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Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Viernes, 14 de Mayo de 2010 15:11

Llegados al término de esta clasificación, no nos resta sino lanzar una mirada retrospectiva sobre el camino recorrido y recordar las principales consideraciones que los acontecimientos nos han sugerido, condensándolos en una síntesis. En lo que se refiere a nuestras repetidas afirmaciones en favor de la existencia real de las manifestaciones telepáticas en que los animales desempeñan el papel de agentes o de perceptores, así como los fenómenos de encantamiento o apariciones de otra especie, en que los animales son perceptores juntamente con el hombre, no parece nada científico levantar todavía reservas o dudas, pues los casos expuestos en esta clasificación bastan para demostrar el buen fundamento de nuestras afirmaciones. En efecto, en los ejemplos que hemos relatado, figuran las principales formas de las manifestaciones de encantamiento, apariciones, y fenómenos supra normales similares. Además de esto, nuestras afirmaciones son controladas de manera decisiva por algunos datos estadísticos que pueden ser recogidos en los ciento treinta casos enumerados en esta obra.

Resulta, en efecto, del examen de ellos, que los sucesos en que los animales han percibido manifestaciones supra normales anteriormente al hombre, son en número de veinticinco; los casos en que los animales parecieron percibir manifestaciones supra normales cuando los hombres no percibían nada, son en número de diecisiete. Ahora bien, este cuadro es bastante para autorizarnos a extraer de él las inferencias que sugieren los sucesos en cuestión. La principal inferencia que se ha de extraer de él es la siguiente: los casos en que los animales perciben, antes que el hombre, manifestaciones supra normales o las perciben cuando éstas pasan desapercibidas para el hombre, presentan un valor decisivo en favor de nuestra hipótesis, puesto que demuestran que no existe cualquier hipótesis racional que se oponga a la que considera a los animales como dotados de facultades supra normales subconscientes al igual que el hombre. Estas conclusiones, sólidamente fundadas en datos estadísticos, quedan además confirmadas por las manifestaciones que hemos mencionado en la quinta categoría, en la cual hemos tratado de perros que "prenuncian la muerte", es decir, perros que anunciaban por medio de aullidos bien característicos y prolongadamente lúgubres, la muerte inminente de una persona de la familia a que pertenecían; y en ello perseveraban hasta el deceso de la persona en cuestión, manifestaciones que demuestran la existencia en la subconsciencia animal, de facultades premonitorias y, por consiguiente, de otra facultad supra normal más, añadida a las enumeradas más arriba.

Ese don misterioso era, por cierto, ya universalmente atribuido al mundo animal bajo la forma de previsión de perturbaciones atmosféricas inminentes, o la inminencia de un temblor de tierra y de erupciones volcánicas. Sobre la base de los hechos recogidos, hay pues que afirmar, sin miedo a equivocarse, que el veredicto de la futura ciencia no puede ser sino favorable a la existencia, en la subconsciencia animal, de las mismas facultades supra normales que encontramos en la subconsciencia humana; y, como el hecho de la existencia latente en la subconsciencia humana de facultades supra normales, independientes de la ley de evolución biológica, constituye la mejor prueba en favor de la existencia, en el hombre, de un espíritu independiente del organismo corporal, y por consiguiente superviviente a la muerte de ese organismo, es racional e inevitable inferir de ello – ya que en la subconsciencia animal se encuentran las mismas facultades supra normales – que la psiquis animal está destinada a sobrevivir, ella también, a la muerte del cuerpo. Estas consideraciones, lógicamente irreprochables, aún tenían, no obstante, necesidad de una confirmación complementaria en el terreno experimental. Si la hipótesis de la existencia, en los animales, de una psiquis superviviente a la muerte del cuerpo tiene fundamento, debería haber casos de aparición post mórtem de fantasmas animales de una manera análoga a la que se produce con el hombre.

