|
(Visual) El siguiente caso fue comunicado a la Society for Psychical Research por Alexandre Aksakof. Yo lo extraigo de los Proceedings de aquélla, vol. X, p. 328, así:
(Nota tomada de la narración de la señora T.) – Octubre de 1891 – 187… la señora T. se hallaba, cierto día, en casa de sus vecinos del campo, señor y señora B…, en P… La conversación versaba sobre un acontecimiento trágico ocurrido en la familia de los T. que terminó con el suicidio de uno de los parientes de la señora T., quien, de repente, lo vio aparecer en el cuarto contiguo al salón en que se hallaban, cuya puerta estaba cerrada. Al mismo tiempo, el perro de la dueña de la casa, que estaba acostado a sus pies, se levantó y empezó a ladrar furiosamente en dirección a la puerta.
El señor y la señora B… no vieron nada, porque estaban de espaldas a la puerta, y la señora T… no les dijo nada de lo que había visto. (Confirmación de esta narración por una carta de la testigo, señora B…) – 15 de octubre de 1891 – Fue en 187…, en nuestra propiedad de Twer. Éramos tres: la señora T…, nuestra vecina, que había venido a visitarnos, mi marido y yo. Nos encontrábamos reunidos en el pequeño salón de nuestra casa de campo, no lejos de una puerta abierta que daba a mi cuarto de dormir, iluminada por una gran ventana. La señora T. estaba sentada en un sofá, frente a esa puerta, yo cerca de ella en un taburete, también frente a la puerta, pero mi marido estaba en un rincón, de modo que él no veía esa puerta.
A mis pies estaba acostado mi perro Beppo, con la cabeza vuelta hacia la salida. Hablábamos sobre el acontecimiento que acababa de suceder en la familia de los T., en que la mujer, arrastrada por una pasión, había abandonado a sus hijos y a su marido, que, desesperado, se había volado los sesos. Mi marido acusaba a la mujer; la señora acusaba al marido, a quien siempre había estimado mucho, aunque en este caso, no lo disculpaba. De repente, ella se calló y el perro, levantando la cabeza, se puso a aullar y quiso lanzarse contra la puerta abierta del cuarto de dormir, con el pelaje todo erizado.
El animal escapó de mis manos como para arrojarse sobre alguien. Tuve gran dificultad para retenerlo. Mi marido quiso pegarle, pero yo se lo impedí. Ni él ni yo vimos nada, excepto la rabia del perro. La señora T. se había callado y, cuando el perro se calmó, propuso pasar para la sala donde se encontraba su marido. Seguidamente el señor y la señora T. se fueron y solamente más tarde, cuando fui yo a la casa de campo de ellos, la señora T. me contó que había visto, delante de la puerta de mi cuarto de dormir, el espíritu de aquél a quien ella acusaba, vestido de blanco, y con una expresión desesperada en sus gestos, como censurándole que ella también fuese contra él. Su perro Beppo vio lo mismo, me dijo ella. Él se puso furioso y quería lanzarse contra la aparición. Yo bien noté la rabia de Beppo, pero no percibí la aparición del espíritu.
N.B.
Aún en este episodio, la mímica agresiva del perro, que ladra furiosamente y quiere arrojarse contra alguien en dirección a la puerta donde la señora T. percibe, al mismo tiempo, la aparición del difunto a quien ella había acusado, tiende a hacer admitir que el animal pudo ver la aparición, reaccionando como reaccionó, pues los perros no se rebelan más que contra personas desconocidas. Y en este caso, no menos que en otros, la visión, habiendo sido simultánea, se podría admitir la posible hipótesis de una alucinación nacida en el cerebro de la señora T. y transmitida telepáticamente al perro, pero parece que las explicaciones propuestas anteriormente por mí son suficientes para excluir esta hipótesis gratuita, lo cual equivale a reconocer el aspecto verídico del caso de la aparición de un muerto censurado por la señora T.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
|