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Francisco Cândido Xavier
Escrito por Administrador   
Viernes, 30 de Septiembre de 2011 15:10

De regreso a la reencarnación, al cabo de un breve tiempo soy conducido hasta vuestro recinto de oración fraterna por benefactores y amigos, a fin de que os relate algo sobre mi historia, un amargo escarmiento para los livianos de oído y los imprudentes de la lengua. Sin adornos verbales de ninguna naturaleza en mi dolorosa confesión, paso de inmediato a mi penoso caso, como un loco que recupera el juicio después de haber naufragado en la deshonra de un pantano.

Hace algunos años, durante mi última jornada en la Tierra, era un simple comerciante de hábitos sencillos. Con poco más de treinta años desposé a Marina, mucho más joven que yo. Para exaltación de nuestra felicidad edificamos nuestro paraíso doméstico en una casa pequeña de un agitado barrio de Río.

Nuestra vida modesta era un cántico de ventura, una urdimbre de esperanzas y plegarias; aún así, como yo era habitualmente desconfiado, e incluso inquieto, amaba a mi esposa con una pasión enfermiza. Marina era muy joven, casi una niña... Apreciaba los colores vivos, el cine, la vida social, la carcajada franca y debido a que conservaba un temperamento infantil, en breve mi nombre fue enredado por la maledicencia, que fustiga a la felicidad del mismo modo que la sombra persigue la luz. A nuestro alrededor hubo "dimes y diretes".

Si cogíamos un autobús, de inmediato éramos objeto de miradas huidizas, mientras se cuchicheaba con mención de nuestros nombres... Si pasábamos por una plaza, casi siempre nos perseguían silbidos discretos... Comenzaron para mí los mensajes furtivos, las llamadas de teléfono sorpresivas, las cartas anónimas y los consejos de familia que reunían acusaciones diversas.

— Marina faltó a los compromisos hogareños.

— Marina era ingrata e infiel.

— Marina vivía en un charco de lodo.

— Marina se había vuelto censurable.

Muchas veces mi propia madre, celosa de nuestro apellido, apelaba a mi honor para indicarme soluciones. Algunos de nuestros amigos me contaban en secreto anécdotas irreverentes con sentido indirecto. Arduas luchas del sentimiento me imponían desesperantes conflictos. Se acabó en nuestra casa la alegría espontánea. En vano la compañera se defendía poniendo en estado de alerta a mi corazón; entre tanto, densas tinieblas se apoderaban de mi capacidad de razonar y me inducían a imaginar turbias escenas acerca de faltas inexistentes. Como si yo fuera puro, exigía pureza a mi mujer. Como si fuera un santo, le demandaba santidad. ¡Deplorable ceguera humana!

Así fue como una tarde imborrable para el remordimiento que me azota, sonó el teléfono: me buscaban para darme un aviso. Eran las tres de la tarde... Alguien anuncia a mi cerebro atormentado que un extraño estaba en mi aposento íntimo. Enloquecido tomé un revólver y me dirigí hacia mi casa. A hurtadillas penetré en nuestra cámara y con los ojos empañados por la desesperación, vi a Marina inclinada junto a un hombre que también se inclinaba a dos pasos de nuestro lecho. No tuve dudas y les disparé, en agonía... Vi que la sangre de ambos se iba mezclando mientras se dirigían miradas de profunda angustia y, como yo mismo no podía resistir tal desdicha, me despedacé el cráneo con una bala certera. Caí de inmediato, para despertarme en la tumba aferrado a mi cuerpo cubierto de llagas y fétido, que servía de cebo a gusanos hambrientos. En vano procuré liberarme del esqueleto lodoso dispuesto a recluirme en la oscuridad. Carcajadas irónicas de Espíritus desdichados rondaban mi prisión. Describir mi pesadumbre es algo imposible en el vocabulario de los hombres, porque la palabra de los hombres no tiene potencia suficiente para pintar el infierno que ruge dentro de mi alma. Durante mucho tiempo bebí mi cáliz de aflicción y pavor, hasta que por fin manos amigas me sacaron de la cárcel de barro. Entonces supe que Marina era inocente y que yo la había sacrificado con mis manos de loco.

Esposa abnegada e inocente que era, simplemente había pedido a un compañero de la vecindad que reparase en nuestro humilde cuarto el enchufe eléctrico que no funcionaba, para planchar la ropa que yo iba a usar al día siguiente. Transido por la vergüenza y disgustado conmigo mismo, antes de suplicar perdón a mis pobres víctimas imploré, humillado, la prueba que me espera... Y es así que al dirigirme a las almas desprevenidas que cultivan en la Tierra el vicio de la calumnia, vengo a advertirles a todas, en la condición de reo, que para curarme de mi insensatez imploré al Padre Celestial, y me fue concedida, la bendición de medio siglo de enfermedad y martirio, lucha y flagelación a través del calvario de un cuerpo ciego.

Julio

Médium Francisco Cándido Xavier, Waldo Vieira

Extraído del libro "El Espíritu de la Verdad"