Pues bien, esta demostración complementaria queda proporcionada en el transcurso de nuestra clasificación, en la cual fue citado un número suficiente de sucesos de esta especie, en los cuales encontramos los mismos rasgos característicos que sirven como pruebas de identificación espírita en los casos correspondientes de fantasmas humanos. Hemos llegado así a demostrar la existencia de dos grupos de hechos que constituyen el problema a resolver, es decir, que en la subconsciencia animal se encuentran las mismas facultades supra normales que existen en la subconsciencia humana y que los fantasmas de animales muertos se manifiestan tal como los fantasmas humanos. Hay entonces que considerar que se ha logrado la demostración necesaria para probar la existencia y supervivencia de la psiquis animal. La hipótesis en aprecio no podía ser entonces considerada sino como científicamente legítima, aunque nada más que a título de "hipótesis de trabajo", esperando juzgarla como una verdad definitivamente adquirida para la ciencia cuando la acumulación de los hechos nos permita analizar a fondo este asunto tan importante. El tema, en cambio, ha alcanzado un grado de madurez suficiente para autorizar la formulación de algunos resúmenes sobre las consecuencias filosóficas y psicológicas que presentará el hecho de la existencia y supervivencia de la psiquis animal. Es lo que me propongo hacer sumariamente para completar y confirmar la tesis sostenida, es decir, que después de haber proporcionado la prueba experimental de la existencia y supervivencia de la psiquis animal, voy a demostrar ulteriormente la validez y necesidad de ella desde el punto de vista de las leyes que gobiernan la evolución biológica y psíquica de los seres vivos, y además en nombre de la eterna justicia.

*

Los hombres de ciencia, que profesan convicciones materialistas, sostienen muchas veces que el espíritu de los animales, como el de los hombres, siendo una simple función del órgano cerebral, deja de existir cuando ese órgano cesa de funcionar por fuerza de la muerte. Nada hay de inconsecuente en esta teoría por la cual el destino de los animales queda igualado al de los hombres, pero la inconsecuencia existe, por el contrario, entre los creyentes en la existencia del alma humana, al igual que entre los profesantes de diferentes confesiones religiosas, así como entre una parte de los adeptos de las doctrinas espíritas, que suponen, a su vez, que el espíritu de los animales está muy imperfectamente organizado para sobrevivir a la muerte del cuerpo y que, por consiguiente, se disuelve en sus elementos constitutivos, prácticamente en la nada, precisamente tal como afirman los materialistas. Quiero observar, primeramente, que estas teorías son muy peligrosas para la doctrina de la supervivencia espiritual humana, puesto que nos llevan a admitir que una simple diferencia de grado en la evolución del espíritu basta para decidir su destino, a veces caduco sin ninguna falta, otras veces inmortal sin sombra de mérito. Y entonces ¿qué pensar de la suerte de una gran parte del género humano? En efecto, si reconstituimos la historia de la especie humana con el auxilio de la paleontología, llegaremos a un punto en que el hombre de la Antigüedad prehistórica más remota se confunde con las formas animales más elevadas. Si lo mismo sucedió con las razas humanas existentes, con la ayuda de la antropología, llegamos a algunas tribus salvajes muy poco elevadas por encima de los animales con que vivían y en las cuales la degradación de los individuos alcanzó el punto de mostrarse desprovistos de todo sentido moral, con una mentalidad apenas suficiente para guiarlos en las necesidades materiales de su miserable existencia, más o menos igual a la de los animales.

