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Importancia fisiológica del periespíritu.
Puesto que el alma es absolutamente distinta del cuerpo y sobrevive, preexiste al nacimiento, pues los padres (así como el médium durante la materialización) suministran tan solo la energía vital y la materia que servirá para constituir el edificio corporal. Esta manera de ver está confirmada por la observación de los fenómenos que se realizan durante toda la existencia de los seres vivos. Escuchemos la gran voz de Claudio Bernard, que proclama la necesidad de una idea preconcebida para explicar la formación del embrión 1. 1 Claudio Bernard, Les phénomenes de la vie.
«En la evolución del embrión vemos aparecer un simple esbozo del ser antes de su organismo completo. Los contornos del cuerpo y los órganos son detenidos en un principio, empezando por los andamiajes orgánicos provisorios que servirán de aparatos funcionales del feto. Ningún tejido se manifiesta bien diferenciado. Toda la masa está constituida en aquel entonces por células plasmáticas y embrionarias, más a pesar de ello en ese esbozo vital se halla ya trazado el dibujo ideal de un organismo todavía invisible para nosotros, que ha asignado a cada parte y a cada elemento, su lugar, su estructura y sus propiedades. En el sitio donde deben aparecer los vasos sanguíneos, nervios, músculos, huesos, etc., las células embrionarias se cambian en glóbulos de sangre, en tejidos arteriales, venosos, musculares, nerviosos y óseos.» Además, el ilustre fisiólogo precisa del siguiente modo su pensamiento 2: «Lo que es esencialmente del dominio de la vida y que no pertenece ni a la física, ni a la química, ni a otra cosa, es la idea directriz de esta acción vital. En todo germen vivo existe una idea directriz que se desarrolla y se manifiesta por la organización. Mientras el ser vive se halla sometido a la influencia de esta misma fuerza vital creativa, y la muerte ocurre cuando dicha idea no se puede realizar. Es siempre la misma idea la que conserva el ser, reconstituyendo las partes vivas, desorganizadas por el ejercicio o destruidas por los accidentes o enfermedades.» Estas apreciaciones son tanto más justificadas cuanto los progresos de la química fisiológica han permitido estudiar de una manera bastante exacta la composición del cuerpo. Hoy se sabe de una manera cierta que todos los tejidos que le componen se renuevan sin cesar. Los huesos, que tan resistentes parecen, se hallan sometidos perpetuamente a un cambio interno que se demuestra visiblemente colorando la alimentación. 2 Claudio Bernard, Introductión á la médicine. El trabajo de evolución fisiológica escapa enteramente a los ojos del hombre no prevenido, revelándose solamente al exterior por medio de especiales modificaciones que requieren un largo intervalo para conseguir que se hagan aparentes. Entre dos épocas muy próximas no saben ni pueden los hombres discernir los efectos de este trabajo íntimo y continuo, imaginándose ser en su totalidad la misma y naciendo de ahí el sentimiento de la identidad personal. Pero desde el instante que se realiza la comparación entre dos datos lejanos, treinta años por ejemplo, las modificaciones experimentadas por el cuerpo aparecen con una limpieza irrecusable. Ya entonces no queda otro recurso que rendirse a la evidencia, pues se llega al convencimiento de que se ha cambiado radicalmente. Semejantes transformaciones se producen invisiblemente y con lentitud. No existe una manifestación vital que no corresponda a una destrucción orgánica. Cuando se ejecuta un movimiento, tanto en el hombre como en el animal, una parte de la substancia activa del músculo se quema y destruye; cuando la sensibilidad y la voluntad se manifiestan, los nervios se gastan; cuando el pensamiento se produce, el cerebro se consume. Así puede decirse que jamás la misma materia sirve dos veces a la vida. Cuando un acto se cumple, la partícula de materia viva que sirvió para producirlo, ya no existe. Si el fenómeno reaparece, es porque una nueva materia le ha prestado su concurso. El deterioro orgánico es siempre proporcionado a la intensidad de las manifestaciones vitales; así la alternación material es tanto más profunda o considerable, cuanto más activa se muestra la vida. La desasimilación separa de las profundidades del organismo aquellas substancias tanto más oxidadas por la combustión vital cuanto más enérgico ha sido el funcionamiento de los órganos. Las oxidaciones o combustiones engendran el calor animal, dando nacimiento el ácido carbónico que se exhala por el pulmón, y a diferentes productos que se eliminan por los demás emuntorios de la economía. El cuerpo se gasta experimentando una pérdida de peso que es preciso reparar por medio de la alimentación 1. 