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"Bueno es que el corazón se fortifique con gracia y no con manjares, que de nada aprovecharon a los que a ellos se entregaron." — Pablo. (Hebreos, 13:9.)
Hay vicios de nutrición del alma, tanto como existen en la alimentación del cuerpo. Muchas personas sustituyen el agua pura por las bebidas excitantes, como ocurre a mucha gente que prefiere lidiar con la ilusión perniciosa, tratándose de los problemas espirituales. El alimento del corazón, para ser efectivo en la vida eterna, ha de basarse en las realidades simples del camino evolutivo. Es imprescindible estemos fortificados con los valores iluminativos, sin atender a los deslumbramientos de la fantasía que procede del exterior. Y justamente en la senda religiosa es que semejante esfuerzo exige más amplio perfeccionamiento.
El creyente, de manera general, está siempre sediento de situaciones que le atienden a los caprichos nocivos, como el gastrónomo anhela los platos exóticos; entre tanto, de la misma suerte que los placeres de la mesa en nada aprovechan en las actividades esenciales, las sensaciones aprendidas de la zona fenoménica se toman inútiles al espíritu, cuando este no posee recursos interiores suficientes para comprender las finalidades.
Innumerables aprendices guardan su respectiva experiencia religiosa, como una cuestión puramente intelectual. Pero es imperioso, reconocer que el alimento del alma para fijarse, en definitiva, reclama el corazón sinceramente interesado en las verdades divinas. Cuando un hombre se coloca en esa posición íntima, se fortifica real-mente para la sublimación, porque reconoce tanto material de trabajo digno, en torno de sus pasos, que cualquier sensación transitoria, para él, pasa a localizarse en los últimos escalones del camino.
Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier Extraído del libro "Pan nuestro"
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