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(Visual, con anterioridad del animal sobre el hombre) – Lo extraigo de los Proceedings of the S.P.R., vol. X, p. 327). El Sr. H.E.S., que no desea que se publique su nombre, escribe lo que sigue:
8 de agosto de 1892 – En el año de 1874, cuando tenía tan solo dieciocho años de edad, me hallaba en casa de mi padre y, cierta mañana de verano, me levanté hacia las cinco, a fin de encender el fogón y preparar un té. Un gordo perro de raza bull-terrier, que tenía la costumbre de acompañarme a todas partes, estaba a mi lado, cuando me ocupaba con el fuego. En un momento dado, lo escuché emitir un gruñido sordo, y mirar en dirección a la puerta. Me volví hacia aquel lado y, con gran espanto, percibí una figura humana, alta y tenebrosa, cuyos ojos brillantes se dirigían hacia mí. Solté un grito de alarma y caí de espaldas al suelo.
Mi padre y mis hermanos acudieron enseguida, pensando que en la casa habían entrado ladrones. Les conté lo que había visto y ellos creyeron que tal visión solo había existido en mi imaginación, perturbada por reciente enfermedad. Pero ¿por qué también el perro había visto algo? Él veía a veces cosas que eran invisibles para mí y se lanzaba contra ellas, con gestos de morder el aire y, en seguida me miraba de cierta forma como si quisiese preguntarme: ¿¿¿No has visto nada??? En este caso, como en el que antecede, el narrador-perceptor que, en aquel momento estaba ocupado en encender el fuego – operación poco propicia para favorecer alucinaciones – se había vuelto y había percibido la forma espiritual, porque su perro se puso a gruñir de modo amenazador.
Es, pues, difícil dudar de que había una aparición objetiva en el lugar del aposento hacia el que gruñía el animal. Hay todavía dos circunstancias que resaltar: que el animal fue el primero en señalar la aparición y a acogerla del modo como suelen acoger los perros a los intrusos y que está fuera de dudas que el perro la percibió un momento antes que su dueño.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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