1 Claudio Bernard, La Sciencia experimentale, p. 188. La orina, el sudor, la respiración, son los vehículos que transportan hacia el exterior los detritus vitales. Esas tres funciones reasumen el total de las pérdidas que el hombre tiene cada día por la desasimilación tomando la cifra de 1500 gramos para la orina, según hace Vogel 2 que se descompone en 1440 gramos de agua y 60 gramos para las substancias en disolución, tales como urea, uratos, fosfatos, etc.3 Se tendrá el siguiente resumen: 1º Orina................ 1500 gramos 2º Sudor................ 1000 ″ 4 3º Respiración....... 500 ″ Total. 3000 gramos 2 Ferriere, La matiére et l'energie, pág. 160 y sig. 3 Littré, Dictionaire de médecine, article: Urine. 4 Robín, Traité des bumeurs, págs. 621 a 625. Puesto que el hombre pierde cada día tres kilogramos de materia combinada, está obligado a reemplazarlos por medio de tres kilógramos de alimentos sólidos y líquidos. En un año habrá perdido 3X365 1095 kilogramos, que habrá remplazado por un número igual de kilogramos de alimentos sólidos y líquidos. Veamos el peso total de materia que ha pasado por su cuerpo durante su existencia. Para simplificar el problema y dejar a un lado las variaciones en más o en menos de la juventud y de la vejez, se puede suponer que la vida del hombre corresponde a 40 años, durante los cuales el equilibrio del cambio de materia es de 1095 kilogramos por año. De ellos se vendrá a deducir, que durante toda su existencia habrá recibido el hombre 1095X40 43800 kilogramos de diversas substancias. A estos 43800 kilogramos hay que añadir los 75 que pesa el cuerpo del hombre a la edad viril, pues por hipótesis y para simplificar, hemos tomado al hombre en su edad adulta. De consiguiente el total será de 43875 kilogramos o 44000 kilógramos en cifras redondas. Así, desde el nacimiento hasta la muerte, es decir, durante su existencia entera, cada hombre devuelve sucesivamente y por fracciones los 44000 kilogramos de substancias minerales que sucesivamente se ha asimilado por fracciones. En definitiva y en último análisis, ¿qué es un cuerpo humano? Es una forma en la cual han pasado los 44000 kilogramos de materia. Este hecho no es explicable más que por medio del conocimiento del periespíritu. Si en nosotros no existiera un molde fijo, estable, que jamás cambia, no se podría comprender de qué manera la envoltura carnal puede conservar su tipo orgánico, en medio de este torrente de materia. Al aplicar al periespíritu la cualidad de estable, no hay que tomarla en sentido equívoco. Veamos cómo debe ser interpretada. Cuando se compara el estado del cuerpo: rostro, corpulencia, cabellera, estatura que se tiene a los cincuenta años con la que se tenía a los veinte, nos quedamos impresionados por las profundas modificaciones que se han producido. Si se remonta a la edad de diez años, los cambios todavía son más enormes; y sin embargo, mirando con atención la fotografía, se adivinan sin grandes dificultades en los rasgos de la fisionomía del niño y del adolescente, el origen de la fisionomía del hombre de cincuenta años. La evolución que continuamente se ha realizado sella mantenido en límites definidos; estos límites son los que impone la forma, abstracción hecha de las moléculas componentes, es decir, de los que se denomina el tipo. ¿Cómo será posible dudar ni un solo instante de la realidad de la existencia del alma, al ver que el mencionado tipo se revela siempre, aun por fuera de los límites del cuerpo? Los casos citados precedentemente son otras tantas pruebas irrecusables de esta forma del alma, independiente de las moléculas carnales que no son para ella más que un manto cambiante, aunque siempre formado de semejantes materiales; un flujo que la rodea y en el cual se materializa momentáneamente. Esta forma indestructible es la que se encuentra después de la muerte, pues ella no depende del cuerpo físico, sino