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Este caso está consignado en la obra de Robert Dale titulada Región en Debate, p. 282. El autor escribe que desde hace más de treinta años es amigo íntimo de la familia en la cual se produjo el hecho que va a exponer, y prosigue diciendo:
La Srta. Haas, que contaba entonces veinte años de edad, tenía un hermanito de dos años, el cual tenía un pequeño perro, su compañero constante, al que apreciaba mucho, y que recíprocamente estaba muy ligado a él. Se diría que lo contemplaba como a un padre. Cierto día, cuando el niño andaba de aquí para allá, en el salón, tropezó con un pie en la alfombra y cayó. Su hermana acudió, levantándolo y haciéndole caricias, logrando disminuir sus llantos; pero a la hora de la cena, los padres observaron que él extendía la mano izquierda en vez de la derecha y verificaron que incluso no podía mover esta última.
Le hicieron fricciones de alcohol alcanforado en el brazo enfermo, sin que el niño se doliese de nada y lo llevaron nuevamente a la mesa. Súbitamente el perrito se acercó a la silla del niño y se puso a aullar de modo lastimero y no habitual. Lo llevaron de allí, pero continuó aullando en la pieza contigua. Entonces lo echaron de la casa y lo llevaron al jardín; ante esto, se puso frente a la ventana del cuarto del niño y recomenzó los aullidos, con cortos intervalos de repetición, continuando así durante toda la noche, pese a todas las tentativas llevadas a cabo para alejarlo de allí.
En la tarde del mismo día, el niño cayó gravemente enfermo como consecuencia de la caída y falleció a la una de la madrugada. Mientras aún estaba vivo, los aullidos infinitamente tristes del animal se renovaban en cortos intervalos, pero desde el momento en que expiró, el perrito cesó de emitirlos, no volviendo a hacerlo, ni entonces ni más tarde. En el primer caso que cité, la premonición de muerte atañe a un moribundo cuyos familiares no hicieron alusión alguna al comienzo de la dolencia. En el segundo caso, por el contrario, la premonición de muerte se refiere a un crío que parecía sano y cuyo aspecto no dejaba entrever una consecuencia fatal de la caída ocurrida algunas horas antes, de modo que la familia no se preocupó con el hecho.
Se deduce de ahí que el presentimiento de muerte manifestado por el animal parece, en esta circunstancia, aún más notable que el precedente. En el primer caso, se podría tal vez objetar que el perrito había experimentado, telepáticamente, la influencia del pensamiento de los familiares del moribundo. En cambio en este segundo, tal objeción queda enteramente excluida.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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