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(Visual-auditivo-colectivo) Se trata de un caso publicado también en Light de Londres (1911, p. 101). El Rev. Charles L. Tweedale, del cual ya hemos tenido ocasión de reproducir una narración, comunicó este otro suceso que, como el primero, tuvo lugar en su casa, donde se desarrollaron impresionantes manifestaciones supra normales durante más de un año. Escribe:
En estos últimos cinco meses hemos asistido a las más extraordinarias manifestaciones espontáneas que sobrepasan con mucho las manifestaciones históricas ocurridas en el presbiterio del Rev. Charles. Todos nosotros hemos oído últimamente una "voz directa" que nos llamaba por nuestros nombres, en pleno día, y hemos asistido a las apariciones repetidas de un fantasma femenino de alto porte, vestido de blanco, que todos los miembros de la familia han podido ver, excepto yo, que no obstante, he podido oír su voz, que sonaba maravillosamente distinta como si proviniese del aire, en presencia de toda la familia.
La aparición fue vista varias veces, colectivamente, por diversas personas, casi siempre con buena claridad y algunas veces a plena luz del día. Por dos veces el fantasma dialogó con los presentes. Hace unos quince días, esas maravillosas manifestaciones alcanzaron su apogeo con la aparición, en pleno día, de un fantasma vestido de blanco acompañado de un perro. Un atardecer, fueron vistos juntos dos veces y por diferentes personas sucesivamente, y siempre en el mismo atardecer, el perro fue visto tres veces solo y una vez cuatro personas lo vieron colectivamente, entre ellas una criaturita de dos años que corrió gritando ¡Buh, buh! tras el perro-fantasma, hasta debajo de la cama donde éste desapareció. Repito que todo esto sucedió en plena claridad del día. Después, el tal perro fue visto otras varias veces hasta estos últimos días.
Todos cuantos lo han visto están de acuerdo en describir un perro foxterrier alto, blanco, con una gran mancha negra irregular en el dorso, orejas rectas y cortas, cola entera. Se observó, además, que él parecía sacudido por un fuerte temblor en todo el cuerpo, y que su pelaje era más corto y más brillante que de costumbre. Ahora bien, esta descripción corresponde exactamente a la de un perro que me pertenecía, y que ha muerto hace casi doce años, más o menos. Casi me había olvidado de su existencia.
Ninguna de las personas que lo describieron lo había conocido cuando era vivo y ni siquiera habían sabido de su existencia. Mi tía (ya que es su fantasma el que se manifiesta), ha muerto hace seis años y tenía mucha amistad al perro que la acompaña. Es de observar que, como he dicho hace poco, mi perro se caracterizaba por una exuberancia de vitalidad que se manifestaba por un violento temblor que sacudía todo su cuerpo cada vez que se despertaba su atención. Además, tenía una gran mancha irregular en el dorso, precisamente en el lado derecho de la espina dorsal.
No olvidemos que todos estos detalles verídicos eran absolutamente ignorados por todos lo que lo vieron y describieron el fantasma del perro. Recuerdo también que, antes de su manifestación, se oyeron ladridos y gruñidos característicos que se producían en el mismo momento en que el fantasma femenino se aparecía, pero, como ninguno de nosotros había visto aún animales fantasmas, esas manifestaciones auditivas fueron para nosotros inexplicables, hasta el día en que la aparición del perro vino a esclarecer el misterio.
El significado teórico de este memorable acontecimiento se muestra de un modo bien claro, es decir, que tiende a probar lo que lógicamente se debería presumir: que el espíritu de un perro, así como el de su dueña, pueden sobrevivir a la muerte del cuerpo. En este ejemplo es preciso, sobre todo, recordar la siguiente circunstancia: que el fantasma canino fue visto varias veces, ya colectiva, ya sucesivamente, a plena luz del día; que cierta vez fue visto por un bebé de dos años que corrió tras él hasta debajo de la cama, gritando, con la inocencia de su edad, ¡Buh, buh!; que fue descrito, tal como era, por personas que no lo habían conocido cuando estaba vivo, y, finalmente, que, antes de la manifestación del fantasma canino, se oyeron ladridos y gruñidos característicos del animal, circunstancias todas que contribuyen a excluir, absolutamente, la hipótesis alucinatoria pura y simple y que sirven, por el contrario, para demostrar la naturaleza supra normal y extrínseca de la aparición.
