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Fiel a su método, M. Aksakoff no cree que se pueda estar seguro de la identidad de un espíritu aunque revele hechos que se refieran a su existencia terrena, ni siquiera en ausencia de personas que conozcan dichos hechos, pues otro espíritu podría también tener conocimiento de ellos. He aquí su argumentación:
“Es evidente que esta posibilidad de imitación o de personificación (de sustitución de la personalidad) es igualmente admisible para los fenómenos de orden intelectual.
“El contenido intelectual de la existencia terrestre de un “espíritu” que llamaremos A puede ser todavía más asequible a otro “espíritu”, que designaremos por B, que los atributos exteriores de esa existencia.
Tomemos el fenómeno de hablar en una lengua extraña al médium, pero que era la del difunto; es completamente posible que el “espíritu mixtificador” conozca perfectamente esta lengua. No quedaría, pues, más que la prueba de identidad por la escritura, que no puede ser imitada; mas sería preciso que esta prueba fuera dada con una abundancia y una perfección extremada, como en el caso de M. Livermore, pues es sabido que la escritura y las firmas sobre todo, están también sujetas a falsificación o imitación. Así, pues, después de tratar una sustitución de personalidad con arreglo a un plan terrestre —por la actividad inconsciente del médium—, nos encontramos que tratamos de una sustitución supraterrestre de la personalidad por una actividad inteligente fuera del médium.
“Y tal sustitución, lógicamente hablando, no tendría límites. Este quid sería siempre posible y suponible. Lo que la lógica nos hace admitir aquí en principio, la práctica espírita lo prueba. El elemento mixtificación en el Espiritismo es un hecho incontestable. Ha sido reconocido desde su advenimiento. Está claro que más allá de ciertos límites no puede ser considerado como obra del inconsciente y se convierte en argumento a favor del factor extramedianímico, supraterrestre.”
Toda la argumentación del sabio ruso reposa sobre esta presunción: que el contenido intelectual de la existencia terrestre de un espíritu A, es perfectamente accesible a un espíritu B. Creemos que esto exige ser estudiado detenidamente. Sabemos que los espíritus no tienen necesidad, para expresarse, del lenguaje articulado; se entienden sin ayuda de la palabra, por la sola transmisión del pensamiento, que es un lenguaje universal y por todos comprendido; pero, ¿todos los espíritus comprenden todos los pensamientos? No, y éste es un hecho cuyo conocimiento se adquiere por la experiencia.
Así como el sujeto magnético más felizmente dotado no puede penetrar los pensamientos de todos los asistentes, de igual manera, en el espacio, muchos desencarnados son absolutamente incapaces de comprender el pensamiento de otros espíritus mientras éstos no se pongan en relación con ellos. El grado de clarividencia está en razón de la elevación moral e intelectual de los espíritus. Se ve claramente en las comunicaciones que se reciben, que si “el contenido intelectual” del espíritu de un Newton, de un Virgilio o de un Demóstenes estuviera al alcance del primer advenedizo tendríamos pocas formalidades que señalar en esos mensajes que nos llegan del más allá. La verdad es que la muerte no da al alma conocimientos que no ha adquirido por su trabajo; encuentra en el espacio lo que ha hecho a través de su labor personal; y si, raramente, un espíritu se revela después de la muerte superior a lo que parecía ser mientras estuvo encarnado, es que manifiesta adquisiciones anteriores que en la vida física había olvidado momentáneamente.
Admitamos, no obstante, por un momento, que un espíritu A conozca los acontecimientos de la vida terrestre de un espíritu B. ¿Esto bastará para darle el carácter y la manera de expresarse de B? Evidentemente no, y si el espíritu A se encuentra frente a frente con un observador sagaz que haya conocido bien a B, no tardará en ser desenmascarado. Se ha dicho: el estilo es el hombre. Es casi imposible simular la manera de expresarse de un individuo, aun conociendo episodios de su existencia pasada. Reflexionemos todavía esto, que si un espíritu A pudiese dar a su envoltura física los caracteres exteriores del espíritu B, al mismo tiempo que pudiera disponer del contenido espiritual de la existencia terrestre de B, serían idénticos e indiscernibles, lo que es imposible, pues si A tuviese ese poder, B, C, D, X número de espíritus lo tendrían también. Existirían, pues, innumerables ejemplares del mismo tipo, sobre todo del de un hombre que se hubiera distinguido en una rama cualquiera de la ciencia, del arte o de la literatura, lo que no es así.
