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Caso XXIV PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Lunes, 26 de Octubre de 2009 16:10

En la Revue Spirite de enero de 1905, p. 51, el barón Joseph de Kronhelm narra el siguiente caso que sucedió con personas de sus relaciones:

Un oficial conocido mío, acantonado en Gajsin, en Podolia, Rusia, partía, en el mes de abril, hacia la guerra contra Japón. La víspera del día de su partida, envió a su perro de caza, un bello animal, muy inteligente y al que tenía mucho afecto, a otro oficial del mismo regimiento, amigo suyo, gran amante de la caza, rogándole que guardase el animal hasta su regreso, si Dios le permitiese volver.

En la eventualidad de su muerte, debía el perro quedar como propiedad del amigo. Tres meses después de la partida del oficial, cierta mañana, el perro, sin causa alguna aparente, se puso a soltar terribles aullidos que molestaron mucho a la familia del oficial y a sus vecinos. Todo cuanto se hizo para calmarlo fue inútil. El pobre animal no dio la menor importancia a las caricias del oficial o de su esposa, ni quiso comer nada, aullando sin cesar día y noche, hasta que sus aullidos cesaron al tercer día.

Dicho oficial, un hombre muy instruido, que ya había oído hablar sobre los presentimientos de los animales, anotó cuidadosamente la fecha del acontecimiento y dijo a su esposa: Quiera Dios que yo me equivoque… pero estos aullidos de nuestro perro, sin ninguna razón aparente, son una señal de mal agüero. Creo que nos va a suceder alguna desgracia o que recibiremos una mala noticia. Y la desgracia no se hizo esperar. Después de algún tiempo llegaba la noticia de la muerte del antiguo dueño del animal, que había fallecido durante una lucha contra los japoneses, en el instante mismo en que éste empezó a aullar.

Este hecho parece bastante probatorio en el sentido nítidamente telepático, pues, si el animal se puso de pronto a aullar lastimeramente, sin aparente causa, persistiendo en esa actitud, a pesar de las caricias que le hacían los familiares e incluso rehusando comer, es preciso suponer que debía haber en ello una causa oculta cualquiera, que correspondiese a su desolación. Ahora bien, como se verificó que en el momento en que el perro empezó a aullar, su antiguo dueño moría en la guerra, todo contribuye a presumir que el animal tuvo realmente la visión telepática de la muerte del oficial.

Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"