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Escuchemos ahora a un segundo y autorizado testigo, médico y hombre muy honrado, el venerable Billot, afirmar, en la correspondencia que sostuvo con Deleuze, su creencia en los espíritus.
“Un fenómeno que comprobase positivamente la existencia de los espíritus, de esos seres inmateriales que, según los espíritus fuertes, no pueden en modo alguno impresionar los sentidos del hombre, sería muy apropiado, sin duda, para excitar la curiosidad pública y llamar, sobre todo, la atención de los sabios de todos los países, fuere la que fuere su opinión a este respecto... Pues bien, este fenómeno existe. Esta aserción, que a primera vista parece una paradoja, por no decir una extravagancia, no deja por ello de ser una gran verdad.” Nuestro autor refiere que ha formado parte, durante largo tiempo, de una asociación de magnetizadores y de sujetos en los que observó fenómenos de comunicación con los espíritus, lo que determinó su creencia en un mundo invisible, poblado por las almas de las personas fallecidas.
“Las sesiones comenzaban por la parte mística, es decir, por la athanotophania, o aparición de los espíritus, y terminaban por la parte médica, esto es, por el raphaelismo o medicina angélica. Cuando digo aparición, no trato de decir que estos espíritus se hicieran visibles a los socios, sólo lo eran para los sonámbulos. No obstante, su presencia era señalada por algunos signos positivos, hecho que yo puedo atestiguar, teniendo en cuenta que era el encargado de escribir lo que ocurría en las sesiones.”
Frecuentemente, esas inteligencias se que dirigen a los sonámbulos toman forma de ángeles. Llevan túnicas blancas, cinturones de plata y, a veces, alas. Sucede también que los lúcidos reconocen a personas de país, muertas desde hace más o menos largo tiempo. Aun en el estado normal, estos sujetos perciben a menudo la voz de los guías invisibles. “Percibo ante todo —dice uno de ellos—, un débil soplo como el del más leve céfiro que refresca y pronto hiela mi oreja. Desde este momento pierdo el oído y comienzo a percibir un ligero zumbido en la oreja, como el de un mosquito. Prestando entonces la más severa atención, oigo una débil voz que me dice lo que repito seguidamente.” Alucinación del oído, dirá el doctor moderno que lea este relato, provocado probablemente por autosugestión o por una sugestión inconsciente del Dr. Billot. Pero esta explicación no será admisible si se observa que el ser invisible ejerce una acción física sobre el sonámbulo, sin que éste haya pensado en lo que va a su ceder, e incluso, la primera vez, en ausencia del doctor.
En efecto, esos guías espirituales pueden obrar sobre el cuerpo de los sujetos, pues el doctor fue testigo de una sangría que se contenía por sí misma cuando la cantidad de sangre salida era suficiente. No hubo, en este caso, ninguna necesidad de proceder a la ligadura. Se observa a cada instante en las cartas de este sabio que ha podido asistir, durante largos años, a las visiones de espíritus, cuidadosamente descritas por los sonámbulos. Con un notable sentido crítico, Billot ha sometido sus sujetos a numerosos experimentos, y sólo, después de haber estudiado largamente, es cuando se ha pronunciado de un modo categórico. No estamos ante un creyente que acepta ciegamente todas las doctrinas. Razona fríamente y no se rinde más que a la evidencia. Por otro lado, tiene demasiado buen sentido para atribuir la acción del espíritu sobre la materia a causas naturales, y ve en ellas el efecto de leyes aún ignoradas, pero que se descubrirán un día.
“En cuanto a las operaciones de los espíritus sobre los cuerpos, si hay algunas que tienen algo de prodigio, no son contra natura, sino contra lo que es conocido de la Naturaleza. Ahora bien, como hay en la Naturaleza muchas cosas ocultas para los hombres, no es muy sorprendente que se encuentren sobrenaturales ciertos fenómenos que entran, no obstante, en el orden de las osas creadas, y si ciertas leyes de la Naturaleza nos son ocultas porque no se ha estudiado todavía al hombre como debe estudiarse, es decir, en todas sus relaciones con la Creación.”2
Es curioso observar en esta correspondencia el carácter particular de cada uno de los interlocutores. Deleuze, frío y desconfiado, no se rinde sino con pena a las apremiantes censuras del “solitario”, como titula a Billot. No obstante, acepta al fin que ha podido observar sujetos que estaban en relación con las almas de los muertos.
“El magnetismo —dice—, demuestra la espiritualidad del alma y su inmortalidad; prueba la posibilidad de la comunicación de las inteligencias separadas de la materia con las que le están aún unidas; pero no me ha presentado jamás fenómenos que me hayan convencido de que esta posibilidad se realiza frecuente mente.” Un poco más tarde, más afirmativo, escribe al Dr. Billot:
“El único fenómeno que parece establecer la comunicación con las inteligencias inmateriales, son las apariciones. Hay de ellas varios ejemplos, y como estoy convencido de la inmortalidad del alma, no veo razón para negar la posibilidad de la aparición de personas que, habiendo abandonado la vida, se ocupen de las que les son queridas y vengan a presentarse a ellas para darles saludables consejos. He aquí un ejemplo veces muy claramente. Ha venido a hacerle importantes advertencias. Después de haber elogiado su conducta, le participó que se le iba a presentar un partido; que dicho partido parecía convenirle y que el joven no le desagradaría, pero que ella no sería feliz con él y que le aconsejaba que le rechazase. Añadió que, si no aceptaba ese pretendiente, otro se presentaría poco después, y que todo estaría ultimado antes de fin de año. Era en el mes de octubre.
“El primer joven fue propuesto a la madre; pero la hija, impresionada por lo que le había dicho su padre, no aceptó el partido que se le ofrecía.
“Un segundo joven, que llegaba de provincias, fue presentado a la fijado para el 30 de diciembre.
“No pretendo dar este hecho como una prueba sin réplica de la realidad de las apariciones; pero, por lo menos, las hace vero símiles, tanto más cuanto es sabido que existen otros hechos de este género.” A fin de atraer a su amigo a una creencia completa, Billot se decide a contarle los fenómenos de aportes de que ha sido testigo. Aquí no se puede dudar que una inteligencia extraña a los asistentes está en relación con la sonámbula, ya que queda una prueba tangible de esta acción supra-terrestre. He aquí cómo nuestro doctor relata este fenómeno: “Pongo a Dios por testigo de la verdad del contenido de las observaciones que van a seguir... La verdad resaltará únicamente de las como consecuencia de la observación y la experiencia.”
Gabriel Delanne Extraído del libro "El Alma es inmortal"
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