que preexiste a la materia viva y subsistirá aun cuando la vida se extinga en su envoltura. El periespíritu puede compararse groseramente a un recipiente en el cual el agua pasaría sin depositarse, pues constantemente una parte del líquido se derrama, y desde el exterior viene una cantidad igual a reemplazar a la que ha desaparecido. En el cuerpo humano, en lugar de agua, es la materia la que circula, pues si conservamos nuestra individualidad intelectual es porque no se halla unida a esta substancia inestable que ha sido renovada centenares de veces y que reside en lo que es constante; en el alma y en su envoltura. Mas se dirá si el periespíritu es inmutable, ¿cómo se explican estos cambios en el aspecto exterior? ¿De dónde procede la evolución que se manifiesta a partir del nacimiento hasta la muerte? Yo creo que debe atribuirse a la energía vital, cantidad limitada que va sin cesar disminuyendo hasta la extinción final. El principio de actividad que nos hace vivir, es una suma limitada de energía que se agota con su uso. Desde la concepción hasta la muerte, la potencia que construye y repara el organismo va sin cesar disminuyendo. Mientras que durante los nueve meses de gestación el óvulo fecundado aumenta en peso más de un millón de veces, el recién nacido gana solamente el triple el primer año, una sexta parte en el segundo año, y va de menos en menos años sucesivos. Desde los treinta a cuarenta años el cuerpo permanece estacionado, y a partir de dicha edad, va disminuyendo hasta el fin1. Al igual que los proyectiles movidos por una impulsión brusca, tienen los seres lanzados a la vida su máximum de fuerza viva, en un principio, y la van perdiendo gradualmente a medida que tienen que vencer resistencias, deteniéndose su carrera tan pronto como han consumido aquélla. En el momento de la encarnación, se fija en el periespíritu la fuerza que emana de los progenitores, y esta fuerza es la que pondrá su mecanismo funcional en movimiento y la que será el manantial de su actividad. 1 Bourdeau, Le problème de la mort, pág. 302. La evolución es debida a la variable densidad de esta fuerza. Durante la vejez conserva el periespíritu las mismas propiedades, pero se ejercen más débilmente a medida que disminuye el principio de animación. A los que no comprendan de qué manera una sustancia tan rarificada como el periespíritu es capaz de contener leyes que se traducen por el dibujo del ser vivo, me permitiré señalarles una analogía. El fantasma magnético se obtiene por medio de un electro-imán cuyos polos son las extremidades. Alrededor de estos dos polos se colocan limaduras de hierro siguiendo determinadas líneas, y esto ocurre, tan pronto como se hace pasar a través de los espirales del electro-imán una corriente eléctrica. Por consiguiente; la electricidad, fuerza imponderable, ha determinado en el hierro dulce del electro-imán el nacimiento de la fuerza magnética, y ésta ha colocado, sin contacto directo del aparato, las moléculas de las limaduras de hierro en el orden que podemos observar realizando el experimento. Mientras dura el paso de la corriente se mantiene el dibujo formado, pero tan pronto como se agota la fuerza eléctrica, el menor choque exterior destruye la figura formada. Esta es variable en sus disposiciones, según se producen puntos consecuentes o que los polos sean más o menos contorneados. Si asimilamos el periespíritu a un electro-imán poseyendo por diferenciación numerosos polos, podremos imaginar que cada uno de los grandes sistemas del organismo corresponde a uno de esos polos. El corazón, con la red de venas y arterias, será dibujado de ésta manera. Los pulmones, los sistemas nerviosos, óseos, etc., serán las líneas de fuerza de este organismo fluídico, y se puede comprender que por más que se renueve la materia, se ve obligada a colocarse en el orden que se le ha asignado por este andamiaje vital, así como ocurre con el fantasma magnético cuyas limaduras de hierro podrían cambiarse sin intervalo, y sin embargo, el espectro magnético no se modificará en tanto la corriente eléctrica conserve la misma intensidad. Es cierto que esta comparación es en cierto modo esquemática, pues el periespíritu se halla constituido por un estado de la materia muy diferente del electro-imán, y las acciones que con él se realizan son muy