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Mme. Pole-Carew, Antony, Torpoint, Devonport, nos ha enviado la relación siguiente: (Les Hallucinations télépathiques.)
31 diciembre 1883
“En octubre de 1880, lord y lady Waldegrave vinieron con su camarera escocesa, Elena Alexander, a pasar algunos días en nuestra casa —el relato indica cómo entonces se vio que Elena había contraído la fiebre tifoidea—. Ella, no obstante, no parecía muy enferma, y como se creía que no había ningún peligro que temer, y dado que lord y lady Waldegrave tenían que emprender un largo viaje al día siguiente (jueves), se decidieron a dejarla a mi cuidado.
“La enfermedad siguió su curso habitual y Elena parecía estar completamente bien hasta el domingo de la semana siguiente; el médico me dijo entonces que la fiebre había desaparecido, pero que el estado de debilidad en que se encontraba le preocupaba mucho. Hice llamar inmediatamente a una enfermera, no obstante la oposición de Reddell, mi camarera, que durante toda la enfermedad había asistido a Elena, y a la cual profesaba gran afecto. Sin embargo, como la enfermera no podía venir hasta el día siguiente, le dije a Reddell que velase a Elena aún por aquella noche para administrarle la medicina y los alimentos; era preciso darle sin cesar algo de comer.
“Aproximadamente a las cuatro y media de aquella noche, o más bien en la madrugada del lunes, Reddell miró su reloj, vertió la poción en una taza y se inclinó sobre la cama para dársela a Elena; entonces sonó la campanilla del pasadizo. Ella se dijo: «Nuevamente se han enredado los hilos de esa campanilla.» (Por lo visto otras veces había sonado sola por esa misma causa.) Aquella vez, sin embargo, oyó que se abría la puerta y, al mirar hacia allí, vio entrar a una mujer vieja muy gruesa. Llevaba una camisa de noche, un jubón de franela rojo, y en la mano un candelero de cobre de modelo antiguo. El jubón estaba agujereado. Entró en el cuarto y pareció dirigirse al tocador para dejar sobre d el candelero. Era completamente desconocida para Reddell, quien, sin embargo, pensó en seguida que era la madre de Elena, que venía a verla; le pareció que la madre estaba enfadada, por que no se le había enviado a buscar antes. Reddell dio su poción a Elena y, cuando se volvió, la aparición había desaparecido y la puerta estaba cerrada. El estado de Elena a lo largo de la noche fue empeorando mucho; envié a buscar al médico y, mientras llegaba, se le aplicaron a Elena cataplasmas calientes...; pero la enferma murió un poco antes de la llegada del médico, estaba consciente hasta una media hora antes de su muerte y parecía dormida en aquel momento.
“Durante los primeros días de su enfermedad, Elena había escrito a una de sus hermanas; le decía que no estaba bien, pero sin insistir; y como ella no había hablado más que de su hermana, la gente de la casa, para la que era tan sólo una extraña, suponía que no tenía otros parientes vivos. Reddell se le ofrecía continuamente para escribir, pero siempre se negaba, diciendo que no era necesario, que ya escribiría dentro de uno o dos días. Nadie sabía, pues, que estuviera enferma; de modo que es muy notable que su madre, que no es de temperamento nervioso, dijese aquella noche al irse a acostar: «Estoy segura de que Elena está muy enferma.»
“Reddell me ha hablado de la aparición, así como a mi hija, una hora aproximadamente después de la muerte de Elena. «No soy supersticiosa ni nerviosa —nos dijo—, y no me he asustado lo más mínimo; pero su madre vino la última noche». Entonces nos refirió toda la historia y nos dio una descripción muy detallada y precisa de la figura que había visto.
“Se avisó a los parientes para que pudiesen asistir a los funerales; acudieron el padre y la madre, así como la hermana. Reddell reconoció en la madre la figura que había visto; yo la reconocí también; era exacta a como me la describió; la expresión era la misma que había indicado, debida, no a la inquietud, sino a la sordera. Se juzgó que lo mejor era no hablar de ello a la madre, pero Reddell se lo refirió todo a la hermana quien le dijo que su descripción correspondía muy exactamente a los vestidos que hubiera llevado su madre, si se hubiera levantado durante la noche; que había en su casa un candelero semejante al que ella había visto y que el jubón de su madre tenía un agujero debido a la manera como siempre lo llevaba. Es curioso que ni Elena ni su madre se hubiesen dado cuenta de aquella visita. Ni una ni otra, ningún caso, dijeron que se hubieran aparecido la una a la otra, ni siquiera que hubiesen soñado.”
