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Caso XCIV PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Viernes, 26 de Marzo de 2010 16:30

(Visual-colectivo, con precedencia de los animales sobre el hombre) – Lo destaco de un artículo ya citado por la señora Elizabeth d’Espérance, publicado en un número de octubre de 1904 de Light. Considerando que el hecho examinado es contado por una dama estimada, universalmente conocida en el dominio de los estudios psíquicos y que fue ella misma la protagonista del acontecimiento, lo cual hace que sea una garantía de lo que ella misma afirma, me parece que esta narración merece seria consideración.

He aquí los pasajes que reproducimos estrictamente: La localidad donde se produjeron los hechos no está alejada de mi casa y yo misma he sido testigo ocular de ellos. Después de la publicación de mi caso, tuve ocasión de asistir a un hecho semejante. He aquí brevemente su historia:

En 1896 me establecí definitivamente en mi residencia actual. Conocía muy bien el lugar, que ya había visitado varias veces, y estaba incluso informada de que tenía la fama de ser encantado, no obstante yo no sabía gran cosa respecto de esto, primero porque no conocía a casi nadie en los alrededores, después porque allí no se conocía mi idioma y yo ignoraba el del país. Por ello es fácil concebir que las comunicaciones entre nosotros debían necesariamente quedar limitadas, por lo menos durante cierto tiempo.

Lo que vi o creí ver no debe entonces ser atribuido al efecto de rumores que yo no podía conocer. En mis paseos cotidianos, yo tenía el hábito de ir a un bosquecillo que me gustaba mucho por la sombra fresca que allí se disfrutaba en verano y porque también se estaba libre de los vientos durante el invierno. Una vía pública lo atravesaba de un lado a otro. Pues bien, yo había observado frecuentemente que los caballos allí eran presa del miedo y tal cosa siempre me había intrigado, no sabiendo a qué atribuir el hecho. En otras ocasiones, cuando yo llegaba a ese lugar con mi par de perros, éstos se negaban decididamente a entrar en el bosque, se arrojaban por tierra, metían los hocicos entre las patas y se hacían sordos a la persuasión, así como a las amenazas.

Si yo me dirigiese a cualquier otra dirección, ellos me seguían alegremente, pero si insistiese en querer volver al bosque, me abandonaban y se dirigían a casa, tomados de una especie de pánico. Reproduciéndose ese hecho varias veces, me decidí a hablar sobre ello a una amiga, que era propietaria de ese lugar. Supe entonces que incidentes iguales se habían producido muchas veces en ese lugar desde tiempos bastante antiguos, no constantemente, pero sí a intervalos de tiempo, con caballos o perros, indistintamente. Me contó también que esa parte de la ruta que atravesaba el bosque era mirada por los labradores del lugar como un terreno encantado debido a un terrible crimen cometido a principios del siglo pasado. Un cortejo matrimonial había sido atacado por un enamorado a quien la esposa había repelido y ésta fue asesinada al mismo tiempo que su marido y su padre.

El culpable huyó, pero fue alcanzado, a dos o tres campos de distancia, por el hermano de la esposa, que lo mató. Esta historia, muy conocida, es auténtica. Cerca del pequeño bosque (pero no donde los caballos se espantaban) hay tres cruces de piedra que marcan el lugar donde se cometieron los tres asesinatos y otra cruz, colocada a tres campos de distancia, señala el punto en que el culpable cayó a su vez. Todo esto sucedió hace un siglo, pero la presencia de las cruces ha servido para conservar en la región el recuerdo del drama, lo cual explicaría, por tanto, la actitud de los caballos y de los perros.

Un día de otoño de 1896, yo había salido con una amiga para dar un paseo… Llegamos al bosquecillo en el cual entramos por el lado oeste, siguiendo tranquilamente nuestro camino… Fui la primera en darme la vuelta y percibí una ternera de tono rojo oscuro. Sorprendida por la aparición inesperada de ese animal a mi lado, solté una exclamación de espanto y ella se guareció enseguida en el bosque, al otro lado del camino. En el momento en que penetraba en la arboleda un extraño fulgor rojizo se desprendió de sus grandes ojos y se diría que proyectaban llamas. Era la hora de la puesta del sol, lo que me hizo pensar que los rayos del sol, que caían en línea horizontal, sobre los ojos del bicho, bastasen para explicar el hecho, ojos esos que brillaban casi como las escuadrías de una ventana al ser batidas directamente por los rayos del sol. Cuando estábamos cerca de nuestra casa, mi amiga verificó que había perdido el puño de plata de su sombrilla y se dirigió a uno de los jardineros a fin de pedirle que mandase a uno de los hombres a buscar el objeto perdido y le dio todas las explicaciones necesarias al indicarle exactamente el camino que habíamos recorrido.