complejas. Valiéndose de la comparación precedente, lo cierto es que el Espiritismo aporta una concepción del todo nueva, y es, que las leyes organogénicas del ser humano residen en la envoltura fluídica. Cuando el alma habita en el espacio; permanecen dichas leyes sobre el periespíritu en estado latente, y no dan muestra de actividad hasta que son puestas en acción por la fuerza vital. Esta transmite las modificaciones congénitas de la herencia, que vienen a modificar los caracteres secundarios del tipo fluídico aportado por el espíritu. Puede decirse que la intensidad de sus manifestaciones es proporcionada a la de la energía vital. De ahí viene la actividad formidable que se observa al principio de la vida, y el aplastamiento de la máquina orgánica propio de la decrepitud. Así, el alma, el periespíritu y la fuerza vital, son factores indispensables a todo ser animado, llámese hombre, animal o planta. Papel psicológico del periespíritu. ―Sabemos que después de la muerte el alma conserva el recuerdo de los acontecimientos terrestres, y que esta memoria supone la existencia de una suerte de sustancialidad; hemos visto que el periespíritu es normalmente invisible, imponderable, y que no se destruye como el cuerpo físico: por consiguiente en él existe la memoria. Sin prejuzgar en nada la verdadera naturaleza de este cuerpo espiritual, nos hallamos inclinados a suponer, a causa de sus caracteres de invisibilidad e imponderabilidad que el periespíritu se halla formado por una suerte de materia extremadamente rarificada, cuyo movimiento vibratorio molecular debe ser muy rápido, ateniéndonos a lo que generalmente se admite de los diferentes estados sólidos, líquidos y gaseosos, los cuales no son más que los términos lejanos de una serie de cambios físicos atribuibles a la cantidad de fuerza viva contenida en cada molécula. La sensación. ―Durante la vida, el periespíritu se halla interpuesto entre el alma y el cuerpo, y como consecuencia de ello, todas las sensaciones deben pasar por él con objeto de llegar a la conciencia, del mismo modo que todas las operaciones intelectuales y voluntarias dejan allí su huella, pues nada se pierde en la naturaleza. Toda fuerza que actúa sobre un cuerpo podrá transformarse, pero se vuelve a encontrar por entero en el cuerpo que ha estado sometido a su acción. Este es modificado en cierto sentido, así es que el periespíritu debe registrar las modificaciones sucesivas que experimenta, y como es un organismo permanente, en él deben volverse a encontrar cuantas sensaciones, pensamientos y voliciones le hayan hecho vibrar durante su vida terrestre. ¿Cuál es la especie de modificación producida en la envoltura etérea? Voy a tratar de demostrar que es de naturaleza dinámica. Toda sensación visual, auditiva, táctil o gustativa, es determinada en su origen por un movimiento vibratorio del aparato receptor. El rayo luminoso que impresiona la retina, el sonido que hace vibrar el tímpano, la irritación de los nervios periféricos de la sensibilidad, en una palabra, todas estas excitaciones se traducen por un movimiento diferente, según sea la naturaleza e intensidad del excitante. Esta vibración se propagará a lo largo de los nervios sensitivos, y después de haber recorrido cierto trayecto en el cerebro, va a parar, según la naturaleza de la irritación, a un territorio especial de la capa cortical, dando nacimiento a la percepción. Ya en este terreno tocamos un punto oscuro que ningún filósofo ni naturalista ha podido explicar. Unos, como Luys, dicen que la fuerza se exalta, se espiritualiza, lo cual no viene a significar nada sin admitir el periespíritu que dicho autor no conoce; otros se limitarán a decir que la percepción pertenece al sistema nervioso psíquico, el cual queda modificado de cierta manera. Los que así piensan atribuyen a la materia las facultades del alma, que ninguna inducción puede justificar; para ellos la célula nerviosa es el elemento que recibe, almacena y reacciona, no estando aún resuelta la cuestión de si el fenómeno tiene lugar por vibración, como ocurre con la oscilación de una cuerda así que se la separa de su posición de equilibrio, o bien en virtud de una descomposición química de su protoplasma. Lo que hay de cierto es que tiene efecto un cambio dinámico, y desde entonces la fuerza vital ha sido modificada en cierto sentido, adquiriendo un ritmo vibratorio especial que se comunica al espíritu, y a partir de este momento, si la atención estaba despierta, habrá tenido lugar el fenómeno de la percepción1. 