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"Pero, os digo la verdad: a vosotros conviene que me vaya."—Jesús. (Juan, 16:7)
Semejante declaración del Maestro resuena en nuestras fibras más íntimas. Nadie sabía amar tanto como Él, sin embargo, era el primero en reconocer la conveniencia de la partida, en favor de los compañeros.
¿Qué habría acontecido si Jesús insistiera en permanecer? Probablemente, las multitudes terrestres habrían acentuado las tendencias egoístas, consolidándolas. Porque el Divino Amigo había buscado a Lázaro en el sepulcro, nadie más se resignaría a la separación por la muerte. Por haberse limpiado algunos leprosos ninguno aceptaría, en el futuro, la cooperación provechosa de las molestias físicas. El resultado lógico sería la perturbación general en el mecanismo evolutivo.
El Maestro precisaba ausentarse para que el esfuerzo de cada uno se hiciese visible en el plano divino de la obra mundial. De otro modo, sería perpetuar la indolencia de unos y el egoísmo de otros. Bajo diferentes aspectos, se repite, diariamente, la gran hora de la familia evangélica en nuestras agrupaciones afines.
¿Cuántas veces surgirá la viudez, la orfandad, el sufrimiento de la distancia, la perplejidad y el dolor como elevada conveniencia al bien común? Recordad el presente pasaje del Evangelio, cuando la separación os haga llorar, porque si la muerte del cuerpo es renovación para quien parte es también vida nueva para los que quedan.
Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier Extraído del libro "Pan nuestro"
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