El jardinero le dijo que antes del anochecer él mismo iría allá y le explicó que los campesinos de la región experimentaban gran mal estar al penetrar en el bosque, sobre todo por la tarde. ¿Y por qué? – preguntó mi amiga. El jardinero contó entonces que la superstición de esos campesinos ignorantes, ya tan intolerablemente estúpidos e irritantes, había aún empeorado últimamente a consecuencia del rumor de que la ternera de ojos relucientes había sido vista en el bosque, lo que hizo que nadie se aventurase a ir allí… Mi amiga y yo intercambiamos una mirada, sin contradecir al docto jardinero que fue a buscar el objeto perdido mientras volvíamos para casa. Desde entonces algunas veces más, con largos intervalos, se esparcía el rumor de que la ternera de ojos relucientes había sido vista por alguien y el bosque era cada vez más evitado por los campesinos, si bien después de esa época, muy pocos días pasaban sin que yo lo atravesase a pie o a caballo (salvo ciertos períodos durante los cuales debía ausentarme de la casa), casi siempre con mi par de perros; y nunca más, hasta hace algunas semanas, me sucedió encontrarme nuevamente con el animal misterioso.

Era una jornada sofocante y yo me había dirigido al bosque en busca de abrigo contra el sol y la reverberación cegadora del camino. Estaba acompañada de dos collies (perros pastores) y un pequeño terrier. Llegando al límite del bosque, los dos perros se agacharon súbitamente bajo el sol y rehusaron proseguir el camino, al mismo tiempo que ejercían toda su arte de persuasión canina para que yo me dirigiese hacia el otro lado. Viendo que yo persistía en querer proseguir, acabaron por acompañarme, pero con visible repugnancia. No obstante, algunos instantes más tarde, parecieron olvidarse y recomenzaron a correr de acá para allá, mientras yo continuaba tranquilamente mi camino, recogiendo moras. En cierto momento, los vi llegar a la carrera para ir a tumbarse, temblando y gimiendo, a mis pies. Simultáneamente el pequeño terrier saltaba sobre mis rodillas. Yo no conseguía dar explicación a lo que ocurría, cuando, de repente, oí detrás de mí unas zancadas furiosas que se acercaban rápidamente. Antes de que yo tuviese tiempo de alejarme, vi correr, en dirección a mí, un bando de gamos llenos de pavor que, en su desenfrenada galopada hacían tan poco caso de mí y de los perros que casi me tiran por tierra. Miré alrededor, espantada, a fin de descubrir la causa de tal pánico y percibí una ternera de color rojo cargado, que, volviendo sobre sus pasos, se encaminó hacia las partes podadas, mientras los gamos se habían marchado por otra dirección del bosque.

Mis perros, que en otras circunstancias ordinarias les hubieran dado caza, se mantenían agachados y trémulos a mis pies, mientras que el perro terrier no quiso bajar de mis rodillas durante varios días; este perrito ya no quiso volver a atravesar el bosque y los collies no se negaban a ello, pero entraban allí en contra de su voluntad, mostrando visiblemente su desconfianza y su temor. El resultado de nuestras indagaciones no hizo sino confirmar aún más nuestras impresiones, es decir, que la ternera de color rojo oscuro o, como se dice en la región, la ternera de ojos relucientes, no era un animal común, vivo y terrestre… Pero qué relación podía existir entre el hecho en cuestión y la tragedia que se había desarrollado en el bosque es un problema para el cual no hallé respuesta alguna. No dudo, por lo tanto, de que las facultades de intuición y clarividencia propias de los animales debían haberles hecho conocer la existencia de algo anormal o supra normal en el bosque, y que la repugnancia por los fenómenos de esta naturaleza – que en el hombre se llama superstición – era la causa verdadera de su extraña actitud. Si yo hubiese sido la única persona en ver al misterioso animal es más que probable que no hubiera hablado de él, pero fue de otra manera, es decir, él fue visto varias veces, en circunstancias diferentes, por numerosas personas de la región.

Tal es el muy notable caso narrado por la señora d’Espérance que hace justamente observar que, en esa circunstancia, no podía tratarse de un animal vivo. Observo, a mi vez, que esta última hipótesis no resiste el más superficial análisis de los hechos. Esto parecerá evidente si se considera que una ternera en carne y hueso no podía haber existido y aparecer en una localidad durante un siglo entero. Además, los caballos, los perros y los gamos no están habituados a espantarse frente a una ternera inofensiva; en último lugar, que con esta suposición no se explicaría el terror y el pánico a que estaban sujetos tantas veces los caballos y los perros, cuando en apariencia no existía nada de anormal para el hombre.

Ernesto Bozzano

Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"