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Bebes en el silencio de las lágrimas, el cáliz de la amargura a causa del hijo desobediente, y notas que en el corazón, el amor y el dolor palpitan juntos, sea en la exaltación o en las dificultades. Decepcionada con los nódulos de indignidad que se insinúan en su carácter comprendes, en medio de tu llanto, que él ya no es la aparición celestial de los primeros días, de modo que cuando evalúas su debilidad incipiente sientes temor por la libertad que el tiempo ha de concederle para que construya su destino. Con el pretexto de quererlo, no te rindas a la actitud de la plaza tomada...
Aunque lleves la espina de la angustia clavada en el alma, es preciso que veles en el puesto de centinela. No deformes el sentimiento que pulsa dentro de tu pecho. Fortalece tu voluntad, sé dueña de tus impulsos. Ceder siempre, en el fondo, es menospreciar. Sé previsora poniendo un freno a sus caprichos. Enciende la luz de la plegaria y medita sobre los dolores lacerantes que también padeció la Dulce Madre de Jesús, de modo de hacer oír tu voz con la reprensión para con su proceder irreflexivo y los anhelos desbordados que lo atacan, si quieres hacer de él un Hombre. Dosifica la sal de la energía, tanto como la miel de la benevolencia, en los condimentos de la educación.
Ni libertad desordenada ni apego excesivo. Si tu hijo es tu cruz, piensa que en la Tierra no nacen santos. Somos almas en lucha con nosotros mismos, de modo que es comprensible que a menudo vivamos igualmente en lucha entre unos y otros, en los pasos zigzagueantes de la experiencia. Sé laboriosa y humilde, sin ser esclava. No cultives disgustos. Sé fiel a la esperanza. No registres la ingratitud ni colecciones quejas. La misión divina de la maternidad se sustenta en la fuerza omnipotente del amor.
Envuelve a tu hijo con una palabra de bendición, que derrota al orgullo, y con la luz del ejemplo que disipa las tinieblas de la rebeldía. Haz que se desarrollen los sentimientos buenos de su corazón, recubiertos y ocultos por el musgo de los siglos. No te comportes como una mariposa de ilusión cuando la vida te demanda vigilias de guardiana. En el río de la existencia humana, los espíritas son las gotas de agua que se transforman en filos que arremeten contra las piedras de los obstáculos, para tallar nuevos surcos.
El Espiritismo genera conciencias libres. Demuéstrale a tu hijo esa verdad a través de tus acciones de renuncia y discernimiento, mediante la conjunción del bálsamo del cariño con la rienda de la autoridad. No pretendas transformarlo a la fuerza en un escogido entre aquellos que han sido llamados por el Señor. Somos hijos del Eterno, todos somos ciudadanos de la Eternidad y sólo nos elevamos a golpes de esfuerzo y trabajo, en la jerarquía de las reencarnaciones. De este modo, entonces, aunque muchas veces estés torturada por la abnegación mal entendida, demuestra a tu hijo que la Ley Divina es insobornable y que cada espíritu es el responsable de sí mismo.
Analia Franco
Médium Francisco Cândido Xavier, Waldo Vieira Extraído del libro "El espíritu de verdad"
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