Podemos entonces preguntarnos: ¿En cuál grado de la elevación psíquica el espíritu de un individuo se convierte en lo bastante evolucionado como para resistir a la crisis de la separación del organismo corporal sin disolverse en sus elementos constitutivos? ¿Hemos de considerar que nuestros primeros ancestros, tan poco evolucionados por encima de los monos antropoides, y ciertos salvajes de nuestros tiempos, de los cuales podemos decir otro tanto, son lo bastante evolucionados espiritualmente como para merecer el don de la inmortalidad, mientras que un generoso representante de la raza animal, que pierde su vida intentando salvar a una criatura que se ahoga, o el que muere de dolor sobre la tumba de su dueño, deberá morir para siempre, sin haber sobrepasado esa pretendida barrera de los inmortales? Una diferencia de grado en la evolución espiritual de los seres no implica en modo alguno una diferencia cualitativa, sino únicamente en cantidad; ésta no puede representar sino la expresión exterior de un espíritu que está allí encarnado en potencia y que no puede ser más que idéntico, en esencia, al espíritu que se manifiesta en las más inferiores razas humanas, pasadas y contemporáneas, al igual que en las más civilizadas razas actuales. En otros términos, la vida, en todas sus formas y en todos sus casos, es la expresión, en un medio terrestre, de un espíritu que se ha encarnado en una cierta síntesis de materia organizada e indica el grado de evolución al cual ha llegado ese espíritu; y esto es todo, pues el espíritu por sí mismo, solo puede ser absolutamente idéntico a los demás espíritus que animan el grado de progreso alcanzado. Si yo tuviese que recurrir a un ejemplo para esclarecer esta idea, hablaría de una llama colocada dentro de un jarro de cristal, cuya claridad brillase sin obstáculo, mientras que otra, colocada en un jarro de porcelana, solo arrojase luz atenuada, y una tercera, colocada en un jarro de cerámica, no desprendiese ninguna luz, salvo por los intersticios que podría haber en los lados – intersticios que, en los animales, corresponderían a los respiraderos por los cuales emergen las facultades del instinto y algunas veces por las fisuras que podrían producirse en el jarro – éstas explicarían la emersión de las facultades supra normales subconscientes. Se puede entonces concluir que son del mismo modo los destinos del espíritu en sus innumerables fases de encarnación, durante las cuales lo que cambia son los envoltorios que éste reviste y no el espíritu, que permanece en potencia inalterado e inalterable.

Naturalmente, para reconocer esta verdad fundamental de la evolución de la vida en los mundos, es preciso desligar nuestro espíritu de las doctrinas pueriles absorbidas durante la adolescencia, según las cuales el alma es creada de la nada, en el momento del nacimiento. Y una vez estemos libres de esa creencia absurda, solo resta adherirnos a la única doctrina capaz de explicar la evolución espiritual de la vida: la de la reencarnación progresiva de todos los seres vivos, que ha venido siendo intuitivamente conocida por las razas más diversas desde la más remota Antigüedad. ¿Habrá algo de anticientífico en suponer que la evolución biológica de la especie, ilustrada por la ciencia, sea regulada por una evolución correspondiente y paralela del espíritu, que se individualizaría gradual y lentamente, adquiriendo una conciencia propia, siempre más fuerte, gracias a la acumulación de una serie de experiencias adquiridas durante el tránsito a través de una multitud de existencias vegetales, animales y humanas? Como quiera que fuese, no es menos verdad que la teoría de la supervivencia de la psiquis animal – supervivencia que, como se ha podido ver, resulta incontestable de los hechos observados – dejaría de tener una base racional si no fuese completada por la hipótesis reencarnacionista, porque no se podría admitir una condición de existencia espiritual de los animales en la cual un cuadrúpedo, un reptil, un pájaro, etc., debiesen permanecer como tales eternamente. Se sigue de ahí que las formas animales de la existencia terrena, del mismo modo que las graduaciones de las razas humanas, no pueden ser sino consideradas como formas transitorias por las cuales todos los seres vivos debiesen pasar, sin lo cual la vida del universo no se explicaría y sería sin finalidad, como tampoco existiría, por cierto, justicia alguna en el mundo. Insisto en este punto: que la escala infinita de los seres vivos solo puede ser la expresión de las manifestaciones del alma en sus etapas progresivas de elevación espiritual. Lo que se ha convertido en actual en el hombre, gracias a una larga evolución, se queda en potencial en los seres inferiores.

La involución precede a la evolución. No es, por lo tanto, la materia lo que hace evolucionar el espíritu, es el espíritu el que, para evolucionar solo, necesita de todas las fases de experiencia que podrá obtener en la Tierra, y, por consiguiente, tiene necesidad de revestirse de todas las formas sucesivamente más refinadas que le puede ofrecer la materia organizada. Las leyes biológicas de la ‘selección natural’ de la ‘supervivencia del más capaz’, de la influencia del medio, no son sino los accesorios más indispensables para esa evolución, pero la verdadera causa de la evolución de los organismos vivos es interior y se llama espíritu. Una de las mejores definiciones comprensibles sobre la naturaleza íntima de los procesos evolutivos en las individualidades vivas fue dictada mediúmnicamente a Lady Cathness, quien la transcribe en su libro Old Truth in New Ligth (Antigua Verdad con Nueva Luz). Aunque esa dama fuese inglesa, esta definición le fue dada en francés. La reproduzco tal como es:

El gas se mineraliza.
El mineral se vegetaliza.
El vegetal se humaniza.
El hombre se diviniza.

