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Cuando el primer pastor de almas se elevó de la Tierra, en el carro de la muerte, el Señor lo esperó en el Trono de Justicia y Misericordia, de modo a escucharle el relato alusivo a las ovejas del mundo. En los cielos, aves felices entonaban cánticos a la paz, mientras serafines tocaban armoniosas cítaras a lo lejos… Todo era esperanza y júbilo en el paraíso; entre tanto, el pastor, que fuera también en el Planeta Terrestre el primer hombre bueno, traía consigo dolorosa expresión de amargura. Los cabellos blancos le caían en desaliño, sus pies y manos tenían marcas sangrientas y de sus ojos fluían lágrimas abundantes.
El Todo-Poderoso lo recibió, sorprendido. El anciano se inclino, reverente; saludó respetuoso, y se mantuvo en profundo silencio. Las interrogaciones paternales, todavía, explotaron afectuosas. ¿Cómo seguía el rebaño de la Tierra? ¿Se observa el reglamento de la naturaleza? ¿Se atendía al camino trazado? ¿Había suficiente respeto en la vida de todos? ¿Bastante comprensión en el servicio individual? Conforme al desarrollo de los trabajos terrestres, abriría nuevos horizontes al progreso de los hombres. El deber bien vivido conferiría más extenso derecho a las criaturas. El viejito, con todo, oía y lloraba. Inquirido más austeramente, respondió sollozando:
- ¡Ay de mí, Señor! Las ovejas que me confiaste, según me parece, traen corazones de animales crueles. La mayoría tienen gestos de lobos, algunas revelan la dureza del tigre y otras el veneno de víboras ingratas… ¡Oh!... ¡Oh!...
Gritos de admiración partían de todos lados. De fisonomía severa, aunque serena, el Señor preguntó:
-¿No tienen las ovejas la dádiva del cuerpo para el sublime aprendizaje en la escuela terrestre?
- Sí – suspiró el anciano -, pero lo desprecian y lo insultan, todos los días, a través del relajamiento y de la viciación.
-¿No poseen la casa, el nido dulce que les di?
- Pero hacen del campo doméstico un verdadero reducto de hostilidades del corazón, en el cual se combaten mutuamente, a distancia del entendimiento y del perdón.
- ¿No guardan la bendición del parentesco entre sí?
- Transforman los lazos consanguíneos en telas gruesas de egoísmo, dentro de las cuales se encarcelan.
- ¿Y los hijitos? ¿No conservan las sonrisas de los niños?
- Convierten a las ovejitas en pequeños demonios de vanidad, que perturban todo el rebaño en el curso del tiempo.
- ¿La patria? ¿No les concedí el gran hogar para la expansión colectiva?
-Petrifican la idea de patria en absurdo propósito de dominación, esparciendo en su nombre la miseria y la muerte.
- ¿Y el amor?
- Determiné que el amor les constituyese una sagrada lámpara en el camino de la vida…
- Perfectamente – prosiguió el pastor, desalentado -; entre tanto, el amor representa para ellos una máquina de gozar en la esfera física; cuando son levemente contrariados en sus juegos de ilusión, odian y hieren…
- ¿La verdad? – tornó el Señor, compasivo.
- Solamente creen en ella y la aceptan si sus intereses inmediatos, aún siendo criminosos, no sean perjudicados.
- ¿Y no oyen tus enseñanzas, inspiradas por mi corazón?
El viejito sonrió por primera vez, en medio de la infinita amargura que presentaba en su rostro, y acentuó:
- De ningún modo. Me reciben con mal disimulado sarcasmo. Prefieren aprender en una caída espectacular en el despeñadero, que oir mi voz.
- Pero, ¿no combinan entre sí, en cuanto a los intereses de todos?
- No. Muchas veces se muerden los unos a los otros.
- ¿No establecen acuerdos pacíficos con los vecinos?
- Intensifican las discordias, lanzan piedras al prójimo y el crimen acostumbra ser el juez de sus disputas.
- Todavía – continuó el Misericordioso -, ¿y la naturaleza que los rodea? Por ventura, ¡¿no le hablan al corazón la claridad del Sol, la bendición del aire, la bondad del agua, la caricia del viento, la cooperación de los animales, la protección de las arboledas, el perfume de las flores, la sabiduría de la semilla y la dádiva de los frutos?!...
- Infelizmente – esclareció el anciano -, vagan como ciegos y sordos, ante el concierto armonioso de vuestras gracias, y oprimen a la Naturaleza simbolizando genios del mal, destructores y despóticos.
- ¿Y la muerte? – indagó el Altísimo -¿No temen a la justicia del fin?
- Parecen ignorarla; peregrinan en la Corteza del Planeta como duendes locos, embriagados de ilusión, indiferentes a vuestro amor, endurecidos para con vuestra orientación, despreocupados de vuestra justicia…
En ese momento, el Señor Todopoderoso se mostró igualmente entristecido. Después de meditar algunos minutos, habló al pastor en llanto:
- No llores, ni te desesperes. Vuelve a la Tierra y retoma tu trabajo. Otros compañeros contribuirán en tu ministerio, encaminando, corrigiendo, rehaciendo y amando en mi nombre… Alguien, con todo, estará presente en el mundo, colaborando contigo y con los demás para que mis ovejas infelices comprendan la calle del redil por el dolor.
En seguida, cumpliendo órdenes divinas, algunos ángeles descendieron al infierno y libertaron a un peligroso monstruo sin ojos y sin oídos, pero con millones de garras y bocas. Fue entonces que, desde ese día, el monstruo sordo y ciego de la guerra acompaña a los pastores del bien, a fin de exterminar, en tormentas de sudor y lágrimas, todo lo que, en la Tierra, constituya obra de vanidad y orgullo, egoísmo y tiranía de los hombres, contrarios a los sublimes designios de Dios.
Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cândido Xavier Extraído del libro "Vitrina de la vida"
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