1 El profesor Huxley en su discurso de Belfast, el año 1874 decía lo siguiente: «Está fuera de duda que los movimientos que dan lugar a la sensación, dejan en el cerebro ciertas modificaciones de su substancia, respondiendo a lo que Haller denomina vestigia, rerum, y que el gran pensador Harltley denominaba vibraciúnculas. Al pasar la sensación, deja moléculas cerebrales aptas a reproducirla, moléculas sensígenas, por decirlo así, que constituyen el fundamento físico de la memoria.» El célebre naturalista emite aquí una simple hipótesis. Nadie ha visto jamás las moléculas sensígenas, más en cambio vemos el periespíritu y sabemos que subsiste después de la muerte. Dicho organismo es el cerebro fluídico del espíritu, siendo lógico por consiguiente, confiarle la conservación de la memoria, con mayor motivo que a la molécula física perpetuamente cambiante. La memoria psíquica. ―El mecanismo del pensamiento durante la vida está ligado a un cierto desgaste del cerebro, como lo prueban la elevación de temperatura de las capas corticales mientras dura el trabajo mental y el aumento de residuos excretados bajo forma de sulfatos y fosfatos. Siendo el periespíritu el doble del organismo, sufre modificaciones concomitantes, de suerte que contiene realmente, bajo forma de movimientos, todas las modalidades de la actividad espiritual, del mismo modo que una placa fotográfica impresionada por la luz, guarda perpetuamente, por medio de una reacción fija e indeleble, los vestigios de la excitación luminosa. Sobre esta placa pueden fijarse una serie de imágenes, y a pesar de haberse superpuesto las últimas a las precedentes, no por eso quedarán éstas borradas, como no sea por la destrucción de las imágenes. Esta analogía es todavía muy lejana, pues dentro de la realidad, el periespíritu no es una substancia sólida, de suerte que en él pueden registrarse millones de impresiones con mucha mayor facilidad que en la placa gelatinizada, la cual presenta un estado de condensación molecular estable. El hecho esencial es la conservación indeleble de las sensaciones. Como dice el profesor M. Richet1, «Del mismo modo que en la naturaleza jamás existe pérdida de fuerza cósmica, sino solamente; transformación incesante, así también cuanto hace vibrar el espíritu del hombre, tampoco se pierde. Es la ley de la conservación de la energía bajo un punto de vista diferente. Los mares todavía sienten el influjo de la estela de la nave de Pompeya, pues el movimiento del agua no se ha perdido, solamente se ha modificado, difundido, transformado en una infinidad de ondas pequeñas, las que su vez se han cambiado en calor; acciones químicas o eléctricas. Paralelamente, las sensaciones que han estremecido a mi espíritu hace veinte o treinta años, han dejado en mí un vestigio, y por más que no me sea conocido y que por consiguiente no pueda evocar su recuerdo, puedo en cambio afirmar que dicho recuerdo no se ha extinguido y que las antiguas sensaciones, infinitas en número y variedad, han ejercido en mí una influencia del todo poderosa.» 1 Richet. Origines et modalités de la mèmoire, Revue philosophique, Junio 1896. La experiencia confirma estas enseñanzas, puesto que en ciertos sujetos hipnotizados se pueden despertar sucesivamente todas las fases de su vida anterior 2, mientras que en estado normal las tenía completamente olvidadas. Esta resurrección de un pasado perdido para la conciencia ordinaria, demuestra que nada se pierde. Pero ¿de qué manera ese pasado renace? Para comprender lo que ocurre, es preciso saber cómo y cuándo tiene lugar la percepción. 