Si fuesen acogidas las conclusiones que anteceden, en favor de la existencia y de la supervivencia de la psiquis animal y de su paso ascensional a través de la escala de los seres por medio de las reencarnaciones sucesivas hasta el punto de humanizarse, una nueva luz esclarecería así el eterno problema que todas las filosofías y todas las religiones se han propuesto resolver: el de la finalidad de la vida en el universo. ¡Infeliz el pueblo que pierda toda la fe en los altos destinos del ser! Todos, aquí en Italia, nos acordamos de las palabras desoladas pronunciadas en su lecho de muerte, por el eminente filósofo Roberto Ardigò, que había intentado por dos veces suicidarse: ¡Dejadme entonces morir! ¿Para qué sirve la vida? Palabras que repercuten como una condenación terrible, contra las teorías positivistas materialistas profesadas de buena fe por ese ilustre pensador. Somos conducidos a exclamar: ¡He aquí, por lo menos, un filósofo que se muestra de acuerdo con sus propias convicciones! Su desoladora concepción materialista de la vida lo había llevado racionalmente, inevitablemente, a concluir que la vida no tenía finalidad alguna, porque, si todo termina con la muerte del cuerpo ¿para qué haber vivido, haber contemplado por un instante la grandeza del universo, haber estudiado durante toda su vida, haber del mismo modo sufrido, moral y físicamente? ¿Tal vez para el bien de las futuras generaciones? Pero si éstas, a su vez, deberán desaparecer sin dejar rastro, si en un cierto número de siglos, por fuerza del enfriamiento progresivo de la Tierra, nuestro mundo habrá de morir él también, con todos los seres a los cuales da vida – y si es esta la suerte extrema de todos los mundos esparcidos por el universo ¿para qué sirve entonces la elevación progresiva de la humanidad? ¿Para qué sirven los mundos? ¿Para qué sirve el universo?

Y, sobre todo, ¿cuál es la finalidad de tantos dolores materiales y morales, sufridos por los seres a los cuales ha sido concedido, sin haberlo solicitado, el don nefasto de la vida? ¡Qué inmensa decepción para un alma elevada tal como la de Roberto Ardigò! Él no podía dejar de contemplar, asombrado, el abismo de la vanidad infinita del todo, él no podía impedir el sublevarse en presencia de esa trágica ironía de la suerte: Consideraba entonces mejor desafiar fuertemente el destino de la única manera permitida a un ser vivo: liberarse, por el suicidio, del suplicio moral de contemplar, impotente, la tragedia del ser. Roberto Ardigò fue consecuente consigo mismo y los filósofos, que comparten sus convicciones materialistas y que pese a ello no acaban como él por el suicidio, son desgraciadamente inconsecuentes, lo cual debe atribuirse al hecho de que, en los repliegues de sus subconsciencias, existe una chispa divina que sabe ser inmortal y que logra transmitir a sus subconsciencias una vaga intuición de la verdad. Entonces, sin darse cuenta de ello, piensan de una manera y proceden de otra.

