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Aparición objetiva en el momento de un peligro PDF Imprimir E-mail
Gabriel Delanne
Escrito por Administrador   
Miércoles, 08 de Octubre de 2008 14:59

Mme. Randolph Lichfield, Cross Deep, Twickenham, 1883 (1)

(Abreviamos un poco el relato, suprimiendo lo que no es in dispensable.)

“Estaba sentada en mi cuarto, una noche, antes de mi matrimonio, cerca de una mesa tocador, sobre la cual se hallaba el libro que leía. La mesa estaba en un rincón del cuarto, y el espejo, que estaba encima, casi llegaba al techo, de manera que la imagen de cualquier persona que se encontrase en la estancia, podía reflejarse en él toda entera. El libro que yo leía no podía, en modo alguno, afectar mis nervios, ni excitar mi imaginación. Me encontraba muy bien, de buen humor, y no me había ocurrido nada desde que había recibido mis cartas de la mañana que hubieran podido hacerme pensar en la persona a la que se refiere la extraña impresión que me pedís os refiera.

“Tenía los ojos fijos en mi libro. De pronto oí, pero sin verle, a alguien que entraba en mi cuarto; miré al espejo para saber quién era, pero no vi a nadie. Pensé, naturalmente, que mi visita, viéndome abstraída en la lectura, se habría marchado, cuando, con gran asombro, sentí sobre mi frente la impresión de un beso, un beso prolongado y tierno. Levanté la cabeza sin asustarme, y vi a mi prometido en pie detrás de mi silla, inclinado sobre mí como para besarme nuevamente. Su rostro estaba extremadamente pálido y triste sobre toda ponderación. Muy sorprendida, me levanté, y antes de que pudiese hablar, desapareció yo no sé cómo. Sólo sé una cosa: durante un instante vi claramente todos los rasgos de su rostro, su elevada estatura sus anchas espaldas, como los he visto siempre, y un momento después no vi nada de él.

“Al principio quedé muy sorprendida, o mejor dicho perpleja; no experimenté ningún terror, y no creí, ni por un instante, que yo hubiese visto un espíritu; la sensación que tuve seguidamente fue la de que yo tenía algo en el cerebro, y estaba agradecida de que no me hubiese determinado una visión terrible en lugar de la que yo había experimentado, y que había sido muy agradable.”

La narradora refiere que no tuvo noticias de su prometido durante tres días; una noche creyó sentir su influencia pero no le vio, no obstante su larga espera; al fin supo que había sido víctima de un accidente queriendo domar un caballo fogoso; el pensamiento de aquel caballero se dirigió inmediatamente hacia su prometida, y dijo en el instante de perder el conocimiento: “May, mi pequeña May, que yo no muera sin volverte a ver.” Durante aquella noche, fue cuando se inclinó sobre la joven y la besó.

Vemos en este caso a la aparición, a pesar de la distancia, desplazarse y atestiguar de una manera efectiva su corporeidad, besando a su prometida. Sea el que fuere el papel que se quiere hacer representar a la alucinación no nos parece suficiente para explicar lo que en este caso se ha producido.

1 Hallucinations télépathiques.
Extraído del libro “El alma es inmortal”
Gabriel Delanne