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(Visual, con anterioridad del hombre sobre el animal)
Extraído de la misma fuente anterior y narrado por una dama que no desea que su nombre sea mencionado, aunque es conocido por los miembros de la directiva de la S.P.R. Escribe la Srta. K. lo siguiente:
Fue en una tarde de invierno del año de 1918. Me hallaba en mi cuarto, sentada cerca de la chimenea, enteramente absorta en acariciar a mi gatita favorita que estaba recostada sobre mis rodillas, en una actitud casi soñadora, con los ojos semicerrados, y parecía adormecida. Aunque no hubiese luz en el cuarto, los reflejos del fuego iluminaban perfectamente todos los objetos. El aposento en que nos encontrábamos tenía dos puertas, una, que daba a una pieza enteramente cerrada. La otra, colocada en frente a la primera, se abría hacia un pasillo.
Mi madre me había dejado hacía algunos minutos y la butaca confortable y antigua, con un espaldar altísimo, que ella había ocupado, quedó vacía en el otro rincón de la chimenea. Mi gatita, con la cabeza apoyada en mi brazo izquierdo, parecía cada vez más somnolienta y yo pensaba en ir a acostarme. De repente, percibo que algo inesperado había perturbado la tranquilidad de mi favorita.
Había cesado bruscamente su resonar y daba signos evidentes de una inquietud creciente. Me incliné sobre ella, esforzándome por calmarla con mis caricias, cuando, repentinamente, se levantó sobre las cuatro patas y empezó a gruñir fuertemente, en una actitud de defensa y miedo. Esa actitud me hizo levantar la cabeza, a mi vez, y percibí, con espanto, una figura pequeña, fea, arrugada, de vieja arpía, que ocupaba ahora el sofá de mi madre. Tenía las manos sobre las rodillas e inclinaba el cuerpo de modo a colocar su cabeza cerca de la mía. Los ojos penetrantes, relucientes, malos, me miraban fijamente, inmóviles. Me parecía el diablo que me miraba por los ojos de ella.
Sus ropas y el conjunto de su aspecto parecían los de una mujer de la burguesía francesa, pero eso no me importaba, porque sus ojos, con pupilas extrañamente dilatadas y de una expresión tan perversa, absorbían completamente mi atención. Me hubiera gustado gritar con toda la fuerza de mis pulmones, pero esos ojos maléficos me fascinaban y me hacían contener la respiración. No podía desviar la mirada de ella, y menos aún levantarme. Mientras tanto, procuraba sujetar fuertemente a la gata, pero ella parecía no querer permanecer en esa vecindad horrible y, tras algunos esfuerzos desesperados, llegó a liberarse, saltando por encima de sillas, mesas, todo cuanto encontraba a su paso, lanzándose varias veces con violencia extrema hacia los marcos superiores de la puerta del aposento cerrado.
Seguidamente, volviéndose hacia la otra puerta, empezó a lanzarse contra ella con redoblada rabia. Mi terror había así aumentado. Ya observaba a aquella arpía cuyos ojos maléficos continuaban mirándome, ya seguía los ojos de la gata, que se ponía cada vez más frenética. Finalmente, la espantosa idea de que el animal se hubiese puesto rabioso tuvo por efecto devolverme el aire y empecé a gritar con todas mis fuerzas. Mamá acudió a toda prisa. Tan pronto como abrió la puerta, la gata saltó literalmente sobre su cabeza y, durante una buena media hora continuó corriendo, arriba y abajo, por la escalera, como si alguien la persiguiese. Me volví para mostrar a mi madre la causa de mi espanto. Todo había desaparecido. En semejantes circunstancias, es bastante difícil apreciar la duración del tiempo, si bien estimo la duración de la visión en unos cuatro o cinco minutos. Supe más tarde que la casa perteneció a una mujer que se había ahorcado en ese mismo cuarto.
Srta. K.
(El general K., hermano de la perceptora, confirma la narración anterior. Para otros detalles respecto de esto, indico el Journal of the Society for Psychical Research, vol. III, p. 268/271).
Este caso es incontestablemente notable, ya por sí mismo, puesto que se trata de un fenómeno de embrujamiento y tiene relación con el suicidio de una vieja en aquel mismo cuarto, ya a causa del paroxismo de terror verdaderamente excepcional que se apoderó de la infeliz gata, a la vista del repugnante fantasma que surgió de repente ante ella. Digo fantasma porque no se podría hallar otra cosa para explicar el pavor extraordinario que se adueñó de la gata, pavor que no dejó de existir incluso después de la desaparición de la causa que lo había provocado.
Se puede añadir que, también en este caso, la perceptora ignoraba el drama desarrollado en aquel cuarto, de modo que, si la gata no hubiese sido la primera perceptora, la Srta. K. no hubiera podido auto-sugestionarse en el sentido de provocar, en sí misma, una alucinación en relación con un drama que ella ignoraba. Siguiéndose de ahí que esta narración constituye un auténtico ejemplo, muy interesante, de un caso de embrujamiento con identificación del fantasma.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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