Habría, también, en la erraticidad una indescriptible confusión, que las comunicaciones recibidas desde hace más de cien años no nos han dado a conocer jamás.
Es cierto que existen espíritus vanidosos que en sus relaciones con nosotros gustan de adornarse con grandes nombres, pero cuyo estilo permite situarles, generalmente de un modo inmediato, en el lugar que les corresponde; sin embargo, se puede también intrigar con bastante habilidad sobre los grandes escritores, ya que la identidad de los personajes históricos es muy difícil de establecer. Pero no ocurre lo mismo cuando se trata de un pariente o de un amigo bien conocido, cuyo estilo, el giro de su espíritu, sus miras acerca de diferentes asuntos nos son muy familiares. Ahí tenéis una mina fértil que explotar, y cuando el espíritu responde correctamente a todas nuestras preguntas, cuando reconocéis sus expresiones favoritas, nos parece seguro que su identidad está perfectamente establecida, tanto como se pueda desear.
Se ha pretendido que la conciencia sonambúlica del médium podía leer en el inconsciente del evocador para dar todos los detalles que parecen establecer la identidad, y que de esta manera se sigue estando sujeto a la ilusión; pero este hecho no ha sido jamás demostrado rigurosamente y las investigaciones de M. Binet y M. P. Janet sobre la personalidad sonambúlica que coexistiría con la personalidad normal están bien distantes de haber sido comprobadas.1
1 A. Binet, Les altérations de la Personnalité.
2 P. Janet, L’Automatisme psychologique. Véanse, para la refutación, nuestras obras: Le phénoméne spirite, témoignage des savants, y Recherches sur la Médiumnité.
En las experiencias hechas por esos sabios, esta doble conciencia parece manifestarse sólo mientras la acción hipnótica continúa ejerciendo su poder. M. P. Janet ha pretendido imitar, por sugestión, las comunicaciones automáticas de los médiums; pero sus experiencias no tienen más que una muy vaga analogía con el procedimiento de los médiums escribientes2: nunca le releva su sujeto cosa alguna ignorada, cuya exactitud consiga demostrar, acerca de una persona fallecida; y menos sucederá que, espontáneamente, dé comunicaciones contrastables.
Los trabajos de los hipnotizadores modernos no establecen —según nosotros—, en modo alguno, que haya en el hombre dos individualidades que mutuamente se ignoren. El inconsciente no es más que el residuo del espíritu, es decir: los vestigios físicos de las sensaciones, de los pensamientos, de las voliciones, fijados, en forma de vibraciones o movimientos, en la envoltura periespiritual, y cuya intensidad no es suficiente para hacerlos aparecer en el campo de la conciencia; pero si por medio de la voluntad se aumenta el movimiento vibratorio de esos residuos, son nuevamente percibidos por el yo en forma de recuerdos. El sonambulismo, al desligar el alma y dar el periespíritu un nuevo ton vibratorio, origina condiciones diferentes para el registro de los pensamientos y las sensaciones; de manera que, al volver al estado normal, el espíritu no tiene ya conciencia de nada de lo que pasó durante aquellos momentos.
Además, ese desligamiento facilita el ejercicio de las facultades superiores del espíritu —telepatía, clarividencia, etc. — que no se ejercen habitualmente durante el estado de vigilia.
Hay, si se quiere, dos personalidades que se suceden; pero son dos aspectos de la misma personalidad: las personalidades diferentes por la agudeza de sus sensaciones y la extensión de sus facultades— nunca son coexistentes, sino que debe siempre desaparecer la una en cuanto la otra se manifiesta1. Creemos, pues, que cuando un médium bien despierto, en su estado normal, da pruebas de la presencia de un espíritu, es erróneo que se pueda atribuir sus nociones a una lectura inconsciente que su personalidad sonambúlica haría en la memoria del consultante. Con mayor razón, todas las pruebas acumuladas por M. Aksakoff en su libro titulado Espiritismo nos parecen concluyentes.
Para resumir, diremos que una materialización que presenta, una similitud completa en la forma corporal y una total identidad de inteligencia con una persona muerta anteriormente, es una prueba absoluta de la inmortalidad.
Gabriel Delanne
Extraído del libro “El alma es inmortal”
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