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Gabriel Delanne
Escrito por Administrador   
Jueves, 21 de Mayo de 2009 15:15

¿Qué consecuencias debemos deducir de experimentos tan interesantes? Cuando se examina el croquis que representa a un sujeto exteriorizado, y se observan esas capas sucesivamente luminosas y oscuras, llama la atención la analogía que existe entre ese fenómeno y el conocido en física bajo el nombre de franjas de Fresnel. Sabido es cómo se hace ese experimento: si en una cámara oscura se dirige sobre una pantalla un haz luminoso, la iluminación es uniforme; pero si un haz idéntico al primero cae simultáneamente sobre la pantalla de manera que en parte se sobrepongan, toda la región común es surcada por franjas paralelas sucesivamente brillantes y oscuras. Esto ocurre porque el carácter esencial de los movimientos vibratorios es la interferencia; es decir, la producción, a consecuencia de la combinación, de las ondas de franjas en movimiento en que las vibraciones están en el máximun, y de franjas en reposo sobre las cuales los movimientos vibratorios son nulos o están en el mínimum.(1)

1 Para comprender bien el fenómeno, es necesario formarse una idea precisa sobre lo que se llama una onda luminosa.

Cuando una piedra cae en el agua, se observa que hace una especie de agujero, y en seguida se producen a su alrededor una serie de círculos concéntricos que van ensanchándose sin cesar. Dichos círculos están formados por pequeñas hinchazones del líquido, y el espacio entre dos de esos círculos está caracterizado por una pequeña depresión. Mirando atentamente la superficie, se ve, en efecto, que sube y baja regularmente. Los cordones líquidos se llaman ondas condensadas; y ondas dilatadas las cavidades; el conjunto constituye una onda completa. Se observa también que la velocidad de propagación de las ondas es constante, y que esas ondas son periódicas. Si, en vez de una piedra, se dejan caer dos, a pequeña distancia la una de la otra, se verán cruzarse los círculos; cada punto de cruzamiento recibirá simultáneamente dos tipos de movimiento: el uno producido por el primer sistema de ondas, el otro por el segundo. Si los dos movimientos son en el mismo sentido, se juntan y forman una franja de movimiento; si son en sentido contrario, se destruyen y forman una franja de reposo. Se dice en los dos casos que hay interferencia. Estas leyes son las mismas para el sonido y la luz, salvo que las ondulaciones son transversales y se desarrollan en espiral; resulta de estos hechos esta curiosa conclusión: que el sonido añadido al sonido produce silencio, y la luz añadida a la luz engendra oscuridad, de la propia manera que fuerzas iguales y de sentido contrario se equilibran.

En el experimento de M. de Rochas se produce, según creemos, un fenómeno análogo; los máximos de sensibilidad están dispuestos como las capas luminosas, separadas entre sí por otras tapas que son insensibles y oscuras. ¿Cómo explicar esto? Es aquí donde la existencia del periespíritu se revela claramente. La fuerza nerviosa, en vez de extenderse y disiparse en el aire, se dispone en capas concéntricas en relación al cuerpo; es preciso, pues, que sea retenida por una fuerza, ya que observándose que normalmente se escapa por la extremidad de los dedos, como la electricidad por las puntas, debería perderse en el medio ambiente si no existiese una envoltura fluídica que la retuviese a su salida del cuerpo. La analogía permite asimilar la fuerza nerviosa, cuya existencia ha sido demostrada por Crookes (1), a las otras fuerzas naturales: calor, luz, electricidad, que son debidas a movimientos vibratorios del éter y que se propagan en movimientos ondulatorios, cuya forma, amplitud y número de vibraciones varían por segundo, según la fuerza considerada.

1 Véase Revue Spirite, noviembre de 1894. Fotografía, por M. de Rochas y el Dr. Barlémont, del cuerpo de un médium y su doble, momentáneamente separados.

