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"Porque esto hizo él, una vez, ofreciéndose a sí mismo." – Pablo. (Hebreos, 7:27.)
Las criaturas humanas van siempre bien en la casa hartan, ante el cielo azul. Entre tanto, inmediatamente que surjan dificultades, helos a la procura de quien los sustituya en los lugares de aborrecimiento y dolor.
Muchas veces, pagan elevado precio por la fuga y aplazan indefinidamente la experiencia benéfica a que fueron convidadas por la mano del Señor. En razón de eso, los religiosos de todos los tiempos establecen complicados problemas con las ofrendas de la fe. En los ritos primitivos no hubo ninguna vacilación, ante el sacrificio de jóvenes y niños.
Con el transcurso del tiempo el hombre pasó a la matanza de ovejas, toros y cabras en los santuarios. Por muchos siglos perduró el plan de óbolos en preciosidades y riquezas destinadas a los servicios del culto. Pero, con todas esas demostraciones el hombre no procura sino atraer simpatía exclusiva de Dios, como si el Padre estuviese inclinado a las particularidades terrestres.
La mayoría de los que ofrecen dádivas materiales no proceden así, ante las casas de la fe, por amor a la obra divina, sino con el propósito deliberado de comprar el favor del cielo, eximiéndose del Con todo, en ese sentido, Cristo suministró preciosa respuesta a sus tutelados del mundo. Lejos de pleitear cualesquier prerrogativa, no envió sustitutos al Calvario o animales para sacrificio en los templos y, sí, abrazó, él mismo, la pesada cruz, inmolándose en favor de las criaturas y dando a entender que todos los discípulos serán compelidos a su propio testimonio en el altar de su propia vida.
Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier Extraído del libro "Pan nuestro"
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