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Aparición colectiva de un muerto PDF Imprimir E-mail
Gabriel Delanne
Escrito por Administrador   
Domingo, 02 de Noviembre de 2008 11:54

M. Charles A. W. Lett, Military and Royal Naval Club. Albermale street, Londres

3 de diciembre de 1885

“El 5 de abril de 1873, el padre de mi mujer, el capitán Towns, murió en su habitación, en Cambroock, Rosebay, cerca de Sydney, N. S. Wales. Aproximadamente seis semanas después de su fallecimiento, mi mujer entró por casualidad una noche, hacia las nueve, en uno de los dormitorios de la casa. Iba acompañada de una joven, Mlle. Berton, la luz de gas estaba encendida y cuando entraban en el dormitorio quedaron sorprendidas al ver la imagen del capitán Towns reflejada en la superficie pulida del armario. Se veía la mitad del cuerpo, la cabeza, los hombros y la mitad del brazo; en realidad, se hubiera dicho que era como un retrato de tamaño natural. Su rostro estaba pálido y delgado, como antes de su muerte. Llevaba un abrigo de franela gris, con el cual tenía costumbre de dormir. Sorprendidas y medio espantadas, creyeron, primeramente, que era un retrato que habían colgado en el cuarto y que veían la imagen reflejarse, pero no había tal retrato.

“Mientras miraban, la hermana de mi mujer, Mlle. Towns, entró y, antes de que las otras le hubieran hablado, exclamó:

«¡Dio mío!, mira a papá.» Una de las camareras pasaba por la escalera en aquel momento, la llamaron y preguntaron si veía algo; su respuesta fue: «¡Oh señorita! El señor.» Se hizo venir al ordenanza del capitán Towns, M. Graham, y exclamó también: «¡Dios nos libre, señora Lett! ¡Es el capitán!» Se llamó al intendente y después a Mme. Crane, la nodriza de mi mujer, y todos dijeron que lo veían. Finalmente, se suplicó a Mme. Towns que viniese. Al ver la aparición, avanzó con los brazos tendidos como para tocarle, y como ella pasase la mano por el tablero del armario, la imagen desapareció poco a poco; en lo sucesivo no se le volvió a ver, aunque la habitación estuviese ocupada.

“Tales son los hechos que tuvieron lugar y es imposible dudar de ellos; no se influyó en nada sobre los testigos; se les hizo la misma pregunta al entrar en el cuarto y todos respondieron sin vacilar. Incidentalmente, yo no vi la aparición. Estaba en la casa aquel momento, pero no oí que me llamasen.”

C.A.W. LETT

“Los infrascritos, después de leído el relato antecedente, certifican que es exacto. Todos hemos sido testigos de la aparición.”

Sara Lett, Sibbie Singth (por nacimiento Towns)

Además de los casos citados en las Alucinaciones telepáticas la edición inglesa contiene sesenta y tres casos análogos.

Las verdades nuevas tienen tanta dificultad en abrirse paso, a través del intrincado enjambre de las ideas preconcebidas, que la inevitable alucinación no ha dejado de ser invocada para explicar los casos en que las apariciones han sido vistas por varias personas simultáneamente.

Los negadores dicen buenamente, con desenvoltura que indigna, que la alucinación, en vez de ser única, es colectiva. En vano se objeta que los testigos gozan de perfecta salud, que están en posesión de todas sus facultades, que esos testigos se refieren al mismo objeto, descrito y reconocido idénticamente por todos los observadores, lo que es un signo cierto de su realidad; los incrédulos mueven la cabeza desdeñosamente y se envuelven en su ignorancia, prefiriendo atribuir el hecho a un momentáneo desarreglo de las facultades mentales de los observadores, a una ilusión que domina a todos los vivientes, que a reconocer lealmente la manifestación de una inteligencia desencarnada.

Pero la negación, para ser legítima, debe tener límites, pues no puede sostenerse lealmente si se la pone enfrente de pruebas experimentales, que quedan como testigos auténticos de la realidad de las manifestaciones.

Observemos que en todas las relaciones precedentes la certeza de la visión en sí misma no es, generalmente, negada; lo que se niega es que sea objetiva, es decir: que tenga lugar en otro sitio que en el cerebro del o de los vivientes. Los relatos de los testigos, se pretende, no pueden ser de un valor absoluto, pues mejor que admitir una cosa tan inverosímil como la aparición de un muerto, es preferible suponer en los vivos una aberración del espíritu, antes que la realidad de un fenómeno sobrenatural.

Pero los incrédulos prescinden aquí de un hecho muy importante; pues aunque sea una alucinación, ésta no es cualquier cosa, ya que se relaciona a un acontecimiento real con el cual se encuentra en estrecha conexión. No se puede, pues, atribuir a la casualidad o a coincidencias las visiones telepáticas, y si demostramos que se pueden provocar artificialmente estos fenómenos, estará fuera de duda que los que se producen accidentalmente son debidos a una ley natural que hasta ahora ignorábamos. Esto es, precisamente, lo que va a ser establecido en el capítulo siguiente. Llevando, pues, más lejos la experimentación, vamos a probar que ciertas apariciones son tan reales que se las fotografía entonces, por supuesto, no podrá quedar sombra de duda sobre su objetividad, tan obstinadamente negada.

Gabriel Delanne

Extraído del libro "El alma es inmortal"