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Lo encontré en el Journal of the Society for Psychical Research (vol. XIII, p. 28). El eminente mitólogo y sociólogo Andrew Lang comunicó el acontecimiento observado por una sobrina suya, que le escribió lo siguiente:
Skelhill, Kawick, 8 de octubre de 1906. Llegué a este país el cuatro de agosto; el lunes, 6, estuve en el monte Pen, donde, por primera vez, he visto un espíritu. Me hallaba acompañada por mi viejo perro Turk y subía la cuesta muy lentamente, deteniéndome varias veces, debido a las patas cortas de mi compañero y a su respiración difícil, aparte de que la vegetación era rastrera y dura. Había marcado un último descanso donde el Pen erige bruscamente su cima imponente. Estaba sentada de espaldas al dique y con el rostro hacia la costa rocosa, mientras Turk estaba sentado, jadeante, a mis pies. Repentinamente he visto llegar, en dirección a mí, a mi amiga, la doctora H., con quien hice el viaje de vuelta de América en 1905.
Llevaba una falda corta, azul, con un corpiño de algodón blanco. Iba sin sombrero y traía un bastón en la mano. Cuando estuvo cerca de mí, noté un mechón de cabellos caído sobre su frente. Supe, quince días antes, que ella había vuelto de América a Inglaterra, de donde debía partir nuevamente el doce de septiembre y que se proponía ir hasta Cornualles para ver a sus padres, pero yo ignoraba cuándo ella volvería. Me causó tal sorpresa encontrarla en aquel lugar que durante un instante no me moví y no pude articular una sola palabra, pero Turk me hizo volver en mí, gruñendo a la recién llegada. Entonces me levanté de un salto, exclamando: “¿Usted aquí, doctora H.?” Ante estas palabras, la doctora se volvió a mirarme y en seguida continuó tranquilamente bajando por el atajo que yo acababa de subir.
Sorprendida con su actitud, pues estaba segura de que ella me había visto, la seguí con la intención de detenerla. Esperando, Turk no había cesado de gruñir y de ladrar, pero sin alejarse de mí, aunque tenga por costumbre avanzar, gruñendo, contra las personas y los perros que le son desconocidos. Observé que tenía el pelaje erizado y la cola arqueada como un gran gancho. Cuando la alcancé e iba a extender el brazo para ponerle la mano sobre el hombro, un gran insecto zumbador se interpuso entre nosotros, ¡volando a través de su cuerpo! Entonces vi a la doctora desaparecer. Naturalmente me sentí perpleja y consternada, pues hasta entonces no había tenido la menor idea de que no se trataba de mi amiga en carne y hueso. Sin Turk, yo hubiera dudado de mis sentidos, pero en estas condiciones no era posible, ya que el perro se había mostrado incontestablemente irritado, gruñendo contra alguien.
Te juro que gozo de buena salud, que nunca me he sentido tan bien y que desde hace un año solo bebo agua. No puedo precisar el minuto en que vi la aparición, pero como cuando me senté eran las seis y cinco de la tarde, deduje por ello que debían ser las seis y cuarto, quizá uno o dos minutos más cuando la vi desaparecer. Tomé rápidamente el lápiz y anoté el extraño acontecimiento en un sobre que tenía en el bolsillo. Tan pronto como regresé a casa, dicté la narración detallada de lo sucedido. Naturalmente he escrito ayer a la doctora, preguntándole qué hacía en tal día y a tal hora en que se me apareció. Tan pronto me haya contestado, te informaré al respecto.
En nueva carta de la sobrina del profesor Lang a su tío había el siguiente fragmento: Me encontré con la doctora H. y ella me dijo que, el día y hora indicados, bajaba la colina del Tintagel, vestida exactamente como yo la describí, y llevando además un traje de baño en el brazo, que yo no he visto en aquel momento. La hermana de la doctora H. escribe a su vez: El día 6 de agosto de 1906, sobre las seis de la tarde, la doctora H. bajaba la colina del Tintagel después de haberse bañado. Llevaba una falda azul, sin sombrero, y en el brazo, un traje de baño. Como se puede ver, en el caso en cuestión, se trata de la aparición de una persona viva, percibida conjuntamente por un perro y su dueña. Si bien la autenticidad de la aparición no puede ser puesta en duda, por otra parte, las modalidades de la manifestación se apartan de la regla que rige las apariciones de esta especie, puesto que, generalmente, el agente se encuentra en condiciones excepcionales desde el punto de vista emocional, mientras que, en el caso que nos ocupa, no parece que sea así.
De todos modos, es verosímil que la doctora H. haya podido, en aquel momento, dirigir el pensamiento hacia su amiga ausente, con la cual habría de encontrarse días más tarde. Desde la perspectiva que nos interesa, observo que la aparición fue vista simultáneamente por el animal y por su dueña, pues la actitud del perro, que gruñía y ladraba contra la forma percibida, pero no se atrevía a alejarse de la falda protectora de su dueña, muestra que él comprendía claramente que se hallaba en presencia de una manifestación fantasmagórica, mientras que su dueña creía absolutamente hallarse ante su amiga en carne y hueso. Esta es una razón más para contradecir la hipótesis de transmisión del pensamiento del hombre al animal.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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