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"Bienaventurado el hombre que sufre la tentación." – (Santiago, 1:12.)
Mientras nuestro barco espiritual navega en las aguas de la inferioridad, no podemos aguardar inmunidades de ásperos conflictos interiores. Mayormente en la esfera carnal, toda vez que emprendemos la mejoría del alma, utilizando los trabajos y obstáculos del mundo, debemos esperar la multiplicación de las dificultades que nos deparan, en pleno camino del conocimiento iluminativo.
Contra nuestro anhelo de claridad, tenemos milenios de sombras. Anteponiéndosenos a la más humilde aspiración de crecer en el bien, vigoran los siglos en que nos complacíamos en el mal. Es por esto que, en medio de las bendiciones de lo Alto, sobran en la senda de los discípulos las tentaciones de todos los matices.
A veces, el aprendiz se cree preparado para vencer los dragones de la animalidad que le rondan la puerta; sin embargo, cuando menos lo espera, las sugestiones degradantes acechan de nuevo, obligándolo a porfiada batalla. Por lo tanto, está claro que, ni aun la sepultura nos exonera de los obstáculos con las tinieblas, cuyas raíces se extienden en nuestra organización espiritual.
Sólo la muerte de la imperfección en nosotros nos librará de ellas. Haya, pues, tolerancia constructiva alrededor de la caminata humana, porque las insinuaciones malignas nos cercarán en todas partes, mientras nos demoramos en la realización parcial del bien. Solamente alcanzaremos la liberación, cuando obtengamos plena luz.
Entendiendo la transcendencia del asunto, el apóstol proclama bienaventurado a aquel "que sufre la tentación." Imposible, por ahora, cualquier referencia al triunfo absoluto, porque vivimos aún muy distantes de la condición angélica; entretanto, bienaventurados seremos si sufrimos bien ese género de luchas, controlando los impulsos del sentimiento poco primoreado y perfeccionándolo, poco a poco, a costa del esfuerzo propio, a fin de que no nos entreguemos inermes a las sugestiones inferiores que procuran convertimos en instrumentos vivos del mal.
Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier Extraído del libro "Pan nuestro"
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