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Fue publicado en Light por la Sra. Joy Snell, la muy conocida sensitiva y clarividente, autora del libro The Ministry of the Angels (El Ministerio de los Ángeles), en el cual ella narró las visiones más importantes que tuvo, entre ellas numerosas apariciones de espíritus junto a lechos de moribundos, apariciones vistas durante el ejercicio de su profesión de enfermera diplomada. Aunque la narración sea larga, hemos decidido consignarla por entero, dado el interés psicológico que presenta.
La Sra. Joy Snell se expresa así: Prince es un perro-lobo de raza rusa. Aunque ya no se encuentre en el número de los vivos desde hace varios años, continúo hablando de él hasta hoy, pues, para mí aún está vivo y esto lo sé positivamente ya que viene siempre a visitarme, demostrándome que siente por mí el mismo afecto del pasado. Cuando él se me aparece, me contempla con su mirada afectuosa, reposa la cabeza en mis rodillas, balanceando alegremente su cola. Me sucedió encontrar personas que percibieron, a su vez, a Prince a mi lado e hicieron una descripción minuciosa, pese a nunca haberlo conocido en vida.
Eran personas que poseían facultades psíquicas análogas a las mías, gracias a las cuales puede hacerse visible lo que normalmente no lo es. Cuando Prince aún estaba en este mundo, su principal ocupación consistía en acompañar a su dueña en sus paseos a pie o en carruaje. Una tarde de verano, volví con el perro para casa, después de una larga excursión. Dos horas más tarde, Andy, el muchacho de las caballerizas, vino a prevenirme de que la perrera de Prince estaba vacía y que no se hallaba al perro en parte alguna. Prince nunca había faltado de modo semejante a sus hábitos regulares. Andy se mostraba preocupado y fue inmediatamente en busca del perro, pero he aquí que Prince apareció saltando por encima del cercado, y vino a nuestro encuentro balanceando la cola. Tras haber manifestado su satisfacción por no haber sido castigado, él tiró de mí levemente por la falda, en dirección a la puerta, y llegando allí, se levantó sobre las patas traseras y, apoyando las delanteras en la puerta, empezó a mirarme y a ladrar. Como repitiese varias veces la misma escena, comprendí que él quería que lo siguiese a alguna parte, de modo que el chico de las caballerizas decidió contentarlo.
Abrió entonces la puerta, llamando por Prince, pero éste tiró de mí nuevamente por la falda, haciéndome comprender que deseaba que yo fuese también. Eran las nueve de la noche y nos pusimos en marcha, los tres. Prince siguió la carretera durante algún tiempo, después de lo cual penetró en los campos, corriendo siempre delante de nosotros, y paró unos cincuenta metros más adelante para esperarnos. Después guió nuestra marcha durante más de dos millas. Llegamos finalmente a un foso rodeado de una cerca, en una abertura de la cual había un montón de helechos. Allí el animal se detuvo, esperando nuestra llegada y, al mismo tiempo, mirándonos con una expresión de extraña ternura. Era evidente que al fin había llegado a donde había algo misterioso que quería mostrarme, pero no podía encontrar una explicación de por qué no había anunciado nuestra llegada balanceando la cola; enseguida comprendí la razón de su silencio. En el montón de helechos estaba acostada, profundamente dormida, una criaturita de cerca de tres años. Si Prince hubiese balanceado la cola ciertamente la hubiese despertado y asustado. Ahora, he aquí cómo se llegó a explicar el extraño hecho de una criaturita dormida en un cercado.
Había jugado toda la tarde en el prado, con un grupo muy numeroso de otros chiquillos, mientras los campesinos regresaban a su heredad en su carroza, sin apercibirse de que, en aquella pandilla de críos faltaba uno. Llevé la criaturita a sus padres, que me lo agradecieron llorando y besándome. Ese gesto magnífico de Prince lo hizo famoso en todo el país. Pensativa, yo me preguntaba, perpleja: “¿Cómo había podido Prince descubrir la criatura dormida?” las circunstancias en que se produjo el descubrimiento muestran que no se trata de una casualidad, pues yo no podía imaginar cosa alguna, pero ahora, después de tantos años, ya no ocurre lo mismo. Yo sé, ahora, que los perros – o por lo menos ciertos perros – están dotados de facultades psíquicas y pueden percibir los espíritus de los muertos. Según pienso, en la tarde en que Prince salió en busca de la criaturita extraviada, él fue llevado a proceder así por alguna entidad espiritual percibida solamente por él, como sucede en los casos de personas dotadas de facultades de clarividencia. Esa entidad debe haber guiado al animal hasta el cercado donde dormía, y la inteligencia y el instinto del perro, hicieron lo demás.
El pobre Prince tuvo una muerte violenta, y, probablemente, sin sufrir. Andy, el mozo de las caballerizas, yendo a la estación del ferrocarril, lo llevó para dar un paseo. Prince fue arrollado y aplastado por un tren que llegaba. En aquel momento, yo leía al lado de la chimenea y, ocurriéndome mirar por encima del libro, vi a Prince extendido a todo lo largo de su cuerpo sobre su alfombrilla y yo exclamé: “¿Ya de vuelta, Prince?” Al decir esto, extendí la mano para acariciarlo, pero ésta ya no encontró resistencia, solo el vacío: Prince había desaparecido. Naturalmente saqué la conclusión de que había sido juguete de alguna imaginación de manera extraña, pero una hora más tarde Andy llegaba con la triste noticia. Cuando Prince se me apareció fue poco tiempo después del instante en que había sido aplastado por el tren.
La primera parte de la narración de la Sra. Joy Snell es interesante bajo el punto de vista de la psicología animal, puesto que contiene un ejemplo espléndido de la inteligencia y de los sentimientos generosos que poseen algunos especímenes de la raza canina. Tal como justamente observó la Sra. Snell, no parece posible explicar el hecho del descubrimiento de la criatura extraviada mediante la hipótesis de la casualidad, considerando que para ir a buscarla, el perro había dejado la perrera a propósito y contra todas sus costumbres, como si hubiese actuado bajo la orden de un impulso exterior, que en este caso no podía ser más que de origen supra normal. En cuanto a la afirmativa de la Sra. Snell de que ella continuaba percibiendo frecuentemente la forma del perro fallecido y que diferentes personas la habían percibido como ella, es una afirmativa a que solo se puede atribuir el valor de prueba, teniendo en vista la naturaleza positivamente alucinatoria de varias formas análogas de visiones subjetivas y la imposibilidad de distinguir las formas alucinatorias de las que no lo son.
Observo, no obstante, que en el presente caso hay una circunstancia colateral que militaría en favor de la realidad objetiva de las apariciones en cuestión; consiste en que la misma clarividente estuvo sujeta a múltiples formas de apariciones subjetivas, cuya naturaleza positivamente verídica se pudo comprobar, tales como, por ejemplo, numerosas apariciones de espíritus en el lecho de muerte, percibidos por ella en el ejercicio de su profesión de enfermera diplomada.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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