Browse this website in:
Google
Web
Buscar en Luz Espiritual

La weblog Espirita de Mari

 

Radio Colombia Espirita

Hora local

Barcelona-España

La televisión espirita

 

Casos CXX y CXXI PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Miércoles, 14 de Abril de 2010 15:39

(Visual-auditivo-colectivo) – El conde de Tromelin, persona conocida en los medios de las pesquisas metapsíquicas, autor de dos obras sobre estas cuestiones, comunicó a la Revue Spirite (1913, p.40) los dos siguientes casos que le conciernen:

Hasta el mes de marzo de este año de 1913 yo poseía una bella perrita llamada Flore, de la cual nació un cachorro de nombre Radium, parecido a la madre, si bien ésta tenía, además, una estrella blanca en la frente. Excepto esto, el pelaje de ambos era completamente amarillo. El 25 de marzo un automóvil pasó por encima del cuerpo de Flore, que me fue traída, agonizante, a la villa, pero pese a nuestros desvelos y cuidados el pobre animal no tardó en morir, con gran pesar nuestro. Su hijo Radium se quedó solo en la villa. He aquí el curioso incidente que tuve ocasión de presenciar el otro día. Hay, frente a mi pequeña mansión, una gran terraza en medio de la cual se halla una mesa de mármol y a la derecha, en la entrada, la guarida de Radium. El día tres de abril, a las 11 de la mañana, estaba sentado a esa mesa, conversando con la señora Meille.

Me hallaba colocado de forma que tenía ante mí la guarida de Radium, cuyas patas amarillas salían por la abertura, y la señora Meille, de espaldas vueltas a la misma, mirando hacia el lado izquierdo de la terraza. Conversamos durante cinco minutos sobre indiferentes cosas cuando vi a la señora Meille darse la vuelta un instante para mirar la guarida de Radium y, enseguida, exclamar: ¡Qué cosa extraordinaria! Es ciertamente Flore, ya que Radium está en su guarida. Le pedí una explicación para estas palabras, observando: Sí, Radium está en su guarida, pero ¿dónde ves tú a Flore? La señora Meille extendió un brazo, indicando el lugar, y precisando lo sucedido con estas palabras que escribí: Mientras conversábamos, observaba un perro acostado en el lado izquierdo de la terraza. Allí (y lo indicó con el dedo); yo suponía ser Radium, no imaginando ciertamente tener ante mí a la pobre Flore, que sabía estar muerta.

Sin embargo, Radium era de tal modo parecido a Flore que pensé: Si yo no supiese que Flore murió, juraría que el perro que me mira es realmente Flore. En efecto, la ilusión era completa porque el animal me miraba con la expresión tan buena, dulce, melancólica, de Flore, y tenía en la testuz su estrella blanca, pero yo estaba muy lejos de pensar seriamente en Flore resucitada, pues consideraba que la estrella blanca que veía era un efecto de la luz. Yo me preguntaba, aparte de esto, cómo Radium, que tenía la costumbre de acostarse siempre al sol, estaba, esa vez, tendido a la sombra. He aquí, sin embargo, que, mientras reflexionaba así, oí detrás de mí el ruido característico de un perro que se cobija en su guarida. Fue entonces cuando me volví un instante para mirar, y al volver inmediatamente la mirada hacia el otro perro que estaba delante de mí hace cinco minutos, éste había desaparecido en el breve intervalo de tiempo en que me di la vuelta; de ahí mi exclamación de asombro. Tuve la prueba de que ese perro, que me miraba tendido a la sombra ante mí, y que se asemejaba mucho a Flore, era realmente Flore resucitada, que nos fue devuelta por un instante.

Tal fue la narración de la señora Meille y es bastante probable que si me hubiese dado la vuelta en el momento en que Flore era visible para ella, yo la hubiese percibido también. En todo caso, me parece que las circunstancias del suceso son igualmente como para considerar auténtica y cierta la aparición de Flore. Este suceso no es aislado. Yo tenía otra perra foxterrier, llamada Flore como la precedente, muerta envenenada, después de largos sufrimientos, por un mal vecino. Aquellos que me conocen saben que cuando me acuesto por la noche tengo visiones y percibo fantasmas de toda clase, que desfilan ante mí. Esto ocurre cuando estoy completamente despierto y en posesión de mi consciencia normal. Pues bien, la mañana de la muerte de la otra Flore, ésta se me apareció súbitamente: era indudablemente ella, aunque en esa primera visión se esforzó en vano por levantarse sobre las patas. Por la mañana, con otras visiones, Flore se me apareció por segunda vez y lograba mantenerse sobre las patas para desaparecer seguidamente. Al tercer día, la misma aparición se repitió. Esta vez, alegre y sana. Dio algunos saltos de alegría y desapareció. Después no volví a verla, pero después de algún tiempo, cierta noche, ella se manifestó muy ruidosamente, haciéndose oír en una diversión toda especial que le gustaba mucho siendo entonces muy indicada para hacerse reconocer.

El rasgo característico más relevante de Flore era su pasión por jugar con los guijarros que le lanzábamos y que ella nos devolvía, para a continuación hacerlos rodar ruidosamente por la terraza y otros lugares. Pues bien, fue el ruido producido por ese juego con las piedras, rodando en el pavimento de la terraza, lo que percibimos nítidamente cierta vez, hasta el punto de que seríamos capaces de jurar que Flore estaba allí divirtiéndose en rodar los guijarros, si no supiésemos que la perrita ha muerto hace seis meses. Saco de esto la conclusión de que, probablemente, los animales domésticos que amamos sobreviven a la muerte del cuerpo y que volveremos a verlos un día en el mundo espiritual, en el cual creo firmemente. Tales son las conclusiones del conde de Tromelin.

En el segundo de los episodios citados, las visiones subjetivas del narrador no revisten por sí mismas ningún valor probatorio, porque recuerdan muy cercanamente a la bien conocida clase de las alucinaciones hipnagógicas e hipnopómpicas, pero es enteramente diferente lo que ocurre con el otro fenómeno auditivo subjetivo, el ruido característico que imitaba las piedras rodando en la terraza, que era el juego favorito de la perrita muerta. Esa manifestación supra normal corresponde a otros fenómenos análogos de origen humana, en los casos de telepatía entre vivos o entre vivos y muertos. Cuando esas manifestaciones se producen entre vivos y muertos, constituyen una buena prueba en favor de la identificación personal del muerto a quien caracterizan, y esto en virtud de la contraprueba de que, cuando esos mismos fenómenos de audición telepática se producen entre vivos, se comprueba que son verídicos en el sentido de que corresponden a una acción real o a una ideación auténtica del agente.

Si es así para las manifestaciones humanas, no se podría repeler la misma conclusión para las manifestaciones animales, cuando éstas se hallan en perfecta relación con las idiosincrasias que caracterizan al animal vivo. Sin duda, desde el punto de vista rigurosamente científico, una prueba aislada de esta naturaleza no podría bastar para legitimar una conclusión definitiva favorable a la identificación personal del muerto, no obstante se considera una buena prueba auxiliar convergente para esta demostración. Esto ya representaría una concesión de valor en nuestro punto de vista de la identificación animal.

Ernesto Bozzano

Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"