2 Binet. Les alterations de la personnalité, pág. 237, y siguientes. Así, es preciso no olvidar que para percibir una sensación, o sea para que se traduzca en estado de conciencia, son precisas dos condiciones: 1º la intensidad y 2º la duración. La intensidad es una condición de carácter muy variable, pero siempre es necesario que la sensación tenga un mínimum de fuerza para que la percepción se produzca. De ahí que cuando los sonidos son muy débiles no los percibimos, y tampoco apreciamos los sabores que no tienen cierta intensidad. Por este motivo cuando las percepciones no guardan constantemente la misma fuerza, disminuyen insensiblemente hasta que no siendo lo suficiente intensas para quedar presentes al espíritu, caen «por debajo del suelo de la conciencia» como dice M. Ribot.1 La duración. ―El tiempo necesario para que una sensación sea percibida, o aun mejor, para que el espíritu adquiera conocimiento de la sensación, ha sido medido en las sensaciones visuales, auditivas y táctiles. Por más que los resultados sean muy diversos según los experimentadores, las personas en quienes se ha experimentado, y la naturaleza de los actos psíquicos estudiados, no obstante, ha quedado establecido que cada operación intelectual requiere una duración apreciable, y que la pretendida velocidad infinita del pensamiento, no es más que una metáfora. 1 Ribot. Les maladies de la mèmoire, pág. 22, y siguientes. Planteada la cuestión en los términos que anteceden, es claro que toda modificación sensorial cuya duración es inferior a la que requiere la psíquica, no puede despertar la conciencia y se registra sin que el alma tenga noción de ello. Durante toda nuestra existencia las sensaciones y pensamientos se nos graban con una potencia que depende de la intensidad y duración de las causas que determinan dichos pensamientos y sensaciones, y a medida que la intensidad y duración disminuyen, van desapareciendo momentáneamente del campo de la conciencia para dar paso a otras; en una palabra, se hacen inconscientes. Por consiguiente, a partir del nacimiento, nuestra alma se crea una inmensa reserva de sensaciones, voliciones y pensamientos. Cada espectáculo que contemplamos, cada libro que leemos, cada conversación sostenida, deja en nosotros una impresión indeleble; las ideas se enlazan y encadenan por ley de asociación, y esta ley tiene efecto también entre las sensaciones y percepciones. El territorio donde se acantona este sin número de materiales es el periespíritu; aquí se inscriben todas las adquisiciones, coexistiendo sin confundirse, sin mezclarse unas con otras, y formando como la biblioteca viva de cada ser sensible. Este tesoro que se denomina el inconsciente, es una suerte de cinematógrafo natural que funciona bajo la acción de la voluntad. Cuando el espíritu quiere utilizar esta reserva se ve obligado muchas veces a hacer un esfuerzo para avivar los recuerdos, pues para verificar los estados psíquicos subconscientes, es preciso que les devuelva el mismo ritmo vibratorio que tenían en el momento de producirse. ¿Cómo se consigue esto? La experiencia nos enseña que la atención da por resultado un aumento en la potencia del movimiento en un músculo 1. 1 Feré. Sensatión et mouvement, pág. 83, y siguientes.Cuando por medio de la voluntad concentramos nuestro pensamiento hacia un recuerdo, logramos enviar en su dirección una serie de influjos sucesivos, que tienen por objeto devolver a las células, y por consiguiente al periespíritu, el mismo movimiento vibratorio que poseían en el momento de haberse hecho consciente. Esta repetición de una excitación llega a producir una congestión en el órgano material con gran actividad funcional, y produce, aún por debajo de los límites de la conciencia, una suerte de atención pasiva. Después de una serie de excitaciones de la misma intensidad, cuyas primeras no habían sido sentidas, la reminiscencia se hace clara. Fácil es comprender de qué manera, y valiéndose de la misma teoría, se puede pasar del inconsciente psíquico al inconsciente orgánico. La memoria orgánica. ―El verdadero tipo de la memoria orgánica debe buscarse en aquel grupo de hechos que Hartley denominó con gran propiedad, acciones automáticas secundarias, en oposición a los actos automáticos innatos. Estas acciones automáticas secundarias, o movimientos adquiridos, constituyen el fondo mismo de nuestra vida diaria. Así, la locomoción, que en muchas especies inferiores es un poder innato, debe en el hombre ser adquirido, y esta adquisición debe referirse particularmente al poder de coordinación que mantiene el equilibrio a cada paso por la combinación de las impresiones táctiles y visuales 1. De una manera general puede decirse que las extremidades de un adulto y sus órganos sensoriales, no funcionan rápidamente más que gracias a esta suma de movimientos adquiridos y coordinados que constituyen, para cada parte del cuerpo, su memoria especial, o sea el capital acumulado sobre el cual vive y por el cual obra; de idéntica manera que el espíritu vive y actúa en virtud de las experiencias pasadas. 