Ya es tiempo de dispersar, en los medios filosóficos y científicos, los asfixiantes vapores del positivismo materialista, proclamando al mundo la feliz nueva de que, en el alto más soleado del majestuoso árbol del saber humano, ha brotado otra rama lujuriante y fecunda de frutos regeneradores, rama que se llama ciencia del alma; gracias a la cual se demuestra la vanidad, la incoherencia; el error de la concepción materialista del universo. Ella, esta ciencia del alma, demuestra además que la germinación de la vida en los mundos tiene por finalidad la evolución del espíritu, que, habiéndose encarnado, en potencia, en la materia, debe elevarse al estado de una perfecta individualidad consciente, moral, angélica, gracias a innumerables experiencias que se alternan con ciclos de existencia espiritual, siempre más sublime, hasta alcanzar las supremas cimas de identificación con Dios, el fin supremo del ser. Esto no significa, en modo alguno, la aniquilación del yo, sino su integración con lo divino, sin nada perder de su propia individualidad, tal como las células del organismo humano concurren para crearlo, sin nada perder de la individualidad que les es propia. En otros términos: al microcosmos hombre, suprema síntesis polizoica y polipsíquica en el dominio de lo relativo, corresponde el microcosmos de Dios, síntesis transcendental polipsíquica y una, eterna, incorruptible, infinita en el dominio de lo absoluto.

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He aquí como el alma, la evolución, los destinos del ser, son definidos en las famosas sentencias filosóficas obtenidas mediúmnicamente por Eugène Nus: Alma: porción de sustancia que Dios sustrae de la fuerza universal para cada individualidad, centro de actividad, asimilado incandescente que adquiere, uno a uno, todos los atributos del Creador. Evolución: las moléculas simples, por atracción directa, se agregan y se combinan para formar organismos diferentes, mínimos en los minerales, ya sensibles en los vegetales e instintivos en los animales. Progresar, para el ser consciente, significa modificarse, empleando racionalmente los elementos interiores y exteriores de que dispone. Para los grados sucesivos, el ser consciente cumple su destino, recorriendo moralmente la larga peregrinación de la vida. Vida libremente manifestada, pero subordinada a leyes necesariamente determinadas por el orden del universo. El fin supremo de los destinos individuales es el de concurrir para formar el ser colectivo de que somos moléculas inteligentes, de la misma manera que el fin inconsciente, o destino de las moléculas, de las fuerzas puramente instintivas, o incluso menos que instintivas, que concurren para formar nuestros organismos, es el de crear el ser individual. Para el todo como para las partes, la vida es un recomenzar perpetuo y no es semejante a sí misma en cada momento de su paso en el tiempo.

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Percibo, sin embargo, que las especulaciones filosóficas respecto del gran problema del ser me han hecho perder de vista la tesis bastante más modesta que constituye el objeto de esta obra. Ella consiste en un primer ensayo para demostrar, por un método científico, la supervivencia de la psiquis animal. Es preciso que volvamos a nuestro asunto y concluir, poniendo de relieve que la existencia de facultades supra normales en la subconsciencia animal – existencia suficientemente comprobada por los casos que hemos expuesto – constituye una buena prueba en favor de la psiquis animal. Para el hombre, hay que inferir que las facultades en cuestión representan, en su subconsciencia, los sentidos espirituales preformados, esperando a ejercerse en un medio espiritual (tal como las facultades de los sentidos estaban preformadas en el embrión, esperando ejercerse en el medio terrestre). Si así es, como las mismas facultades se encuentran en la subconsciencia animal, habrá que inferir de ahí, lógicamente, que los animales poseen, a su vez, un espíritu que sobrevive a la muerte del cuerpo.

Además, esta tan interesante demostración ha sido seguida de otra complementaria y no menos establecida: la que ha sido extraída de los casos de aparición, después de la muerte, de fantasmas animales identificados; de ahí la conclusión legítima de que todo contribuye para demostrar la realidad de la existencia y supervivencia de la psiquis animal, si bien que, según los métodos de pesquisa científica, antes de pronunciarse definitivamente respecto de esto, es preciso esperar una acumulación de hechos, a fin de tener los medios de examinar su génesis a una vasta escala, analizando, comparando, clasificando, aún largamente, mientras no quede alejada cualquier perplejidad legítima en este tema de tan gran importancia psicológica, filosófica, moral. Así, lo que por el momento no es sino apenas una hipótesis de trabajo, lo suficientemente apoyada en hechos como para ser tomada en consideración, podrá transformarse en verdad demostrada. Las actuales pesquisas sobre el tema no dejan duda alguna en cuanto al hecho de que el veredicto de la futura ciencia deberá pronunciarse en este sentido.

Ernesto Bozzano

Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"

FIN