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(Visual, con impresiones colectivas) La señora J. Toye Warner Staples envió a Light (1921, p. 553) la narración aquí reproducida, referente a un caso que le es personal:
Temo verdaderamente que mi contribución a la investigación sobre la supervivencia de la psiquis animal no sea de naturaleza a satisfacer las pruebas exigidas por la Society for Psychical Research; no obstante, el suceso que voy a exponerles es escrupulosamente auténtico y digno de confianza, cualquiera que sea su explicación. Mi infancia transcurrió en la parte occidental de Irlanda y, desde la edad de cuatro años hasta los seis, viví en una casa muy grande y vieja situada a orillas del Shannon. Mi familia, siendo inglesa, no daba atención a las narraciones de la gente del lugar, que afirmaba que nuestra vivienda podría estar encantada.
Pues bien, allí fue donde tuve la primera experiencia de lo que se puede llamar perro fantasma. En horas de la tarde, durante el verano, a plena luz del día, algunas veces durante varios días consecutivos y otras veces con intervalo de varios meses, yo era amedrentada por la aparición, muy nítida y natural, de un perrito blanco, de raza Pomerania, que se manifestaba a mí en la cabecera de mi cama. Él me miraba con la boca abierta y la lengua fuera cuando jadeaba, y se comportaba como si me viese, tomando la actitud que adoptaría si hubiese querido saltar para encima de mi cama.
Entonces yo me espantaba terriblemente, aun teniendo la intuición de que no se trataba absolutamente de un perro en carne y hueso. A veces, cuando el perro se mostraba cerca de la ventana, yo percibía los muebles del cuarto a través de su cuerpo blanco y me ponía a gritar, llamando a mi madre y exclamando: ¡Llévatelo! ¡Haz que se esfume! Tan pronto como mamá entraba en el cuarto, él la seguía y, cuando ella salía, él salía con ella. Entonces me llevaban para abajo y a fuerza de cariño, me hacían olvidar el miedo que había experimentado. Lo más curioso es que, mientras yo era la única que percibía ese fantasma canino, otras cuatro personas lo sentían.
A la plena luz de las mañanas de verano, dos miembros de mi familia - dos mujeres - y una señora y un señor que habían habitado la casa antes que nosotros, percibieron muchas veces algo constituido por un cuerpo sólido, con las dimensiones y el peso de un perrito, que parecía saltar para las camas, por el lado de los pies, para pasar enseguida lentamente sobre sus cuerpos, llegando así hasta los hombros, y bajaba al suelo por el otro lado. En tales ocasiones, los perceptores se sentían como paralizados y eran incapaces de moverse; pero, a continuación, saltaban del lecho y examinaban minuciosamente el cuarto sin nada descubrir allí. Por motivos fáciles de comprender, me abstengo de dar la dirección de la mencionada casa, pero yo la confiaría al profesor Horace Leaf si esta narración interesase a alguien.
No hay nada más incómodo que no poder formular una teoría capaz de explicar, de modo satisfactorio, sucesos del género del que acabamos de narrar y sería quizá mejor pasar adelante sin discutirlo. Caso se pretenda dar una orientación de cualquier manera, procediendo por la vía de la eliminación, habría que decir que, en el caso en cuestión, no podría tratarse de una percepción psicométrica de acontecimientos pasados porque el detalle del perrito que miraba a la cara de la perceptora, que se disponía a saltar para su cama, que seguía los pasos de personas presentes, saliendo con ellas, y asimismo el otro detalle de las impresiones táctiles experimentadas por cada una de las cuatro personas, evocando un animal que pasase sobre sus cuerpos, indican una acción en el presente y no una reproducción automática de acciones desarrolladas en el pasado, como únicamente debería suceder en el caso de las percepciones psicométricas.
Por la misma razón habría que excluir la hipótesis de una proyección telepática por parte de un muerto, visto que una proyección de esa naturaleza provocaría la percepción alucinatoria de una forma del animal prácticamente inerte o que se desplazase automáticamente, pero nunca la de una forma animal consciente del medio en que se halla. En fin, incluso la hipótesis alucinatoria, entendida según el significado patológico de este término, no podría sostenerse, si se considera que otras cuatro personas habían varias veces experimentado impresiones táctiles correspondientes a las percepciones visuales de la niña, lo cual bien demuestra que, en el origen de los hechos debía haber un agente único, que tenía que ser forzosamente inteligente y extraño a las perceptoras.
Siendo así, no quedarían a disposición del investigador más que dos hipótesis: primeramente, la tradicional o popular, según la cual las formas animales que aparecen en los lugares encantados representan el simulacro simbólico de espíritus humanos de categoría baja y depravada; después, aquella gracias a la cual se supone que la psiquis animal sobrevive a la muerte del cuerpo y llega algunas veces a manifestarse a los vivos. Tras exponer estas observaciones para satisfacer mi deber de relator, me abstengo de toda conclusión, puesto que la ausencia de los necesarios datos no lo permite. Me limito a observar que las dos hipótesis que acabo de mencionar pueden ambas explicar los sucesos mediante la intervención de entidades espirituales desencarnadas: en el caso de la primera, se trataría de entidad animal.
Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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