En el estado normal, la fuerza nerviosa circula por el cuerpo siguiendo sus conductores naturales, que son los nervios, y llega a la periferia por las mil ramificaciones nerviosas que se despliegan bajo la piel. Pero bajo la influencia del magnetismo, el periespíritu, según la naturaleza psicológica del sujeto, se exterioriza; es decir, irradia alrededor de su cuerpo, y la fuerza nerviosa se extiende por la envoltura fluídica y se exterioriza en movimientos ondulatorios. Comúnmente es necesario hacer pasar al sujeto a los estados profundos de la hipnosis para producir la irradiación periespiritual, pues le es preciso al magnetizador cierto tiempo para neutralizar, en parte, la acción de la fuerza vital y permitir al doble exteriorizarse parcialmente. Cuando el desprendimiento comienza, es que el estado de relación está establecido; en otros términos, las ondulaciones nerviosas del magnetizador vibran sincrónicamente con las del sujeto, en aquel momento se producen, precisamente, esas capas alternativamente sensibles o inertes. En suma, el experimento es acaso análogo al de Fresnel; en esta hipótesis, en lugar de ondulaciones luminosas, son ondulaciones nerviosas, los dos focos luminosos son reemplazados por el magnetizador y su sujeto, y la pantalla está representada por el periespíritu.

Los puntos en que se muestran las zonas sensibles es el límite de la expansión de la sustancia periespiritual; tenemos, pues, un medio experimental de estudiar esta envoltura fluídica que se nos ha revelado, y que no se conocía antes de las enseñanzas del Espiritismo. Nos es fácil, dando con el pensamiento una extensión mayor al experimento precedente, concebir de manera más amplia la exteriorización; llegaremos entonces a comprender cómo el alma puede salir del cuerpo; esto es lo que M. de Rochas ha verificado experimentalmente (1).

1 Véase el detalle de sus experimentos en nuestro libro Le phénoméne spirite.

Basta para comprobar esta aserción encontrar sujetos aptos para producir este género de fenómenos, y esto no es imposible, pues el médiurn de Boulogne-sur Mer, así como los sujetos del magnetizador Lewis y Mme. Morgan, nos han ofrecido ejemplos de ello. Hemos visto que las apariciones de los vivos hablan, y para ello, además de los órganos de la palabra, necesitan cierta cantidad de fuerza viva, esta fuerza también se revela en los desplazamientos de objetos materiales, tales como el abrir o cerrar una puerta, agitar una campanilla, etc.; es preciso, pues, que puedan sacar esa fuerza de alguna parte; en los casos que hemos examinado es de su cuerpo material del que probablemente la han tomado, lo que hace suponer que deben estar unidos a él.

Allan Kardec enseña, según los espíritus, que cuando el alma se desprende sea durante el sueño, sea en el caso de bicorporeidad, está siempre unida a su envoltura terrestre por un lazo fluídico. Nos es posible justificar esta manera de ver los hechos por los experimentos siguientes: Continuando sus estudios, M. de Rochas observa que si se hace atravesar un vaso de agua por una zona luminosa, es decir, sensible, de un sujeto exteriorizado, las capas que se hallan detrás del vaso, con relación al cuerpo, quedan interrumpidas; en cuanto al agua del vaso, se iluminará rápidamente en toda su masa, y al cabo de algún tiempo se desprende de ella una especie de humo luminoso. Más aún; tomando el vaso de agua y llevándolo a cierta distancia, comprobaba que quedaba sensible; es decir, el sujeto sentía los contactos hechos sobre el agua, a pesar de que a esta distancia no hubiera huella de capas sensibles. M. de Rochas busca seguidamente las sustancias que almacenan la sensibilidad, y observa que casi siempre son las mismas que conservan los olores; los líquidos; los cuerpos viscosos, sobre todo los de origen animal, como la gelatina, la cera, la guata; las telas de estructura floja como el terciopelo, la lana, etc.

“Reflexionando —dice—, sobre el hecho de que los efluvios de las diferentes partes del cuerpo se fijaban, sobre todo, en los puntos de la materia absorbente que estaban más próximas, supuse que tendría una localización más perfecta si llegaba a reunir sobre ciertos puntos de la materia absorbente los efluvios del cuerpo y si así podría reconocer esos puntos. Como los efluvios se desparraman de una manera análoga a la luz, una lente que redujera la imagen del cuerpo, respondía a la primera parte del programa. Se trataba, pues, de tener una materia absorbente sobre la cual se hubiese fijado la imagen reducida; pensaba, yo que una placa al gelatino-bromuro podría funcionar sobre todo si era ligeramente viscosa.”

Gabriel Delanne
Extraído del libro "El alma es inmortal"