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Caso XLIX PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Viernes, 04 de Diciembre de 2009 17:07

(Visual-auditivo) Bajo el título de Apariciones Reales de Mi Esposa Después de su Muerte (Chemnitz, 1804), el Dr. Wetzel publicó un libro que causó gran impresión en su época. Cuenta él que, ciertas tardes, algunas semanas después de la muerte de su esposa, encontrándose en su cuarto, sintió, súbitamente, en torno a sí, un viento en torbellino, aunque las puertas y ventanas estuviesen cerradas. La luz se había apagado, mientras un batiente de la alcoba se abrió. En la tenue claridad que reinaba en el cuarto, Wetzel había percibido la forma de su mujer, que con débil voz le dijo: Carl, soy inmortal, nos veremos nuevamente. La aparición volvió a mostrarse y, esta vez, el perro del doctor Wetzel había girado en torno al lugar donde ella se hallaba, moviendo alegremente la cola. En este último caso, igualmente, es preciso considerar la actitud del perro, que parecía efectivamente haber percibido una forma que se asemejaba a su fallecida dueña.

Pese a esto, considerándose que, en los dos acontecimientos que acabo de citar, los primeros en experimentar la alucinación fueron, respectivamente, la vidente y el doctor Wetzel, se puede sostener, razonablemente, la hipótesis de que los dos perceptores se hayan servido enseguida de agentes, transmitiendo a los animales una forma alucinatoria que germinó en el cerebro de ellos. En todo caso, esta hipótesis no destruiría la importancia de los hechos en cuestión, desde nuestro punto de vista, puesto que esta solución del problema demostraría, igualmente, de manera categórica, que en efecto se producen fenómenos de transmisión telepática entre el hombre y el animal, lo cual constituye la finalidad esencial de esta clasificación.

Ahora bien, reconocido este hecho como formas alucinatorias del tipo en cuestión, ya no sería lógico negarse a reconocerlo como formas de la telepatía verídica o como otra modalidad cualquiera de percepción psíquica, en cuyo fondo subyace siempre una forma, más o menos disfrazada, de transmisión telepática. Dicho esto, importa resaltar que la hipótesis que nos ocupa no llega a explicar sino los simples casos en que la visión alucinatoria fue percibida precedentemente por el hombre, y no los otros casos, en que la anterioridad pertenece ciertamente a los animales. Observo, en fin, que la hipótesis en cuestión, aunque libremente explorada por numerosos investigadores en el dominio de los estudios metapsíquicos, está lejos de tener fundamento. Por el contrario, constituye un error grosero, puesto que, salvo raras excepciones que confirman la regla, no se conoce todavía ejemplo de alucinaciones colectivas entre criaturas humanas que extraigan sus orígenes de un influjo contagioso de transmisión telepática del pensamiento.

Bien sé que, en los tratados de patología mental, se encuentra un gran número de casos de alucinación colectiva, sobre todo entre los locos, por contagio místico, pero todo esto se realiza exclusivamente por sugestión verbal, y jamás por transmisión telepática del pensamiento, lo cual equivale a declarar que existe un abismo entre las dos clases de acontecimientos. Hay que considerar, por añadidura, que, incluso en las experiencias hipnóticas en que existe entre el hipnotizador y el sensitivo una relación psíquica firmemente establecida, es muy raro que el hipnotizador llegue a provocar en el sensitivo, a distancia, formas alucinatorias con ayuda de la transmisión telepática del pensamiento, cuando las obtiene, a placer, mediante la sugestión verbal.

La importancia teórica de estas observaciones no se le escapará a nadie, y anhelo que los futuros investigadores que operen en el dominio de las ciencias metapsíquicas, hagan debidamente esta consideración. Entre las investigaciones actuales no hay más que la del profesor Charles Richet, que reconoce el absurdo de explicar, mediante la transmisión telepática del pensamiento, los casos de visiones o percepciones supra normales de orden colectivo, lo cual ha de quedar señalado en su honor.

Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"