F. A. POLE-CAREW
“Francisca Reddell, cuyo relato confirma el de Mme. Pole arew, afirma que jamás ha visto otra aparición. Mme. Lyttleton, Selwyn college, Cambridge, que la conoce, nos dice que parece ser una persona muy positiva (matter of fact), y que lo que le había, sobre todo, impresionado, era que había visto en el jubón de franela de la madre de Elena un agujero hecho por la ballena del corsé, agujero que observó en el jubón de la aparición.”
Encontramos aquí un carácter común a todas las apariciones de personas vivas, y que hemos señalado en las descripciones de espíritus hechas por los sujetos de Cahagnet, es decir, que van revestidos de un traje. Dada la duplicidad del ser humano, se puede admitir que el alma se desprende a distancia de su envoltura, pero no es evidente que los vestidos tengan un forro fluídico y que puedan cambiar de sitio como el fantasma del vivo. Ocurre lo mismo con los objetos que se presentan al mismo tiempo que la aparición.
En el relato precedente vemos que la madre de Elena está revestida de un jubón rojo, parecido al que habitualmente llevaba; además tiene en la mano un candelero de una forma especial, cuya descripción reconoce como exacta la hermana de la muerta. Es menester, pues, comprender cómo el doble humano opera para mostrarse y para fabricar sus vestidos, así como los utensilios de que se sirve. Esto será objeto de un estudio especial cuando hayamos visto todos los casos.
La narración anterior nos pone frente a un ejemplo bien claro de desdoblamiento. Reddell está perfectamente despierta; oye el tintineo de la campanilla de la entrada, abrirse la puerta, ve a la madre de Elena moverse en la habitación y dirigirse hacia el tocador; éstos son hechos que demuestran que está en el estado normal, que todos sus sentidos funcionan como siempre y que aquí no cabe alucinación alguna. La aparición es tan positiva que la camarera le hace a su ama una minuciosa descripción que ocasiona que las dos reconozcan más tarde a la madre de Elena, a quien no habían visto jamás.
¿Qué dicen los redactores de Phantasms de un caso semejante? Sabido es que, según la tesis que han adoptado, no hay aparición, sino visión interna producida por la sugestión de un ser viviente (llamado agente) sobre otra persona (sujeto), que experimenta la alucinación. ¿Quién es aquí el agente? He aquí la nota de la edición francesa:
“Puede preguntarse cuál ha sido el agente verdadero. ¿Es la madre? Su estado no tenía nada de anormal y solamente experimentaba alguna inquietud a propósito de su hija; no conocía a Reddell; la única condición favorable es que su espíritu estaba entonces ocupado en el mismo asunto. Es posible también que el verdadero agente hubiese sido Elena y que, durante su agonía, habría tenido ante los ojos una imagen viviente de su madre.”
Nos parece que estas reflexiones no concuerdan en modo alguno con las circunstancias del relato. Para que se produzca una alucinación es preciso que se haya establecido una relación entre el agente y el sujeto percibiente; dicho de otro modo, entre Reddell y la madre de Elena; ahora bien, nos afirman que no se cono cían en absoluto; no es, pues, la madre el agente. ¿Es Elena? No, pues Mme. Pole-Carew dice formalmente que la enferma no ha visto a su madre. Por otra parte, ¿cómo esta imagen de su madre habría tenido el poder de abrir la puerta de la casa tocándola, y de abrir también la puerta del cuarto en que la enferma estaba acostada? Esas sensaciones auditivas son tampoco alucinatorias como las sensaciones visuales, puesto que éstas se reconocen absolutamente verídicas por la exacta descripción del rostro de la madre, del jubón con el agujero hecho por la ballena del corsé y del candelero de forma antigua. No ha habido, pues, alucinación, sino aparición verdadera.
El redactor cree que siempre es preciso un acontecimiento anormal para que el alma se desprenda. Es una opinión atrevida, pues veremos en los casos siguientes, que el sueño ordinario es, a veces, suficiente para permitir el desprendimiento del alma. Comprobamos que el doble es la reproducción exacta del ser vivo; observamos también que el cuerpo físico del agente está su mido en el sueño durante la manifestación. Veremos que éste es el caso más general. La edición inglesa contiene ochenta y tres observaciones análogas.
Gabriel Delanne Extraído del libro "El alma es inmortal "
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