visible.  El Dr. Wolf, con la médium Hollis, vio a una mano hacer rápidas evoluciones, colocarse sobre un plato que contenía harina y retirarse luego, después de haber sacudido las partículas adheridas. “La huella representaba, con todos sus detalles anatómicos, la mano de un hombre adulto.”

Los dedos marcados en la harina eran unas pulgadas más largos que los de Mme. Hollis. El profesor Denton, inventor del procedimiento de modelado con parafina, obtuvo en la primera sesión, con Mme. Hardy, quince o veinte moldes de dedos de todos los tamaños, desde dedos de niño hasta dedos gigantescos. En la mayor parte de las formas, especialmente en los dedos más grandes o en los que se acercaban, por sus dimensiones, a los dedos del médium, todas las líneas, los huecos y los relieves que se ven normalmente en los dedos humanos resaltaban con nitidez. Una comisión de siete miembros ha firmado un acta en la que se consigna que el molde exacto de una mano humana de tamaño natural se ha producido en una caja cerrada por la acción inteligente de una fuerza desconocida. El escultor O’Brien, perito en moldes, ha examinado siete de estos moldes en yeso; los ha encontrado de una ejecución maravillosa, reproduciendo todos los detalles anatómicos, así como las desigualdades de la piel, con una finura tan grande como la que se obtiene con un molde de cobre, pero este tipo de molde es preciso que se haya efectuado en un molde de piezas, mientras que los moldes sometidos a su examen no presentan ninguna huella de soldadura, y parece que salen de un molde sin junturas.

Esta relación señala que uno de esos moldes de manos “se parece singularmente en forma y tamaño” al molde de la mano de un tal M. Henri Wilson, que hace años M. O’Brien había obtenido poco tiempo después de su muerte, al tomar también el molde de su rostro en yeso. En este caso la conservación de la forma fluídica se demuestra materialmente y es otra buena prueba de la inmortalidad. En una sesión en casa del Dr. Nichois, con Eglinton, se reconoció sin vacilación un molde de la mano de un niño, gracias a una ligera deformidad característica.  La mano de la hija del Dr. Nichois, obtenida por el mismo procedimiento, es reconocida sin vacilación por su padre. “Esta mano —dice—, no tiene nada de la forma convencional que crean los escultores. Es una mano puramente natural, anatómicamente correcta, que muestra cada hueso, cada vena y las menores sinuosidades de la piel. Es la mano que yo conocía también durante su existencia mortal y que he palpado con tanta frecuencia cuando se presentaba materializada.” En los experimentos de M. Reimers y M. Oxley, la materialización llamada Bertie ha dado dos manos derechas y tres izquierdas todas en actitudes diferentes—, lo que no impide que las líneas y los pliegues sean idénticos en todos los ejemplares; indudablemente, pertenecen a la misma persona. Los moldes de las manos de la médium difieren totalmente en forma y dimensiones de las de Bertie.

Con el médium Monck, la misma Bertie ha dado también los moldes de sus dos manos que son idénticos a los obtenidos con la primera médium Mme. Firman, lo que establece la individualidad del espíritu de una manera perfecta. El espíritu Lily variaba de tamaño, unas veces no excedía del de una niña bien formada; otras veces presentaba las dimensiones de una joven. “Creo —dice M. Oxley—, que no ha aparecido dos veces bajo una forma absolutamente idéntica; pero yo la reconocía siempre y no la he confundido nunca con las otras apariciones.” Podríamos multiplicar estos testimonios que establecen que el espíritu tiene un organismo que no crea en aquel momento y para las necesidades del experimento, pero vamos a ver aún otras pruebas. Sabemos que la aparición de Katie King es completamente semejante a una persona natural; tenemos sobre este punto el testimonio formal de William Crookes. En las materializaciones completas esta semejanza se produce siempre. Alfred Russell Wallace, en una carta a M. Erny, escribe: “Algunas veces, la forma materializada no parece más que una máscara incapaz de hablar y de hacer tangible a un ser humano.

En otras circunstancias, la forma tiene todos los detalles característicos de un cuerpo vivo y real, que puede moverse, hablar, escribir y es caliente al tacto. Tiene, sobre todo, una individualidad y cualidades físicas y mentales completamente distintas de las del médium.” En una sesión en Liverpool, en casa de un médium no profesional, M. Burns vio a un espíritu, con el cual había estado largo tiempo en relación, acercarse a él. “Me estrechó la mano calurosamente —dice—, con tanta fuerza, que oí crujir una tras otra las articulaciones de mis dedos, lo mismo que ocurre cuando una mano física estrecha la tuya fuertemente. Este hecho anatómico estuvo corroborado por la sensación que experimenté de tener entre la mía una mano completamente natural.” El Dr. Hitchman, autor de obras de medicina, formaba parte de aquel círculo. Dice en una carta dirigida a M. Aksakoff: Creo haber adquirido la certidumbre más científica que sea posible obtener, de que cada una de esas formas aparecidas es una individualidad distinta de la envoltura material del médium, pues las he examinado con ayuda de varios instrumentos; he comprobado en ellas, la existencia de la respiración, de la circulación, he medido su talla, la circunferencia del cuerpo y tomado su peso, etc.”

El autor cree que esos seres poseen una realidad objetiva, pero que su apariencia corporal es de una naturaleza diferente de la “forma material” que caracteriza nuestra vida terrestre. Desde entonces (1886), los fenómenos tan numerosos de la telepatía han venido a aportar nueva luz sobre estas apariciones, cuyos caracteres parecen verdaderamente sobrenaturales, pero que, mejor conocidos, pueden, si no explicarse completamente, por lo menos concebirse lógicamente. Cuando se reflexiona un instante que el doble de un vivo, cuando sale de su cuerpo es, desde ese instante, un espíritu, como lo será después de la muerte, y que sus manifestaciones físicas e intelectuales son idénticas a las que el espíritu desencarnado puede producir, se ve que los moldes son una prueba absoluta de la inmortalidad. En el estado actual de nuestros conocimientos, creemos, pues, que la identidad de un espíritu está perfectamente establecida cuando la aparición obra y se muestra materializada bajo una forma idéntica a la que en otro tiempo tuvo su cuerpo físico.

Este es el caso de Estela Livermore, y de muchos otros espíritus que han sido identificados de manera que no cabe duda alguna. Escudriñando minuciosamente en las obras originales los hechos mencionados anteriormente, y sin recurrir a la hipótesis, nos parece que las conclusiones siguientes se imponen con toda lógica:

1° Que los espíritus tienen un organismo fluídico.
2° Que cuando este cuerpo fluídico se materializa, es la reproducción fiel de uno de los cuerpos físicos que el espíritu ha revestido durante cierto período de su trayectoria terrestre.
3° Que no está establecido por ningún experimento que el grado de variación de esta forma puede extenderse hasta reproducir otra, enteramente distinta de aquella bajo la cual se muestra espontáneamente. Si tiene lugar alguna variación es una diferencia en más o menos, pero siempre sobre un mismo tipo.
4° Que, puesto que está establecido experimentalmente por la fotografía, los moldes y las acciones físicas más variadas que este organismo existe en los seres vivos, es una deducción rigurosa aceptar su existencia después de la muerte, cuando se impone a nosotros por los mismos hechos que lo han establecido para los vivos.
5° Así, pues, hasta que se pueda probar lo contrario, la aparición de un espíritu que habla y se desdobla en el espacio, que se puede reconocer como el de una persona que ha vivido sobre la Tierra, es una buena prueba de identidad.

Gabriel Delanne
Extraído del libro " El alma es inmortal"