1 Ribot. Les maladies de la memire, pág. 6, y siguientes. Al mismo orden pertenecen aquellos grupos de movimientos de carácter artificial que constituyen el aprendizaje de una profesión manual los juegos de destreza, los diversos ejercicios del cuerpo, etc. Es fácil comprobar por medio de la observación, que la memoria orgánica, o sea aquella de que nos servimos en el baile, la natación, la equitación, en el tocar instrumentos de música, etc., se parece en un todo a la memoria psicológica, excepto en un punto, que es la ausencia de conciencia. «Cuando un niño aprende a escribir, dice Lewes, le es imposible mover la mano sola, así es que mueve igualmente la lengua, los músculo de la cara y aún del pie, más con el tiempo, aprende a suprimir los movimientos inútiles.» Cuando intentamos realizar por la primera vez un acto muscular, gastamos superfluamente una cantidad de energías, pero gradualmente aprendemos a restringirla, de modo que solamente gastamos la que se necesita. Por medio del ejercicio los movimientos apropiados se fijan, con exclusión de los demás. Entonces se graban en el periespíritu los movimientos secundarios, que asociándose a los movimientos motores primitivos, se hacen de más en más estables, según la repetición más o menos frecuente de los mismos actos, y si estos se reiteran con mucha frecuencia, se llega a producirlos de un modo tan rápido, que el acto resulta inconsciente, pues ni siquiera se emplea el mínimum exigible de intensidad y tiempo para que el esfuerzo sea percibido. Sonambulismo natural o provocado. ―De las experiencias realizadas por M. de Roches hemos aprendido que las maniobras magnéticas tienen por objeto desprender el alma y el periespíritu del cuerpo; es decir, aumentar la suma de movimiento del periespíritu o sea, permitirle readquirir una parte de su movimiento vibratorio natural, que es el que posee cuando está completamente desprendido del cuerpo. Es fácil comprender que todas las sensaciones percibidas durante este desprendimiento, serán registradas por el periespíritu con un tonus vibratorio diferente del de la existencia normal. En estas condiciones se constituirá una segunda memoria con su mínima de tiempo y de duración, de ningún modo semejante a la de la vida ordinaria; de suerte que al despertarse el alma del sujeto, no podrá acordarse de cuantos sucesos psíquicos hayan ocurrido durante su estado sonambúlico. Más, el desprendimiento del alma está muy lejos de ser siempre idéntico para el mismo sujeto; existen grados numerosos en esta exteriorización, y de ahí los sucesivos sueños sonambúlico denominados estados profundos de la hipnosis, los cuales, se hallan separados y caracterizados por memorias especiales. Es evidente que la memoria se hace más extensa a medida que el movimiento periespiritual aumenta, de suerte que la última, conoce todas las demás. Cuando el sujeto vuelve al estado normal, tiene lugar el fenómeno inverso, o sea una limitación del campo de la memoria, el cual se va estrechando por zonas sucesivas, que vuelven a pasar al inconsciente a medida que disminuye la cantidad de movimiento. Por consiguiente, para explicar los variados estados de conciencia, no es necesario imaginar personalidades desconocidas entre sí, ya que es siempre la misma individualidad la que se manifiesta, puesto que posee en su potencia máxima, todas las memorias fraccionarías. Las diferencias que se manifiestan en el carácter de las personas sonámbulas, son debidas a las sensaciones, a las ideas, a los juicios especiales de cada una de ellas; pero siempre son construidas con el fondo común de la individualidad. Si me fuera permitido valerme de un término sacado de la química, diría que las diferentes personas sonámbulas, no son más que estados isoméricos de la individualidad. La naturaleza nos ofrece ejemplos de cuanto acabamos de decir, y los casos célebres de la enferma de Mac−Nisch, de Félida, de la señorita R. L. de Luis V., etc., son fenómenos espontáneos que las observaciones hipnóticas explican perfectamente. Gabriel Delanne Extraído del libro "Las vidas sucesivas"
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