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Preguntan ustedes cómo ven los desencarnados la institución de la pena de muerte, y asevera:
-¿No será justo substraer el cuerpo al espíritu que se hizo un criminal? ¿Será lícito permitir la comunión de un tarado con las personas normales?
Y podríamos argumentar:
-¿Quién de nosotros habrá utilizado el cuerpo como es debido? ¿Quién habrá conseguido la estatura espiritual de la verdadera humanidad para considerarse en la plenitud de equilibrio?
La ejecución de una sentencia de muerte, en la mayoría de los casos, es la liberación prematura del alma que se arrojó al despeñadero de las sombras. Y sabemos que solo la pena de vivir en el carne es susceptible de realizar la recuperación de aquellos que se hicieron reos confesos ante el tribunal de los humanos. No vale ahuyentar moscas sin curar la herida. Eliminar la carne no es modificar el espíritu. Un asesinado, cuando no posee energía suficiente para disculpar la ofensa y olvidarla, habitualmente pasa a gravitar en torno de aquel que le arrancó la vida, creando los fenómenos comunes de la obsesión; y las víctimas de la horca o el pelotón de fusilamiento, o de la silla eléctrica, si no constituyen padrones de heroísmo y renunciación, de inmediato, más allá del túmulo vampirizan el organismo social que les impuso el apartamiento del vehículo físico, transformándose en quistes vivos de la fermentación de la discordia y de la indisciplina; El tribunal terrestre jamás decidirá, con seguridad, sobre la extinción del crimen, sin el concurso activo del hospital y de la escuela.
Sin el profesor y sin el médico, el juez en su sana conciencia vivirá siempre atormentado por la obligación de prender y condenar, descendiendo de la dignidad de la toga para codearse con los que se dedican a la flagelación Ajena. La función de la justicia penal, dentro de la civilización considerada cristiana, es, por encima de todo, reeducar. Sin el entendimiento fraterno en la base de nuestras relaciones unos con los otros, no nos distanciaremos del laberinto del talión, que pretende convertir el mundo en eterno desagüe de males renacientes. Jesús el divino libertador, vino a romper esposas que nos encadenaban a los principios del castigo igual a la culpa…
La educación es la primavera del proceso de redimir la mente cristalizada en las tinieblas. Organizar la penitenciaria renovadora, donde el servicio y el libro encuentren aplicación adecuada, es la solución para el oscuro problema de criminalidad, entre los hombres, mismamente porque el mejor esfuerzo de la sociedad, contra el delincuente, es dejarlo vivir, en la reparación de las propias faltas. Cada espíritu respira en el cielo o en el infierno que formó para sí mismo…
Aquí, tenemos el “campo de los efectos” y, ahí en el mundo, el “campo de las causas”. Y cuando el alma se demora en “el campo de las causas”, hay siempre oportunidad de concertar y reajustar, mejorando las consecuencias. No es muriendo que encontramos la felicidad para la reconciliación. Es aprendiendo con las rudas lecciones del educandario de la materia densa que nos facilitan las cualidades morales para la ascensión del espíritu. Nadie, pues, precisará inquietarse, provocando esa o aquella reivindicación por la violencia. La ley de la harmonía universal funciona en todos los planos de la vida, encargándose de restaurar todo en el momento oportuno.
¿En cuánto, al acto de condenar, quien de nosotros se revela en condiciones de ejercer semejante derecho? ¿Cuántos de nosotros no somos malhechores indiscutibles, simplemente por no encontrar la presa, en el instante preciso de la tentación? ¿Cuántos delitos hemos perpetrados por no encontrar la presa, en el instante de la tentación? ¿Cuántos delitos hemos perpetrados en pensamiento?
Solo la educación, cimentada en el amor, ara redimirnos en la multimillonaria noche de la ignorancia. Si usted demuestra interés tan grande en la regeneración de las costumbres, defendiendo con tamaño entusiasmo la supuesta legalidad de la pena de muerte, examine el propio corazón y la propia conciencia y verifique si está exento de faltas. Si usted ya supero los óbices de la animalidad, adquiriendo gran comprensión a precio del sacrificio, estimaría saber si tendrá realmente coraje para maldecir a los pecadores del mundo, tirándoles la primera piedra”.
Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cândido Xavier Extraído del libro "Cartas y crónicas"
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