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La influencia de la voluntad de un hipnotizador sobre un sujeto, es un hecho que hoy no necesita ser demostrado. La sugestión, cuyas manifestaciones son muy variadas, ha puesto fuera de duda la acción que ejerce sobre el espíritu de un sujeto sensible, una orden formulada con voz imperativa. Esta orden se graba en el subconsciente del paciente y puede hacerle ejecutar todos los movimientos, darle todas las alucinaciones de sus sentidos, lo mismo como puede turbar todas sus facultades intelectuales y hasta anularlas completamente por un tiempo determinado. Los tratados sobre hipnotismo están llenos de ejemplos de este género de acciones voluntarias. Lo que queremos demostrar aquí, y lo que ha sido con frecuencia negado, es la acción a distancia de la voluntad; los antiguos magnetizadores ya han revelado su existencia y, pese a todas sus repugnancias, preciso será que los experimentadores modernos lleguen a reconocerlo. Es, por demás, lo que hacen los más sinceros.
He aquí los hechos sacados de fuentes seguras que muestran, sin ningún tipo de duda, la influencia de la voluntad ejerciéndose fuera de los límites del organismo. En su célebre memoria a la Academia sobre el magnetismo, el Dr. Husson relata así el primero de ellos:
“La Comisión se reunió en el gabinete de Bourdais el 6 de octubre al mediodía, hora a la que M. Cazot (el sujeto) llegó. M. Foissac, el magnetizador, había sido invitado a ir a las doce y media, y se hallaba en un salón, sin saberlo M. Cazot, y sin comunicarse para nada con nosotros. No obstante, se le avisó, por una puerta lateral, que Cazot estaba sentado en un canapé situado a una distancia de diez pasos de una puerta cerrada, y que la Comisión deseaba que le durmiese y le despertase a aquella distancia, permaneciendo él en el salón y Cazot en el gabinete.
“A las doce y treinta y siete minutos, mientras Cazot estaba ocupado en la conversación a que nos entregábamos nosotros o examinaba los cuadros que adornaban el gabinete, M. Foissac, colocado en la estancia próxima, comenzó a magnetizarle; observamos que al cabo de cuatro minutos, Cazot parpadeaba ligeramente, que tenía un aire inquieto y, en fin, que se durmió a los nueve minutos.”
La realidad está clara y fuera de toda sospecha por haberse producido delante de investigadores poco crédulos, y que poseían toda la competencia requerida para pronunciarse con conocimiento de causa. Cedamos ahora la palabra a M. P. Janet, cuyos trabajos sobre el hipnotismo constituyen una autoridad en el mundo científico.(1)
1 Véase de Pedro Janet: L’automatisme psychologique. El ejemplo que copiamos está tomado de un artículo: Les Phases interrmédiaries de I’Hypnotisme. Véase también los experimentos del barón du Potet en el Hôtel-Dieu.
“Se puede dormir al sujeto sin tocarlo, por una orden no expresada, sólo simplemente pensada delante de él o incluso lejos de él. En una nueva serie de experimentos, cuyo relato no se ha publicado todavía, después de una educación bastante larga del sujeto, he llegado a producir yo mismo, a voluntad, este curioso fenómeno. Ocho veces seguidas he tratado de dormir a Mme. B., desde mi casa, tomando todas las precauciones posibles para que nadie fuese advertido de mi intención, y variando en cada ocasión la hora del experimento, y todas las veces Mme. B. se ha dormido con sueño hipnótico, algunos minutos después de la hora en que había comenzado a pensar en ello. La comprobación de este hecho me desveló una suposición nueva. Puesto que la sugestión mental podía dormir a Mme. B. cuando estaba en estado de vigilia, la misma sugestión debía hacerla pasar de una fase de sueño a otra.
“Fue fácil de comprobar; estando ya Mme. B. en sonambulismo letárgico, seguí haciéndole sugestiones, sin tocarla, sin soplarle sobre los ojos, sin producir sobre ella ninguna acción física me puse sencillamente a pensar: «Quiero que duerma usted». Al cabo de algunos momentos caía en letargo sonambúlico; repito la misma orden mental, suspira, y entra en letargo cataléptico, y cada vez que empiezo este pensamiento, pasa a un nuevo estado. El pensamiento del magnetizador puede, pues, por una influencia inexplicable, pero que es comprobable, hacer recorrer al sujeto diferentes fases en uno u otro sentido.” Sabemos con cuánto cuidado estos experimentos han sido comprobados por MM. Ochorowicz, Myers, Richet, Dr. Dusart, Dr. Moutin, Boirac, Paul Joire, etc.; es bien cierto que la sugestión puede ejercerse a distancia.(1) M. Janet comprueba asimismo la acción de la voluntad sin contacto material con el sujeto, pero, también para excusarse de una audacia tan grande a los ojos de sus doctos colegas, se apresura a decir que es inexplicable. ¿Y por qué razón es inexplicable, pues, si os place? Sabemos que el ser humano posee una fuerza nerviosa que puede exteriorizarse, y los experimentos de Crookes sobre fuerza física, así como los de M. de Rochas no se ha demostrado que sean falsos, que sepamos. ¿No está probado igualmente que el telégrafo sin hilos no es ya un mito, sino un hecho experimentalmente demostrado? Está claro que entre M. Janet y el sujeto, que ha recibido una educación bastante larga, se crea un lazo fluídico que transmite su voluntad; sin duda, como los rayos luminosos del fotófono de Graham Bell transportaban las ondas magnéticas, que son probablemente más materiales que las del pensamiento. Es verdaderamente curioso comprobar cuánto se encolerizan los experimentadores que pertenecen a cierta escuela ante los hechos. Cuando son bastante honrados para reconocerlos y tienen el valor de proclamarlos como M. P. Janet, inmediatamente sienten escrúpulos y tratan de excusar su audacia de aventurar el pie sobre ese terreno vedado.
1 Ochorowicz, La Suggestion méntale, cap. IV: El experimento del Havre.
Muy afortunadamente no tenemos las mismas timideces; podemos libremente interpretar los fenómenos y darles todo el valor que contienen. Y es que, a pesar de todas las negaciones, tenemos la certeza de la existencia independiente del alma; nuestra creencia se apoya en veinte años de severas investigaciones, y los resultados que hemos comprobado tienen la sanción de los maestros más incontestados en todos los ramos de la ciencia. Podemos, pues, atrevidamente, proclamar su verdad, sin temor de que el porvenir nos desmienta.
¿Qué se ha hecho después de tantos años de los anatemas burlones o solemnes de los escépticos y de los seudosabios? Han ido a reunirse en el país de las viejas lunas a todas las hipótesis mal cimentadas, a todas las teorías vacilantes que no han debido su éxito pasajero más que al nombre de su autor, y que están hoy día completamente olvidadas.
El Espiritismo, como un árbol vigoroso, ha necesitado de ese martillo para desarrollarse, y según una frase célebre, crece “alto y tieso sobre las ruinas del materialismo agonizante”.
Extraído del libro “El alma es inmortal” Gabriel Delanne
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