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Caso LXVIII Auditivo-colectivo PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Miércoles, 06 de Enero de 2010 16:36

Este caso fue narrado por la señora Sidgwick en su obra sobre las premoniciones (Proceedings of the S.P.R., vol. V, p. 307/8), y recogido y estudiado por el Sr. Myers en abril de 1888. Cuenta a la señora Cowpland-Travalor lo siguiente:

Cierta noche del mes de junio de 1863, en nuestra residencia en el vicariato de Weeford (Staffordshire), mi hermana y yo fuimos repentinamente despertadas por un lastimero aullido. Recorrimos todos los rincones de la casa, que se elevaba aislada en medio del campo, sin descubrir nada. En esta primera circunstancia, ni nuestra madre ni los criados se habían despertado con el aullido, pero a nuestro perro bulldog lo fuimos a encontrar con el hocico metido bajo una pila de leña, trémulo de miedo. El día 27 del mes de junio fallecía nuestra madre.

El segundo caso fue mucho más impresionante y se produjo en el mismo vicariato en agosto de 1879. Hacía ya algún tiempo que nuestro padre estaba enfermo, pero sus condiciones de salud permanecían estacionarias y, el domingo día 31 de agosto, todavía oficiaba en la iglesia, aunque habría de morir nueve días más tarde. La familia, por esa época, estaba compuesta por nuestro padre, mi hermana, mi hermano y yo, con dos criados, además de una camarera. Dormíamos todos en habitaciones separadas, distribuidas en diferentes partes de la casa, que, para ser un presbiterio, era muy espaciosa.

Era una noche calma y serena de los últimos días del mes de agosto. No había ninguna vía férrea en los alrededores, ni casas en los aledaños, ni calles que pudiesen ser recorridas por transeúntes rezagados. En suma, el silencio era completo y la familia estaba entregada al sueño, cuando, entre la media noche y la media noche y cuarto, fuimos todos despertados, menos nuestro padre, por súbitos aullidos, desesperados y terribles, con un tono diferente del de cualquier voz humana, semejantes a los que habíamos oído anteriormente con ocasión de la muerte de nuestra madre, pero infinitamente más intensos. Provenían del pasillo que conducía al cuarto de nuestro progenitor. Mi hermana y yo saltamos de la cama (nadie podría dormir con tal estrépito), encendimos una vela y fuimos al pasillo sin pensar siquiera en vestirnos y allí nos encontramos a mi hermano y a los tres servidores, todos aterrorizados como nosotras dos.

Aunque la noche fuese muy calma, esos aullidos desesperados iban acompañados de golpes de viento que parecían propagarlos a lo lejos, y se podría decir que salían del techo. Persistían durante un minuto para esfumarse, enseguida, a través de una ventana. Una extraña circunstancia se liga a este acontecimiento: nuestros tres perros, que dormían en mi cuarto y en el de mi hermana, corrieron rápidamente a acurrucarse en los rincones con el pelaje del dorso erizado. El bulldog se escondió debajo de la cama y, como yo no lograba hacerlo salir de allí llamándolo, tuve que sacarlo a la fuerza, verificando que estaba tomado de temblor compulsivo. Corrimos hacia el cuarto de nuestro padre, donde verificamos que él dormía tranquilamente. Al día siguiente, con las indispensables precauciones, hicimos alusión, en su presencia, al acontecimiento de la noche, lo cual nos permitió comprobar que él no había escuchado nada. Ahora bien, como es imposible dormir un sueño común cuando resonaban tales aullidos atroces, es preciso suponer que solo no resonaban para él.

Unos quince días más tarde, precisamente el 9 de septiembre, nuestro padre expiraba. Y he aquí el tercer caso: en 1885 yo me casé y me fui a vivir a Firs (Bromyard), donde vivía con mi hermana, la señora Gardiner. Mi hermano vivía a cinco millas de distancia y gozaba entonces de perfecta salud. Cierta noche, a mediados de mayo, mi hermana y yo, la doméstica Emily Corbett y los otros criados (mi marido estaba ausente), oímos nuevamente los conocidos aullidos desesperados, aunque menos terribles que los de la última vez. Bajamos de nuestras camas y recorrimos la casa, sin que encontrásemos nada. El día 26 de mayo de 1885 mi hermano fallecía. El cuarto caso se produjo a finales de agosto de 1885. Yo misma, Emily Corbett y los otros criados volvimos a escuchar los aullidos, si bien, como nuestra vivienda no estaba aislada como lo estaba el presbiterio de Weeford, y los aullidos no eran tan fuertes como en aquella ocasión, tuve la idea de que podrían provenir de algún caminante, aunque no pudiese ocultar cierta inquietud respecto de mi hermana, la señora Gardiner, que en aquel momento se encontraba mal. Por el contrario, nada sucedió a la señora Gardiner, que vive hasta hoy, sino que otra de mis hermanas, la Srta. Annie Cowpland, que se encontraba en perfecta salud en el momento de hacerse oír los aullidos, fallecía una semana más tarde de difteria.

Señora Cowpland-Travalor, Señora Cowpland-Gardiner, Emily Corbett. Analicemos brevemente este interesante caso, estudiado por Myers. Como dije, desde el punto de vista de la clasificación no tiene ninguna importancia especial, puesto que es igual a los casos narrados en la cuarta categoría, exceptuada la circunstancia de que aquí ya no se traba de visión colectiva de espíritus, sino de la percepción de sonidos de naturaleza supra normal. Acerca de esto recuerdo que el hecho en sí, de prenuncio de muerte, transmitido aquí bajo la forma de aullidos desesperados, se explica por las idiosincrasias personales propias de los sensitivos a quienes va encaminado el mensaje, es decir que ordinariamente la forma de realización de los fenómenos premonitorios, así como todo fenómeno supra normal, no busca más que la vía de menor resistencia recorrida por el mensaje para llegar, desde el más allá o desde los pliegues de la subconsciencia, hasta la consciencia de los sensitivos.

Esto, naturalmente, se liga a las manifestaciones de orden subjetivo que constituyen la gran mayoría de los casos de realización inteligente, mientras que, en el caso de la aparición de espíritus o de percepciones fónicas de naturaleza objetiva, el hecho de su realización no dependería ya de idiosincrasias de los perceptores, sino de la presencia de un sensitivo que proporcione fluidos y de la fuerza de la entidad que se manifiesta. Ahora bien, hago notar que en el caso que acabo de exponer se da la circunstancia de animales que percibieron los aullidos premonitorios al mismo tiempo que los seres humanos, circunstancia que llevaría a suponer que se trataba esa vez de sonidos objetivos. En este caso, la circunstancia del padre enfermo, que nada oyó (porque él no debía oírlo) tendría que ser explicada suponiendo que éste se encontraba sumido en el sueño sonámbulo.

Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"