De ello se extrae que las conclusiones del Rev.Tweedale parecen sobresalir incontestablemente de los sucesos, tanto más que la aparición del fantasma canino no puede ser encarada separadamente de la aparición del fantasma femenino que lo acompañaba durante el período memorable de manifestaciones espontáneas descritas en un largo informe del Rev. Tweedale. Es, pues, racional pensar que, si la identificación del fantasma femenino con la fallecida tía del clérigo citado debe ser considerada como una buena prueba a favor de la supervivencia del espíritu de ésta, no se puede concluir de otro modo para el fantasma canino, que a su vez fue identificado.
Durante el verano de 1861, me hallaba en Rothsay con mi familia. Mi cuñado George Anderson, de Glasgow, me había enviado de regalo un bello perro de raza collie. Era un animal muy vivo y, desgraciadamente, también muy indisciplinado. Yo no tenía mucha paciencia para educarlo y Rover muchas veces se metía y a todos nosotros en líos debido a sus modales. Teníamos por aquel entonces el hábito de ir a pescar al atardecer a la bahía de Glenburn. El perro nos acompañaba y, cuando entrábamos en el pequeño barco, él esperaba nuestro regreso, errando libremente por la playa. Todo fue bien durante cerca de un mes, pero un día el jefe de policía mandó a buscarme no oficialmente para decirme que un perro idéntico al mío había asustado a un caballo atraillado a un carruaje y que éste había volcado con la dama que en él se hallaba. A consecuencia de esto, el jefe de policía me persuadió a deshacerme inmediatamente del animal, si no deseaba incurrir en otras penalidades.
No habiendo medio alguno de sustraerme a esa intimación, envié el perro a un funcionario de la policía con la orden expresa de llevarlo a la bahía y allí ahogar al pobre animal. Me puse bastante triste con la suerte impuesta a nuestro Rover y mis hijos se quedaron desolados, porque el animal se había ligado a ellos de manera especial, pero había que obedecer la ley. Continuamos yendo a pescar todos los atardeceres. Al tercer día de la muerte de Rover, cuando estábamos de vuelta, a poca distancia del portalón de entrada a nuestra casa, todos nosotros exclamamos al mismo tiempo: ¡Mirad, allí está Rover! ¡Sí, él estaba allí, en efecto, esperándonos en el solar de la casa! Evidentemente el hombre encargado de eliminar al animal no lo había hecho. Fue lo que pensé enseguida, y era natural que así pensase, puesto que Rover estaba ante nosotros, cerca del comedero, balanceando la cola y mirándonos con aire alegre.
Abrimos el portalón y nos dirigimos hacia él, pero repentinamente, vimos que desaparecía. No podía haber duda en el hecho seguro de que lo habíamos visto, efectivamente, nosotros los tres. Mi esposa insiste en afirmar que el perro parecía fosforescente, pero para mí y para nuestra hija, era nuestro Rover, ni más ni menos. Aun a riesgo de pasar por crédulos, persistimos en estar convencidos de haber visto, simultáneamente, el fantasma objetivo de nuestro perro Rover, pues parecía hasta tal punto natural que yo no podía suponer sino que el funcionario, al que lo había enviado, no lo había matado. No tengo una explicación que hacer valer de modo especial. Observo únicamente que el hecho, para tres personas, de ver colectivamente un perro que había sido ahogado tres días antes, constituye una prueba de su supervivencia más convincente que tantas otras que nosotros, los espíritas, aceptamos como suficientes en el transcurso de nuestras sesiones.
Como se puede ver, las conclusiones de los perceptores que han narrado estos sucesos son todas acordes en afirmar su certidumbre inquebrantable de haberse hallado ante fantasmas objetivos de animales. No se puede decir que estén equivocados, incluso desde un punto de vista rigurosamente científico, sobre todo en lo que atañe a los cuatro últimos casos, que son de naturaleza colectiva, y dos de entre ellos también de naturaleza sucesiva, es decir, que los fantasmas animales fueron percibidos por personas diversas y alejadas unas de otras, circunstancias todas que sirven para eliminar, de modo absoluto, la explicación alucinatoria de los hechos, la única hipótesis que se puede científicamente oponer a la trascendental telepático-espírita.
Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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